Lola Vega: «Mi hija es fiscal, tan seria y formal, y nosotros unos ‘destarifaos’»

Su profesión era también vocación. Hasta la médula. Lola confiesa que querría comprarse otra casa sólo para poderla decorar./Jesús Signes
Su profesión era también vocación. Hasta la médula. Lola confiesa que querría comprarse otra casa sólo para poderla decorar. / Jesús Signes

Lola Vega, decoradora de referencia, afronta la jubilación sin pesar, entregada a unos nietos que la vuelven loca y dispuesta a saborear esta nueva etapa. «Ahora hago menos cosas pero las disfruto más. Paseo por la calle de Colón y me da la impresión de que he realizado un viaje»

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

La moqueta ahoga el ruido de los pasos en casa de Lola Vega, un lugar donde cada objeto tiene su espacio, donde es un placer observar cualquier detalle, donde la búsqueda constante de la belleza de estos dos decoradores parece haber encontrado su clímax. Hasta en el vestir muestran ambos esa apostura en la que no hacen falta unos tacones, sólo una sonrisa y mucha clase. Lola tiene la mirada apacible de quien oculta pocos secretos, con esos ojos claros que comparte con su marido, y que se miran con mucha complicidad después de tantos años juntos. Cuarenta y uno, recalcan. Jaime se excusa con humor. «Ella sabe todo de mí, se lo puede contar». Están los dos ya retirados tras una vida dedicada a una profesión artística, con mucho éxito, y que ahora observan con satisfacción, disfrutando de otra etapa mucho más tranquila.

-Se nota en esta casa la huella de sus habitantes, la profesión a la que se han dedicado. ¿Siente que esa vocación le ha permitido desarrollar el gusto por las cosas bellas?

-Es que sin darte cuenta siempre estás buscando cualquier objeto, cualquier recuerdo, que te evoque un sentimiento, y yo me emociono por cualquier cosa. Si me gusta mucho casi lloraría de emoción, ya sea un cuadro, un mueble o una tela.

-¿Cuándo entendió que podía ser una forma de vida?

-A mí desde siempre me ha gustado, ha sido una vocación temprana, y por ello estudié Bellas Artes, porque adoraba crear, aunque te vas dando cuenta de que a lo largo de los años ves cosas distintas que te emocionan, que ni siquiera tienen que ser una obra de arte.

-Estudiar Bellas Artes en aquella época no debía de ser fácil. Seguramente la mayoría de la gente pensaba que no era una carrera profesional, por decirlo de algún modo.

-He tenido que escuchar muchas veces aquello de que Bellas Artes no sirve de nada, que no tiene futuro, aunque agradezco que en mi casa me apoyaron y me dijeron: «¿Te gusta? Fenomenal, adelante».

«Me emociono por cualquier cosa. Si algo me gusta mucho soy capaz de llorar, ya sea un cuadro, un mueble o una tela»

-Y se fue hasta Madrid desde su Alicante natal. Tuvo que ser un cambio muy importante.

-Bueno, nací en Madrid, aunque es cierto que toda mi infancia y adolescencia la pasé en Alicante, donde todavía vive parte de mi familia. Y en Madrid estuve poco tiempo, ya que abrieron la facultad en Bilbao y allí me fui. Y me quedé, porque durante la carrera conocí a Jaime, que estudiaba conmigo. Su trabajo nos trajo aquí, pues Gastón y Daniela, la empresa en la que trabajaba, abrió en Valencia una tienda. Hace treinta años de aquello.

-Es muy distinta esta ciudad de Bilbao. Mediterránea, como Alicante, claro.

-Al principio Jaime se quejaba de tanto sol y pedía que lloviera de vez en cuando, aunque es cierto que en aquel momento nos instalamos en un apartamento en El Saler y a él le daba la impresión de estar de vacaciones siempre. Además, a este clima se adapta uno enseguida y la gente nos acogió muy bien. Al cabo de un tiempo, por comodidad, buscamos una casa en el centro de Valencia.

«Nos encanta salir, tenemos mucha vida social. Yo creo que si se cae la casa a mí no me pilla»

-Y encontraron este piso.

-Primero vivíamos por la zona de la Pagoda y luego encontramos ésta, destrozada por dentro pero con muchas posibilidades gracias a esos techos altos, las molduras...

-Con su profesión, supongo que fue un reto emocionante.

-Es que eso es lo que más nos gusta. Jaime siempre ha sabido construir espacios muy bien.

-No es fácil, muchas veces, compartir trabajo, aficiones...

-Es cierto que normalmente puede resultar dificultoso, pero en nuestro caso sí ha sido sencillo. La gente nos ha dicho siempre: «¿Cómo podéis estar todo el día pegados?» Pues quizás porque a lo mejor sabíamos diferenciar entre el trabajo y la vida cotidiana y además siempre nos hemos apoyado.

-¿Tiene que ver con una afinidad de caracteres?

-Eh, que a veces hemos chocado, pero yo he contado mucho con él, con sus opiniones, y creo que Jaime también ha respetado las mías. Y me ha venido muy bien. Además, siempre le ha gustado que yo hiciera cosas. Me ha empujado, porque yo creo que por mí misma igual no hubiera tenido tanta iniciativa. Él me ha alentado siempre.

«Jaime siempre ha respetado mis opiniones y le ha gustado que hiciera cosas. Me ha alentado»

-No ha sido nada machista entonces.

-Qué va. Al contrario. Y menos mal (ríe).

-Es que tener una tienda, con los horarios, los viajes a ferias… Será complicado compaginar.

-¿Con la casa dice? Pero es que a Jaime nunca le ha importado hacer faenas domésticas, y si un día no había nada cocinado, no importa, comemos por ahí, o cualquier cosa.

