«Hubo un momento en el que estaba harto de la ropa»

El diseñador posa en su casa de Cheste.
El diseñador posa en su casa de Cheste. / jesús signes

Cheste es su paraíso, el lugar donde se recluye para crear y encontrarse consigo mismo. Junto a ese observatorio desde el que alcanza a ver el mar, el diseñador Gilles Ricart analiza una vida de altibajos

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Hace falta un navegador y estar muy atento a sus indicaciones para encontrar la casa de Gilles Ricart. «Así y todo, hay mucha gente que se pierde», dice el diseñador al llegar a una edificación muy singular, rodeada de una gran extensión de cultivos, con vistas magníficas y coronada por un observatorio desde el que, en los días claros, se puede atisbar el mar. El francés, después de treinta años dedicado al mundo de la moda, especializado en pieles, ha encontrado un refugio en Cheste para él y sus padres, jubilados ya pero siempre al lado de su hijo, quien ha desfilado varias veces en Cibeles, ha vestido a famosas y se hizo un hueco importante en las pasarelas. Tras la crisis, Gilles Ricart vuelve con ganas, ahora con el objetivo de regresar al mercado internacional.

-¿Cómo un francés que ha vivido en Madrid, Barcelona o París, llega a instalarse en este lugar?

-Mis padres estaban en edad de jubilarse cuando compramos la casa, hace diez años. Además, Madrid era muy agobiante, vivíamos en Puerta de Hierro y no tenía espacio. Empezamos a buscar por toda España, porque en realidad no teníamos ni idea de dónde ir. Me obsesioné con que fuera una casa que tuviera mucho sitio para poder montarme también el taller. Por supuesto eran importantes el clima, la calidad de vida… y tras mucho mirar acabamos en Valencia.

-Y aquí en Cheste…

-Yo quería espacio, tranquilidad y buen tiempo. Y a pesar de que no teníamos ningún vínculo, este fue el lugar elegido. Recuerdo que mi padre reservaba un hotel para venirse a ver casas. Estuvo buscando durante mucho tiempo. Un día, regresando de Pedralba, donde visitamos una auténtica chabola, de pasada vimos este observatorio, que yo pensé que era alguna edificación oficial. Me llamó la atención y cuando fuimos a la agencia ese mismo día habían puesto la casa a la venta. Teníamos el avión para regresar a Madrid por la noche. La vimos antes de partir y me enamoré de ella. Dije: «Ésta es». Cuando la compramos, mi madre ni siquiera había venido y el primer día preguntó: «¿Qué habéis hecho?».

-Es raro que cuando alguien se jubile no busque sus raíces. Quizás volver a Francia.

-Es que la historia de nuestra familia es algo más complicada. Mis padres nacieron en Argelia y cuando se independizó el país todos los franceses tuvieron que irse. De hecho, a mi abuelo lo mataron allí. Al proponerle venir a España por trabajo a mi padre le pareció bien porque en realidad él no era francés, así que al jubilarse en ningún momento se les ocurrió volver. No tienen esa nostalgia. Yo tampoco, porque me vine de niño, sólo iba al sur de Francia porque allí vivía mi abuela. Luego estudié en París, pero cuando acabé no tuve ninguna duda de que quería regresar a España. De estudiante, con pocos recursos económicos, viviendo con mi hermano en un piso, desplazándonos siempre en metro, no era la ciudad idílica que puedes encontrarte cuando la visitas por turismo.

«Me importaba el clima, la calidad de vida... Busqué por toda España y acabe en Valencia» Gilles Ricart

-¿Se han adaptado bien a este lugar?

-A mi madre le costó un poco porque para ella, acostumbrada a vivir en capitales como Madrid, Barcelona o París, fue un choque trasladarse al campo. Además, este lugar a veces se complica, ya que no hay suministro eléctrico, sólo placas solares, y en invierno si hay tres días sin sol tienes que estar todo el tiempo con los motores encendidos. Además, me di cuenta de que no podía instalarme aquí permanentemente. Es difícil dejar Madrid porque si no estás no existes. Así que voy y vengo. Luego me decían: «Nos has metido aquí y después te vas». Bueno, en realidad mi padre está encantado, desde el primer día. Él dice que esto le recuerda a Argelia, cuando se pone el sol, con las montañas al fondo… Ahora vengo mucho porque las colecciones las diseño aquí, e incluso la fábrica donde compro las pieles está situada en el polígono de Cheste.

-Y a usted, ¿le gusta Valencia?

