Miguel Santaeulalia, el armazón de una dinastía monumental

Javier Peiró

En otros países fabricarían una serie con ellos. 'Los Santaeulalia' llevaría por título. Al frente del clan, un hombre cuya vida se apoya en dos pilares: las Fallas y la familia. aunque todavía colabora con la fiesta, la segunda de estas pasiones centra hoy su atención. En especial Mari Carmen. «Ella lo es todo para mí», repite el artesano

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Le guste o no la tralla fallera que nos sacude la sesera y la osamenta cuando el mes de marzo, la vivas con mayor o menor pasión, hay algo incuestionable, y es el poderoso talento de los maestros artesanos que forjan esos monumentos que pespuntean las calles esperando que el fuego los reduzca a ceniza. Y encontramos en esta disciplina talento creativo y talento en cuanto a la manufactura. Nombrar al artista fallero Miguel Santaeulalia supone propinar un golpe sobre la mesa porque son palabras mayores. Miguel Santaeulalia es, a su vez, hijo de artista fallero y padre de cuatro artistas falleros. Incluso su hijo el arquitecto optó por edificar y construir fallas. Cuatro de cuatro. Pleno al quince. Toda su descendencia se dedica al ramo. Miguel Santauelalia ha sembrado una dinastía y el clan ya forma un linaje que hunde sus raíces en la fiesta. Estas situaciones sólo pasan en Valencia y me huele que no sabemos extraerles todo el jugo. En otros países fabricarían con ellos una serie, una película, acaso un telefilme. ‘Los Santaeulalia’. Toma ya. Pero habría que ficcionar bastante, pues don Miguel es un tipo apacible y tranquilo que se lleva de maravilla con los suyos. Tendríamos que inventar intrigas, traiciones, venganzas y ambiciones para montar una especie de ‘Dallas’ a la valenciana con trasfondo fallero y humo de pólvora recién estallada.

Miguel Santaeulalia acaba de celebrar las bodas de oro de su matrimonio con Mari Carmen Serrano, quien una vez crió a los hijos se reincorporó al taller porque le encanta trabajar en aquel templo familiar. «Mi mujer lo es todo para mí», subraya Miguel. Ya hemos dicho que es un hombre de vieja y educada escuela. Se define también como «un cartujo que se mete en el taller y pasa allí horas y horas, trabajando y trabajando».

Miguel se inició en el taller de su padre en Burjassot. Moldear con barro y dibujar era lo que más le gustaba cuando chaval. Las manos creando vida y esbozando futuros proyectos. Las manos hilvanando sueños y trazando figuras. En aquel tiempo, en general, una vez finalizabas los estudios primarios te largabas a trabajar de aprendiz y Miguel encauzó pronto sus pasos en ese taller paterno. Pero en aquel tiempo la gente se espabilaba rápido y maduraba antes. Se casó a los 23 años y se independizó al montar su propio taller. No hubo ningún trauma con su padre, fue una partida natural y dulce. La vida era así, progresión pausada pero firme. El personal, antaño, salía del nido con las primeras alas, aprendía a buscarse las habichuelas y se emancipaba a unas edades que hoy no se comprenden. Ni mejor ni peor, diferente.

Empezó en el taller de su padre en Burjassot, pero decidió independizarse

No olvida, Miguel, su primera falla para una comisión de la Cruz Cubierta. Ni su suave evolución, ese proceso constante que le impulsó hacia las primeras categorías y las secciones especiales. Y los premios, y las glorias, y más premios, y encargos de prestigio como aquella otra falla para Na Jordana titulada como ‘Shakespeare, el verí del teatre’. Y cito esta falla porque fue la primera en emplear el corcho junto con los palillos. Miguel Santaeulalia abrió caminos y fue el pionero en incorporar el corcho. No las tenías todas consigo cuando levantó aquella falla íntegramente con ese material... Doblegó un buen número de problemas técnicos porque en aquel momento andaba en fase de experimentación. Sudó bastante. Sufrió en silencio. Pero triunfó echándole horas. Optimizó los costes y hoy todos utilizan ese material. Sus compañeros visitaron su taller, preguntaron, aprendieron y luego abrazaron la causa del corcho. Pero Miguel fue el primero.

Lo que más le entusiasma de las fallas es su sentido estético, la calidad, la crítica y la carga de sarcasmo que arrastran. Y la capacidad para inventar. A Miguel las comisiones no le imponían sus ideas. Le contrataban, él cavilaba la idea sobre la cual giraría la obra esa temporada, presentaba la creación y le dejaban trabajar en paz, sin injerencias. A un tipo de tanto prestigio no se le contrata para luego tocarle las narices. Debido a su carácter sosegado, acepta los veredictos de los jurados sin rechistar, aunque conserva sus pensamientos y no siempre coincide con los fallos. Cuando te premian han acertado, pero si no consigues el máximo galardón a lo mejor es que se han equivocado. De todas formas no se puede cambiar el veredicto, así pues, conviene asumirlo sin dramas.

Veranea en Cullera y desde allí siente el salitre del Mediterráneo. Es una suerte de currante estoico que vive por y para lo suyo, por y para los suyos. Y su mujer lo es todo para él. Ya no quedan muchas personas como Miguel Santaeulalia... De una pieza, que se decía. La generación de nuestros padres era así de coriácea. Me huele que nosotros hemos salido más blandengues. Bueno, no me huele, estoy seguro.

Fotos

Vídeos