Entrevista a Marisa Marín

«Mi marido me hacía sentir la reina del mundo»

Marisa Marín recorre el cuidado jardín de su chalé, donde recibe a Revista de Valencia../TXEMA RODRÍGUEZ
Marisa Marín recorre el cuidado jardín de su chalé, donde recibe a Revista de Valencia.. / TXEMA RODRÍGUEZ

Nadie celebra como ella la llegada de la primavera. Porque marisa marín odia febrero. «No debería existir», sentencia. Es un mes de lágrimas, que le trajo dos pérdidas irreparables. Habla de ellas. «Ignacio se fue muy pronto y un hijo jamás debe morir antes que una madre»

MARÍA JOSÉ CARCHANO

La puerta se abre y ya no existe nadie más que ella. Doña Marisa Marín. Así la llaman desde que era una maestra de veintipocos años. Una de las mujeres más conocidas -y reconocidas- en la alta sociedad valenciana. Una personalidad arrolladora. Lleva abrigo color berenjena, gafas de sol y un pañuelo, su pelo tan característico con el mechón blanco y, debajo, un maravilloso traje rojo que le hace juego con las uñas y sus labios color Chanel. Todo está impecable. Con ese aire que recuerda a la malograda Jackie Kennedy o a esa Meryl Streep que interpretó a la directora de la edición americana de Vogue, Anne Wintour, en ‘El Diablo se viste de Prada’. Levanta el dedo y pide que todo esté perfecto. «Saca los perros, trae champán». Desde siempre, en el colegio que fundó, el Iale, y en su casa, un chalé con un jardín de pinos altísimos, abetos y palmeras donde una ardilla se acerca a beber a uno de los aspersores. Y aunque sus palabras exijan, la empleada de hogar se atreve a decir, con una sonrisa cariñosa y un acento de Dénia, que luego no es nadie, que mucho ruido y pocas nueces.

-Es usted muy perfeccionista.

-Antes más, porque descubrí que mejor la perfección que el perfeccionismo.

«¿El mechón? Tuve a mi hija ya muy mayor y leí que el pelo blanco aporta luminosidad»

-¿Hay diferencia?

-Perfeccionismo es llegar al extremo de querer tenerlo todo perfecto y perfección es tenerlo todo perfecto sin necesidad de que todo esté impecable. Puede haber algún fallo, se puede permitir. Hoy permito fallos, es cuestión de la edad.

-¿En qué otros aspectos ha evolucionado con el paso del tiempo?

-Sobre todo en el hecho de tener que adaptarme a estar sin la persona que era mi complemento, mi apoyo, que me hizo sentir importante, creer en mí misma, pensar que podría llegar donde quisiera llegar. Ignacio fue mi bendición en todos los sentidos. No sólo mi marido y el padre de mis hijos, sino mi compañero, mi vida, mi alma… (se emociona). El ser que Dios puso a mi lado para ayudarme a que la vida valiera la pena vivirla, con una intensidad, con una energía, de una forma como creo que no la hubiera vivido jamás sin su presencia. Para mí lo mejor de cuanto me ha ocurrido ha sido él.

-En otras generaciones el papel de la mujer era distinto. ¿Supo Ignacio darse cuenta de que usted podía hacer muchas cosas? ¿Cómo fue?

-Él me conquistó por su buen humor desde el primer momento. Y creo que, en una pareja, que uno de los dos lo tenga es magnífico. Luego aprendimos que lo mejor en un matrimonio es que hay que saber dar y recibir, que unas veces uno tiene razón y otras no, que el respeto resulta imprescindible y, ante todo, que cada uno es él mismo, no puede ser lo que tú quieres que sea; has de aceptar a las personas y eso es lo que nos ha mantenido tan unidos. Hemos sido felices, y aunque tuvimos discrepancias, cómo no, nunca pude disgustarme con Ignacio. Le decía: «No te acerques a mí, estoy enfadada». Porque si se arrimaba me hacía reír, y yo perdía toda mi fuerza. Tenía ese don especial, su buen humor, que ha heredado su hijo Jandro. Era tan positivo, tan optimista..., y yo tan pesimista. Me ocurre igual ahora. Llamo a Jandro y le digo: «Hijo». Y él me contesta: «Buenos días, mamá». Y sólo con esas tres palabras se me abre el mundo, me desaparece el problema. Son dones que Dios da.

-¿Y a usted cuál le dio?