-Si le soy sincero, no la conozco demasiado. Ahora ya tenemos amigos aquí, sobre todo a través de Carlos García-Calvo, que además pasa temporadas con nosotros. Es que cuando vengo quiero estar en mi casa, y puedo encerrarme quince días sin salir. Y no tengo ningún problema.

-Su vida está unida de una forma muy especial a sus padres. Una de las primeras cosas que me ha comentado es que se trata de una empresa familiar.

-Hace treinta años, cuando yo empecé, era muy joven y no podía abarcarlo todo. No me veía solo con la venta, y ellos formaron parte de la empresa desde el principio, mi madre haciéndose cargo de la parte administrativa, mi padre en la parte comercial, viajando a las ferias. Eso me ha permitido ocuparme más del diseño y estar en el taller. Así y todo, yo siempre digo: «Cómo me gustaría formar parte de una de esas familias italianas, donde hay primos, tíos, y conforman un clan». En nuestro caso la familia no la tenemos cerca, así que es imposible. Además, mi hermano es cirujano, por lo que tampoco podía participar en la empresa.

-Trabajar en familia a veces puede ser duro.

-La confianza te permite pegar gritos a veces, cuando estás nervioso, cuando ves que no llegas. Yo creo que cada uno siempre ha sabido cuál es su lugar, y que todo el mundo está ahí para ayudar. Y a pesar de que son ya mayores, quiero que sigan conmigo porque de esa forma permanecen en activo, que es lo mejor para estar bien. Incluso nos planteamos en la próxima feria de Milán que pueda venir uno de los dos.

Los padres de Gilles Ricart aparecen al llegar el fotógrafo. Conservan el acento francés que su hijo no tiene, ya que llegó a España de niño desde Perpignan, donde nació. Su padre habla de la situación política de Francia, de Inglaterra, le gusta seguir la actualidad y se muestra como un hombre cabal, lúcido pese a que ya ha rebasado los ochenta años con creces. Su madre conserva ese aire elegante, esa clase, que no se pierde aunque se lleve ya una década viviendo en el campo.

«La bandera de España daba un plus a mi ropa en Japón, pero tuve que quitarla en Figueres»

-Hábleme de sus inicios. ¿Tenía claro lo que quería?

-Cuando les dije a mis padres que deseaba pintar me contestaron que acabara el bachillerato y la carrera, que luego ya veríamos. Me incliné por el mundo de la publicidad e hice Artes Gráficas, pero en realidad no me gustaba, porque a mí lo que me movía era la pintura. Y decidí meterme en la moda. Empecé con una amiga de mi madre que tenía una casa de modas y salí muy preparado. Es que cuando quieres aprender lo haces a una velocidad sorprendente. Yo soy de la opinión de que el diseño se lleva dentro, lo tienes o no lo tienes. Sí, pueden transmitirte las técnicas, pero lo esencial es la idea, que sea distinta, y más con la competencia que hay.

-Y empezó en un lugar tan lejano y tan distinto a España como Japón.

-Es que desde el principio dije: «Vámonos fuera». Aquí vender a tiendas era entonces espantoso, porque a los tres meses igual te devolvían todo. Me acuerdo de que me fui con mi padre y resultó una experiencia fantástica. Pensábamos que no íbamos a vender nada y nos compraron trescientas prendas. Me miraba de una forma el resto de diseñadores… Éste que acaba de llegar.

-Es duro el mundo de la moda.

-Para mí es mi profesión. Vivo de esto, me gusta, pero nada más. No me interesa lo que hay alrededor, antes iba a fiestas, participaba en eventos, y me di cuenta de que no me aportan nada, que el trabajo es hacer tu producto y presentarlo. Hoy estoy contento porque con la crisis me tuve que replegar a España y ahora voy a volver a una feria internacional con la intención de vender otra vez fuera.

-¿Ha pasado malos momentos?

-Claro, imagine que desde el 87 en que empecé me ha pasado de todo. Y yo ya he cumplido muchos años, pero tengo poca memoria para las cosas, de lo malo me olvido, sólo me queda en el recuerdo para aprender. No sé si se acuerda de aquella época en que llegó el minimalismo… A mí me mató. Se llevaba todo negro, yo no tenía espacio para mis colecciones. Y ahí decidí diseñar para hombres. Esa fue mi salida en aquel momento. No olvido además cuando desfilé en Cibeles. Después de lo que me costó entrar, una de las colecciones no les gustó nada, había agujeros, flecos, que ahora están tan de moda. El problema fue que yo lo hice diez años antes.

