Paula Sanz, la artista que no conoce fronteras

Paula Sanz, en su casa de la Patacona./Damián Torres
Paula Sanz, en su casa de la Patacona. / Damián Torres

Creció entre las telas del negocio textil familiar en Ontinyent, pero acabó dirigiendo sus pasos hacia el terreno de la ilustración, donde ya deja huella en todo el mundo. Su vida es un gran viaje, siempre enganchada a la maleta, por trabajo y por placer. Próximo destino, Nueva York

RAMÓN PALOMAR

La respuesta de los cosmonautas suele coincidir cuando regresan a la madre Tierra. ¿Qué ven desde allí arriba?, les pregunta el atribulado reportero. Y componiendo faz de superviviente de aquel HAL 9000, el asesino ordenata de la nave de ‘2001, una odisea espacial’, sonríen algo santurrones mientras confirman que les impresiona observar el globo terráqueo sin la marca de las fronteras impuesta por el hombre. De ese fenómeno sin fronteras nuestra memoria aprecia a los médicos sin fronteras y a otros colectivos que contribuyen a mejorar los desaguisados. Sin embargo, tendemos a olvidar a nuestros artistas sin fronteras, gente que, de alguna manera, pasea y vende su artístico trabajo más allá de nuestro alcachofero terruño y de su bellotera cultureta, que vendría a ser el personal que sólo anhela fronteras escuetas, acaso para esconder su mediocridad.

Paula Sanz es una de nuestras primeras espadas en el campo de la ilustración y, desde luego y por varios motivos, es una brillante artista sin fronteras. Desgranar la lista de publicaciones que llevan o han llevado su firma apabulla, asombra, incluso fatiga. Esta valenciana de Ontinyent (luego iremos a sus orígenes) ha publicado sus trabajos en medios tan anónimos, en fin, como el New York Times, Harper Collins, Macy’s o esa biblia del buen gusto que es WWD. O para el New Yorker o el San Francisco Chronicle. Bah, fruslerías. Por supuesto también ha colaborado y colabora para lo más selecto de la prensa española y, ya puestos, oye, para algunas marcas que a lo mejor le suenan como American Express, Massimo Dutti o Inditex. Y para revistas de moda como Vogue, Neo2, Elle o Marie Claire. Y sólo les acabo de enchufar una minúscula parte de su currículum. Naturalmente sus creaciones se han visto en medio mundo, o en el mundo entero, y si no me equivoco mantiene un agente en Australia y otro en Berlín. Sin fronteras, nuestra Paula Sanz, conviene insistir, y no conozco a muchos artistas valencianos que puedan presumir de semejante internacionalidad.

Paula Sanz nace en Ontinyent en el seno de una familia industrial relacionada con el textil. Sus antepasados trasladaron allí por motivos logísticos la fábrica de Alcoy. Se educó en el colegio de los Franciscanos. Mano dura y educación espartana. Tonterías, las justas. Allí se estudiaba. Allí se aprendía. Allí se valoraba el esfuerzo. En el ambiente de su hogar primaba el cariño pero sin renunciar al toque estricto. El padre de Paula no concedía a su prole caprichos tontorrones, pero sí un agudo sentido de la responsabilidad para que sus criaturas supiesen defenderse en el futuro. Paula Sanz, por un lado, de niña fertilizó sus futuras inspiraciones atravesando aquella nave, bajo el fragor de la maquinaria, flotando sobre los estampados de las telas, aspirando el néctar que fluía de los bidones de los tintes. Y por otro, creció escuchando el compromiso de aquellos industriales de antaño; esto es, la fecha de entrega a un cliente era algo sagrado y, si se debía renunciar al fin de semana o a las vacaciones, pues se renunciaba. Lo primero era satisfacer al cliente y cumplir con la palabra.

Paula y sus hermanas son la quinta generación de la empresa. Sin embargo, embarcadas en otras fructíferas aventuras, la vendieron para volar por su cuenta. Pero a Paula lo de la responsabilidad le acompaña e incluso se trata de algo genético. En un negocio, el suyo, de un inevitable poso bohemio, ella destaca no sólo por su demostrado talento, sino por cumplir escrupulosamente lo pactado en el contrato. Y se supo adaptar en esta materia, pues no supone lo mismo un trabajo, con aquel estampado de su infancia que es su marca de la casa, para Japón o para Nueva Zelanda, para Italia o para Inglaterra. Cada cultura mantiene su peculiares teclas y ella moldeaba el encargo para responder a las expectativas. Y así triunfó. Y así sigue triunfando. Y así sigue viajando... Para cerrar sus acuerdos y porque considera que viajar abre el coco y frena la herrumbre del anquilosamiento y la dentellada del óxido. Se viaja por trabajo y por placer, y para no olvidar que vivimos, desde luego, en un mundo sin fronteras.

Se licenció en Bellas Artes y disfrutó durante la carrera. La pintura y la ilustración se enhebraron en sus inicios. Expuso en Arco y vendió. Y trabajó. Y progresó. Y buscó nuevos caminos. Y siguió viajando aunque ahora con internet también se cierran los tratos. Pero es que viajar supone un eterno desafío y me huele que anda Paula enganchada a una maleta y a la tensión de una nueva ciudad. Ahora mismo está preparando un trabajo para el Vogue alemán, otro para American Express y otro para una prestigiosa marca de muebles valencianos. En unos días se largará una temporada a Nueva York para ventilarse la sesera y contemplar qué se cuece en ese bullicioso asfalto que nunca duerme. De pequeña, durante las navidades, se marchaban a Ceuta y a Tánger porque su tío era el director del puerto de Ceuta. No olvida aquellas estancias salpimentadas de morería, cuscús y personajes variopintos. De nuevo detectamos en su obra y en su espíritu los restos de aquellas ciudades decadentes, pintorescas, permeables y... fronterizas. Paula Sanz, he aquí una artista valenciana sin fronteras. Y el New York Times... Joder, qué nivel.

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