-A mí me dio el don de mejorar a los niños. A Ignacio el de ser un emprendedor, un visionario, una persona que siempre iba adelante. Trabajamos juntos y fue magnífico, porque de esa forma nuestra vida era doble. Cómo nos divertíamos… Nuestra generación trabajó mucho, pero también lo pasamos bien. A nivel profesional doy gracias a Dios de que no hay día en que, vaya donde vaya, no me encuentre a alguien que me llame por mi nombre: «Doña Marisa...» Me giro y le pregunto: «¿Quién eres?». Me contesta: «Soy fulano de tal, estudié en tal sitio». Y asegura que fueron los mejores años de su vida, y que estoy igual que entonces. Eso, claro, es una mentira piadosa.

«Yo iba de Burjassot a Benicalap en moto hace 63 años, cuando no montaba ninguna mujer»

-El suyo ha sido un proyecto tan personal... No se entiende el colegio sin Marisa Marín. ¿Cómo empezó?

-Un día mi padre me dijo: «He comprado una academia que vas a tener que pagar con tu trabajo». Y yo le respondí: «¿Y mis estudios? Que estoy todavía en la universidad». ¿Sabe qué me contestó? «Eres muy lista y puedes hacer las dos cosas». Así que allí, en un pisito de Benicalap, en la finca rosa, empecé, con sólo una profesora, sin ni siquiera fines de semana. Iba a la universidad sólo para los exámenes. A los dos años tuvimos que ampliar. Ignacio, que había terminado Derecho y estaba de pasante en Madrid, dijo: «Me vuelvo». Porque los pocos días que pasábamos juntos era para corregir trabajos. Y dijo: «Esto no puede ser. Aquí hace falta alguien». Seguimos ampliando. Me acuerdo de que iba en moto desde Burjassot, donde vivía y donde nací, hasta Benicalap. Ya me debía de sentir como una reina porque en moto no montaba ninguna mujer. Le estoy hablando de hace 63 años. Y tengo fotos en las que llevaba puesto el chaquetón de moto. Oiga, más bella...

-Y se casaron.

-Nos fuimos a vivir a Llano de Zaidia. ¿Sabe qué hizo Ignacio? Poner otra academia. Y llegó Nacho y la yaya Emi, una venezolana que estuvo con nosotros hasta que se jubiló, cariñosa, increíble. Nos fuimos a l’Eliana, y recuerdo que teníamos un amigo que regentaba una fábrica de zapatos y conducía un Dodge Dart, enorme, y con él recogíamos a ocho niños. Qué divertido fue.

-¿Se lo ha pasado bien?

-Siempre. Llegaba el verano y en la urbanización había muchos niños. E Ignacio dijo: «Hay que comprar estos terrenos». Todo a base de letras y más letras. Y bajo unos chamizos dábamos clase en julio y agosto. Los padres siempre han sido los que nos han animado. Lo primero que hizo es construir una cafetería: el club social de padres. Nos juntábamos muchísimo. Y algunas de esas amistades las tengo ahora en la Orden del Querer Saber. Luego llegó el centro de educación ambiental en Requena, y cuando nos pidieron que los niños pudieran ir a Irlanda, Ignacio me dijo: «Te voy a buscar algo que te va a gustar». Y hasta que no encontró el castillo no paró. Allí pusimos Elian’s Dublín. En septiembre inauguramos y en febrero nuestro hijo Luis falleció.

«Tras dos años sin vivir en mí, un verano en Alcocebre desperté. Es un lugar increíble»

-Qué luces y sombras.

-Sí, lo más cruel que me ha pasado. Llevo siempre encima esta cruz que me compré con los ahorros que tenía en su cartilla. Escribía mucho, y encontramos un escrito que decía: «Mis padres, que son unos luchadores, llegarán hasta Boston». Y fuimos. Hasta que llegó el 11-S y mi hijo Alejandro dijo: «No hay problema, vamos a crear colegios británicos aquí». Abrimos en La Nucia y Castellón. Ese fue nuestro periplo hasta que hace ocho años Ignacio falleció y me quedé sola.

-¿Han sido muy duros estos últimos años?