-¿Les ha gustado mucho salir?

-Mucho, nos encanta, yo creo que si se cae la casa a mí no me pilla. Jaime además se ha adaptado muy bien, tenemos mucha vida social, y eso que él era más vasco, más cerrado.

-Ahora está pasando por una etapa mucho más tranquila. Cerró la tienda en marzo. ¿Le ha costado adaptarse?

-Para nada. Lo único que me ha cambiado es que tenía un horario; ese era el problema de la tienda, que si preguntaban por mí no me podía escapar. Por lo demás me fascinaba, es cierto, aunque no lo echo de menos, sobre todo porque conservo la relación con mucha gente que me pide consejo, y no estoy totalmente desconectada. Además, tengo dos nietos, y me hacía mucha ilusión compartir tiempo con ellos.

-¿Ha encontrado otra vocación en lo de ser abuela?

-Es que la mayor, que tiene dos años, me vuelve loca. El segundo nació hace quince días. Pero además yo pienso que si has pasado a otra etapa hay que disfrutarla igualmente.

-Se ha sabido adaptar. Quizás por su naturaleza positiva.

-Todos tenemos un chip que si lo cambias se puede llegar a olvidar cuál era tu camino anterior. Porque lo principal es ser positivo, si no ya estás muerto. Me da pena que haya gente que lo ve de otra forma, que incluso intenta mirar el lado bueno de las cosas y no puede. Y eso es horrible. En este sentido yo me adapto muy bien a los giros que da la vida. Hay que mirar hacia delante.

-Pero no me diga que no se emocionó un poco el día en que cerró definitivamente.

-(Ríe) Prefiero no recordar si me emocioné. Lo había pensado mucho, tardé, y yo creo que te vas haciendo a la idea. Es que a mí siempre me han encantado las tiendas. La primera que tuve era de productos hechos con barro e íbamos por los pueblos buscando cántaros, vasijas...

-Dijo de usted Carlos García-Calvo que es la decoradora en mayúsculas de Valencia. Sé que son amigos, pero así y todo imagino que supone un honor.

-La verdad es que sí. Y yo se lo valoro porque es una persona que conoce mucho y se mueve. Siempre he intentado tener cosas diferentes, y la gente venía buscando esa rareza. Hay muchas personas muy exquisitas, que los valencianos no están todo el día al sol comiendo paella. Que sí, que eso también, pero les gusta su hogar. Es cierto que cuando llegamos aquí no les importaba tanto como en otras ciudades de España, donde han vivido más hacia dentro, pero ahora la gente está mucho más informada, ha habido un cambio importante. Y las casas se encuentran mucho más vestidas, son agradables.

-Sigue en marcha, de alguna forma.

-Lo que más rabia me da es que no puedo comprar, porque tendría que poner un tenderete, o llevarlo a Xaló los sábados. Y los dos somos iguales en ese sentido. Tendríamos otra casa sólo para decorarla, porque para nosotros es muy divertido, aunque hay gente que dice que estamos un poco mal de la cabeza. Y también me sabe mal que, aunque ahora tengo más tiempo, hago menos cosas. Bueno, quizás las disfruto más. Ahora con un simple paseo por la calle Colón me da la impresión de que me he ido de viaje porque nunca tuve el tiempo necesario para ver tiendas con tranquilidad.

-Cerró la tienda en parte porque su hija no ha querido seguir sus pasos en el mundo de la decoración.

-Para nada. Es fiscal. A la tienda no venía ni a verme. Sí, qué bonito, pero ninguna inclinación. Es más, cuando viene avisa: «Ya me podéis decir qué es todo esto porque en cuanto vosotros desaparezcáis yo lo vendo». Y le contesto: «No te preocupes que te dejaré por escrito qué es cada elemento decorativo de la casa para que sepas su valor; bola del siglo XIV» (ríe). Pero luego ves que tiene un gusto muy definido, aunque sea por detrás, porque yo creo que siempre queda algo.

-Quizás la diferencia más importante es que la de su hija es una profesión tan alejada de las artes…

-Y eso que ella ha pintado, porque en casa he dado clases y había un espacio para hacerlo. Pero la suya ha sido una afición y se ha ido a algo completamente distinto, con mucho estudio, que nosotros pasábamos, a no ser que fuera anatomía e historia. Es una persona tan seria y formal, mientras que nosotros somos unos ‘destarifaos’ (ríe).

-Supongo que están orgullosos de ella.

-Por supuesto, porque siempre ha hecho lo que ha querido, ha tenido las ideas muy claras y es además muy trabajadora y constante. La verdad es que no sé de dónde ha salido, pero desde luego es una maravilla de hija que nunca nos ha dado ningún problema. Por eso quizás debería haber tenido más. Lo que sí ha hecho igual que yo es repetir la historia personal, porque el primer destino que eligió fue Bilbao, y en esa ciudad conoció al que es su marido, con el que dentro de poco se marchará a vivir allí.

-Imagino que esa debe de ser una mala noticia para usted.

-En efecto, para mí es un palo, pero un palo que al final todos hemos dado sin querer. Yo hice lo mismo, y ahora lo pienso, que a mi madre supongo que le sentaría como un tiro. Pero es su vida y además está ahí al lado. Iremos y volveremos. Ya está.

Nos quedamos hablando de viajes. De los lugares que la han enamorado, como África, u Oriente. De los que no ha visto, como Estocolmo. De aquellos donde está segura de repetir, como Puerto Rico. Tan vitalista ella, tan alejada de envidias y rencores. Y tan cerca de esa serenidad que, como proyecto de futuro, no está nada mal.

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