-He leído en su página web que nació en el 67.

-En realidad soy de 1963. Primero puse en la web que había nacido en el 64, pero quitarme sólo un año… Dije: «Me tengo que quitar más» (ríe). Tengo 54 años y vuelvo a encarrilar mi carrera. Me estimula este reto.

-¿Le da miedo volver a empezar en la madurez?

-Es que no sé si es un problema o una virtud, pero no me doy cuenta de la edad que tengo. No poseo la energía de antes, que se me podían hacer las tres de la mañana diseñando, ahora me organizo de otra forma, aunque desde luego pienso que todo es psicológico.

-Uno de sus grandes momentos fue quizás haber vestido a la Reina Letizia.

-Le hice cinco prendas, dos para actos oficiales. La primera chaqueta que le diseñé fue una roja de ante que se puso en el acto de entrega de los premios Príncipe de Asturias. En realidad no fue personalmente, sino a través de Felipe Varela, a quien le dijo Carlos García-Calvo que yo trabajaba pieles. Me acuerdo de que hablando por teléfono la llamábamos siempre ‘la clienta’, por si acaso. Al final no tenía nada que ver con mi estilo, porque era mucho más clásico, pero le quedó bien, y eso que sólo tenía cuatro medidas, que no se lo pude probar. Además, tiene historia esa chaqueta porque todo el mundo estaba de vacaciones cuando la pidió y la tuve que coser yo mismo aquí. Fue una historia rarísima.

-Es bonita.

-Entonces ya estaba embarazada y al principio ni siquiera lo sabía, pero no hubo que arreglársela. Me dijo Felipe Varela que otra de las chaquetas al Príncipe le había encantado, pero que sólo se la iba a poner en actos privados porque era mucho más moderna. Al cabo del tiempo la conocí y recuerdo que me dijo que lo que más le gustaba era que las prendas llevaban la bandera española.

-¿?

-La historia de la bandera es que cuando vendía en Japón les interesaba que llevara un distintivo español porque le daba un plus, ya que la calidad de la piel de cordero es la mejor del mundo. Y estaban encantados por ello. Luego me ha traído algún que otro problema.

-¿Por qué?

-Mi representante me contó el año pasado que en una tienda de Figueres una clienta que había comprado un bolso lo devolvió porque se encontró con la bandera española dentro. La dueña del comercio decía: «Fíjate, con lo joven que es este chico no sabía que era facha». Estábamos partidos de la risa, y ahora a ellos no les ponemos la bandera, como en su día tuvimos que hacer con una tienda de Zarautz, en Guipúzcoa.

«Me cuesta delegar, es un defecto muy grande. Siempre pienso que que no se hará como yo quiero»

-¿Y qué hay de vida personal en su día a día?

-Para mí mi vida es esto. No establezco diferencias. Si es tu empresa te lo tomas muy a pecho, y aunque es cierto que he colaborado con otros, como Juanjo Oliva o Hannibal Laguna, me gusta mucho trabajar solo. Lo bueno es que no dependes de nadie, y es lo que sé hacer. Hay momentos en que me cansa un poco, pero yo no valgo para otra cosa.

-Quizás se considere usted una persona con un carácter independiente.

-(Interviene su madre: «Su libertad siempre ha estado encima de todo, ha luchado por ser independiente en todos los aspectos».) Es que a mí si me dicen que haga una cosa no la voy a hacer y al revés. Además, soy muy especial porque me gusta abarcarlo todo y me cuesta delegar, es un defecto muy grande que tengo. Siempre pienso que no se va a hacer como yo quiero y al final lo hago yo.

-Alguna afición tendrá aparte de trabajar. ¿Hay algo que le permita abstraerse?

-Le podría decir, como todo el mundo, que los viajes. Y si le digo la verdad, lo que me gusta es la jardinería. No tengo mucha idea, pero me encanta salir y cortar ramas, quitar malas hierbas, plantar. Me ayuda a moverme porque nunca he sido de gimnasio. Ahora tengo que empezar la colección e igual no lo hago hasta dentro de dos o tres días y me los paso trabajando ahí fuera. También me gustaría hacer cuadros. Hubo un momento en que estaba harto de la ropa, de los clientes, de todo, y me refugié en la pintura. Y me emocioné porque me encanta. Pero la moda es al final lo que me da de comer. Quizás cuando me jubile pueda hacerlo como hobby, aunque ya sé que de este trabajo es complicado retirarse.

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