-Los dos primeros estuve sin vivir en mí. Pero un verano, en Alcocebre, desperté. Aquel lugar es increíble, de recuperación, de salud. Hay un triángulo entre las Columbretes, Torreblanca y Peñíscola y Alcocebre que tiene una energía especial. Geofísicamente está comprobado. Me voy un sábado y aunque me vuelva el domingo estoy recuperada. Que conste que no lo digo solamente yo. Algún valenciano muy querido y fallecido ya lo dijo: «Que los valencianos no descubran la sierra de Irta, porque estamos muy bien como estamos». A los dos años, pensé: «Ignacio no querría que yo estuviera así, voy a hacer algo». Y dije: «Ya está, voy a reunir a mis amigas y vamos a hacer no un club, sino una orden». Éramos dieciséis, y una vez al mes viene un conferenciante y se paga una cuota que se entrega a una entidad benéfica. La Orden del Querer Saber empezó a crecer, y se unieron señoras positivas, optimistas, y lo pasamos bien. Eso sí, no se puede hablar de sexo, ni de política, ni de religión.

-¿Cómo se ha adaptado, en su día a día, a esta segunda vida?

-Yo sigo en el colegio con Infantil. Estoy de orientadora, y pregunto a los niños qué les gustaría que mejorara de su escuela, de los profesores, los compañeros, sus padres. Son de una sinceridad extraordinaria. Y luego se hacen reuniones para comunicar lo que los niños opinan. Hace poco me ocurrió algo muy curioso. Un amigo me pidió una charla que yo había dado, porque decía que le servía de inspiración. Siempre he escuchado que debía escribir un libro sobre lo que sé de educación. Pero no tengo tiempo, aunque no lo crea. Y voy al despacho y encuentro un montón de dossieres, ‘Escritos de doña Marisa a padres, profesores y alumnos’, ‘Escritos personales’. Me quedé… Me puse a leer y trataba sobre lo que ahora dicen que es la panacea que acaban de descubrir. ¿Pues sabe qué?

-Va a publicar esos escritos.

-Los editaré para que se sepa que existí. Los entregaré a padres, profesores y alumnos, y los personales los regalaré a las personas que me quieren. Y punto. Qué descubrimiento. Fue mi secretaria a través del tiempo la que los recogió y los archivó. Una inspectora amiga me dijo: «Esto es lo más actual». Y me hizo dar una charla a inspectores. Una vez me dieron un premio y les dije a todos los ‘capirotes’ políticos que estaban allí: «La educación, qué mal se lleva en España, y en Valencia peor. Qué valenciano ni qué narices. Lo que tienen que aprender es inglés y castellano, porque son españoles del mundo». Y es preciso trabajar habilidades, competencias. Porque es importante que tengan conocimientos, pero también que tengan decisión, criterio. En Fallas me llevé a Santiago Grisolía a una casa particular para ver la mascletà. Viene un niño de diez años y le dice: «Oiga, profesor, me han dicho que es usted un supercientífico, he suspendido matemáticas, ¿qué puedo hacer para aprobar?» Y él le contestó: «Lo primero, estudiar; lo segundo, pensar, pensar y pensar. Además, tienes que practicar mucho con los números». Me fui al padre: «Tienes una obligación, deja a tu hijo libre, no lo hagas a tu imagen y semejanza, ni como tú quieres que tu hijo sea, ese niño tiene un don, el de la iniciativa, el de la independencia, de ser él mismo». Era un niño magnífico.

«Dos amigas me han pedido que sea su madre adoptiva ¿Usted cree?»

-¿Ha actuado así con sus hijos? ¿Le ha salido bien?

-Mi hijo Jandro es un crack, un clon del padre, idéntico. Elia es como yo cuando era joven, tiene mucho carácter. Ahora soy más suave, más tranquila.

-Reconoce que ha tenido temperamento.

-¿Tengo carácter? Ahora no, antes sí. Lo que más me cuesta aceptar es el trabajo mal hecho. Si no sabes, pregunta. ¿Por qué no lo hacen? Eso es un don, preguntar a quien sabe.

Txema Rodríguez

-¿Y su primer hijo?

-Con Nacho hicieron el molde y se rompió. No hay otro igual. Es muy bueno y al mismo tiempo muy cabezón. Sin él mi vida sería muy triste. Vive conmigo, es soltero, me acompaña. Es un alma de Dios, trabaja en oficinas, está en administración y es el más feliz.

-Cuando veníamos hacia aquí ha rechazado que le ofrecieran un brazo para subir una escalera, o al levantarse del sofá. Ha dicho: «Ya me ayudarán». ¿Le preocupa tener que depender de alguien? Usted ya ha tenido algún susto.

