«Llevar este apellido es una responsabilidad, el escudo de los Trénor pesa mucho»

María Jesús, Rafael y Caridad, en el antiguo refectorio de los monjes jerónimos, convertido por la familia en un salón.
María Jesús, Rafael y Caridad, en el antiguo refectorio de los monjes jerónimos, convertido por la familia en un salón. / Damián Torres

Viajan en el tiempo al reencuentro con sus raíces, que se hunden en los cimientos de un monasterio perteneciente a su familia desde hace casi dos siglos. Caridad y María Jesús Trénor no olvidan de dónde vienen

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Todavía conservan Caridad y María Jesús Trénor Trénor los ojos azules y la planta de aquel antepasado irlandés que llegó a Valencia en la primera mitad del siglo XIX y amasó una fortuna convertido en próspero empresario y comerciante. Pero Thomas Trenor Keating era además una persona muy culta, que se interesó muchísimo por la historia, y en 1838 compró un monasterio, el de San Jerónimo de Cotalba, tras la desamortización, una imponente construcción que sus descendientes llevan décadas intentando mantener y restaurar no sin esfuerzo. «Estamos muy orgullosos de nuestros antepasados, que además de grandes industriales supieron valorar el arte y la cultura», dicen. En este lugar, localizado entre dos pequeños municipios de la Safor, Alfauir y Rótova, no es difícil imaginar a los monjes jerónimos rezando en la iglesia o a un Ausiàs March niño, hijo del administrador de Alfons el Vell, artífice del monasterio, corriendo por sus claustros, como varios siglos después hicieron Caridad y María Jesús en su infancia.

-¿Qué recuerdos tienen ustedes de este lugar?

Caridad: -De pequeñas residíamos aquí seis meses al año, y lo hacíamos como si hubiéramos pertenecido a una generación anterior. Corríamos por los claustros, jugábamos con los hijos de los caseros y nos dedicábamos a estudiar mucho con una maestra particular, porque no íbamos al colegio. Cuando veo ahora todos los juguetes que tienen los niños… A nosotros nos bastaba con el croquet y la bicicleta. Yo era la pequeña de los cuatro hermanos y este lugar nos ha unido muchísimo, ¿verdad, Marisu?

Caridad es un torbellino que no parece haber perdido energía pese a la edad, ya jubilada, y se convierte en la anfitriona en un recorrido por las estancias que les marcaron aquella infancia un tanto atípica, creciendo en un monasterio.

María Jesús: -Vivíamos aquí con nuestra madre, mientras mi padre se presentaba a menudo para ocuparse de la finca. Cuando venía era una fiesta para nosotras. Por eso tenemos tanto cariño a este lugar. Nos visitaba el maestro del pueblo todos los días. Y nos reñía, porque yo por lo menos no estudiaba. Aprendí francés y valenciano al mismo tiempo, con la profesora particular y con los caseros de la finca.

-¿Por qué su madre estuvo tan ligada a este lugar?

C: -El monasterio se convirtió en hospital de sangre durante la guerra civil y quedó parcialmente destruido. Mi madre, hija única y dotada de una inteligencia enorme, fue después la artífice de su reconstrucción. Decía siempre: «Qué pena que no tengo posibilidades económicas para restaurar más». Vendieron parte de los terrenos para poder conservar el edificio pero le hubiera gustado hacer mucho más, excavar la capilla, por ejemplo, donde sabía que había criptas, y eso nos lo transmitió. Para nosotros es una obligación. En las visitas guiadas, cuando paseamos por el claustro y se ven los ángeles destruidos durante nuestra guerra civil, siempre digo que aquellos años hubo un rechazo frontal a la religión.

-¿Qué más les enseñó su madre?

C: -El espíritu de sacrificio y de trabajo. Aprendimos a no darnos caprichos para destinar ese dinero al monasterio. Hemos respirado austeridad. Y religiosidad. En camisón veníamos a saludar a la Virgen. Casi mamando ya acudíamos a la capilla cuando nos levantábamos porque durante diez años vivieron aquí unas monjas y se celebraba misa a diario. Para mí, que era muy pequeña, era un rollo espantoso (ríe).