-Aún no me hace falta. Mire, en diciembre me fui con una amiga a Nueva York y San Francisco. El cardiólogo me dijo: «Hay que tomar una aspirina para el vuelo». Tuve una cantidad de coágulos, sangrando por la nariz… Fue el peor viaje de mi vida. Me preguntaban cómo estaba, y cuando yo respondía que mal, protestaban: «¿Por qué no me lo has dicho?» Así varias amigas. Y les rebatí: «Haré una lista y así vendréis a cuidarme una detrás de otra». Dos me han pedido que sea su madre adoptiva. ¿Usted cree?

-¿Se siente querida?

-Me siento querida por muchas personas. Lo que más me gusta es que tengo una nieta que me dice: «Abuela, de mayor quiero ser como tú». Esa es mi mayor alegría. Le dije a Rappel, que es como de la familia, que necesitaba un anorak que fuera diferente. Era plateado, brillante. Estando en la tienda con mi hijo pensé en comprarle otro a mi nieta, pero no había más. Le encantó, así que lo compartimos, ella los fines de semana y yo los días laborables.

-Usted ha impreso a su imagen, además de un estilo elegante, un sello propio, sobre todo con el mechón de pelo.

-Pero, ¿a qué no sabe por qué me lo hice?

-Tengo curiosidad por saberlo, la verdad.

-Tuve a mi hija a los cuarenta y cuatro años. Entonces era muy mayor para volver a ser madre, ya cuando el pequeño había cumplido doce. Todas las madres eran tan jovencitas... Leí en algún lugar que las perlas dan luz y que el pelo blanco aporta luminosidad. Y fui al peluquero que tenía entonces, que era genial, y le dije: «A mí me tienes que hacer un mechón blanco». Y no me lo he quitado nunca.

-Hay que tener mucha personalidad.

-El mechón me ha dado un éxito... En Estados Unidos, por ejemplo, llegaba a la aduana y en vez de fijarse en el pasaporte me miraban el pelo. ‘Very nice’, escuchaba. En Fallas, el otro día, nos cruzamos en un semáforo con un grupo de chavales y uno de ellos me dijo: «Me encanta su mechón». Se lo agradecí, por supuesto. Mi hija, en cierta ocasión, me pidió que me lo quitara, recordándome que muchas señoras ya lo llevaban. Y yo le contesté: «Cariño, no puedo, mi pelo ya es blanco, ya no me lo puedo quitar». Entonces todavía no era blanco. Los niños del cole me preguntan: «¿Por qué llevas el pelo de dos colores?» Les respondo que si me ven guapa, y me dicen que sí (ríe). Igual que con mi voz, me sueltan: «¿Por qué hablas así?» Y yo les aseguro que no puedo expresarme de otra forma. Su respuesta es: «Ah, bueno».

Le cuesta hablar, sí, pero al cabo de un rato una ha olvidado ese pequeño detalle ante esta mujer fascinante, charlando frente a unas pastas, queso y jamón del bueno y champán rosado. De sus seis nietos, a los que quiere con locura. De su colegio, del 50 aniversario, que su hijo aprovechó para rendir homenaje a sus padres. «Brindemos. Por la vida».

-¿Echa la vista atrás satisfecha entonces?

-Estoy feliz. Sólo pienso que Ignacio se fue muy pronto y que un hijo jamás debe morir antes que una madre. Y gracias al marido que tuve pude salir a flote, porque él me ayudó muchísimo. Nadie puede imaginar lo horrible que es, y el mes de febrero, cuando coinciden la muerte de mi hijo y de mi marido, no debería existir. Aunque haga 38 años. Me da igual. Sin embargo, estoy convencida de que tengo mucha fuerza interior, y eso es lo que me permite ir adelante.

-Parece que esa fortaleza la transmite con una imagen en la que no se deja nada al azar. ¿De quién heredó el buen gusto?

-Mi padre tenía mucho estilo, pero es que yo recuerdo que ya cuando era muy jovencita me planchaba con almidón los trajes de tergal, e iba siempre de punta en blanco. Me ha gustado ir bien, pero no por lo que piensen los demás, sino por mí. Mi marido me decía siempre: «Qué guapa estás». Yo para él debía de ser la Venus de Milo, me hacía sentir la reina del mundo. Eso sí, era un hombre muy celoso, aunque nunca le di pie. Ahora, cuando me reúno con amigos, recordamos una frase que Ignacio siempre me repetía: «No olvides nunca que donde tú estás está la presidencia». De verdad, ¡qué marido tuve!

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