M. J: -Mi madre nos enseñó a rezar un avemaría a la Virgen cada vez que llegábamos de Valencia, y nos despedíamos de ella cuando nos íbamos. Y hemos conservado esa tradición, tanto que si no lo hacemos parece que nos falte algo.

-Desde luego, fue una infancia fuera de lo común. Pocas personas conviven de pequeñas con unas monjas.

M. J.: -Era un grupo de carmelitas descalzas de clausura que formaron parte de nuestras vidas durante diez años. Mi madre las acogió porque le dio mucha pena que se hubieran quedado sin convento después de la guerra y a nosotros aquello nos sirvió espiritualmente muchísimo. Eran maravillosas, muy buenas, siempre estaban contentas.

C: -Tenían una alegría interior enorme, y eso que recuerdo una vez que llegó una chica jovencísima. Nunca olvidaré cómo dio un abrazo a sus padres y hermanos por última vez, se metió dentro y sabía que nunca más podía volver a darles un beso. Y a pesar de ello eran felices.

-¿Les ha influido aquella experiencia en su carácter?

M. J.: -A los cuatro hermanos nos ha enseñado a ser felices con las pequeñas cosas de la vida.

Subimos a la parte alta del monasterio, a un claustro que da acceso a las habitaciones privadas, no incluidas en la visita al monumento porque todavía se usan por parte de la familia. El claustro superior fue construido entre los siglos XIV y XVII, una galería con columnas rematadas por figuras que representan ángeles o animales.

-Desde luego, da respeto vivir en un lugar así.

C: -Sí, me acuerdo de pasar mucho miedo porque en este claustro había apenas cuatro lucecitas.

M. J: -Nuestra madre intentaba quitarnos el miedo mandándonos por la noche al salón a que recogiéramos alguna cosa. Íbamos cantando porque, además, los muebles crujen por la noche. Yo creo que por eso ahora no tenemos miedo a nada.

«A nosotras ya nos queda poca vida, y aquí aún hay tanto por hacer»

En la entrevista está presente también el marido de Caridad Trénor, Rafael Gomis, ingeniero químico, ya jubilado, que se siente unido de igual manera a este monumento como lo está su mujer. «Ha sido una suerte para mí, porque a él le ha encantado formar parte de este lugar, le fascina la naturaleza, la historia, pasar temporadas con los niños cuando eran pequeños, y ha trabajado mucho también para poder abrirlo al público», dice Caridad. María Jesús añade: «Siempre hemos sido un equipo, y hemos estado muy bien avenidos. Ahora, además, contamos con el apoyo que nos proporciona la siguiente generación».

Rafael: -A mis hijos, cuando eran pequeños, les decía: «Dad la vuelta al claustro y os doy una moneda». Para un niño de ocho o nueve años era un aliciente, pero no podían. Cuando llegaban a la esquina regresaban corriendo. Porque esto no tiene nada que ver si lo ves por la noche. ¿Escuchan el silencio? El de este lugar es único. Dormir aquí es algo que no se puede comparar con nada, y eso que nosotros vivimos en La Canyada.

-¿También las nuevas generaciones han respirado este ambiente?

C: -Nosotras ahora estamos jubiladas y le podemos dedicar mucho más tiempo que nuestros hijos, pero todos están implicados porque se lo hemos intentado inculcar. Y nuestros nietos también lo han podido disfrutar.

R: -Se ponen muy contentas cuando explico a mis nietas que las tinajas de la almazara eran de Ali Babá y los cuarenta ladrones, y buscan todavía para ver si queda algo dentro de lo que robaban.

-Pero mantener, restaurar, conservar un lugar así es mucho dinero.

C: -Desde luego, y por suerte los cuatro hermanos hemos hecho por mantenerlo, aportando lo que podíamos. Pero, claro, no alcanza. No tenemos demasiadas ayudas y con las visitas da para poco, así que nos tenemos que ayudar con celebraciones.

M. J.: -Cada fin de semana voy de boda porque soy la que me encargo de la organización (bromea).

-A su edad todavía está muy activa.

C: -Que te hable de toda su actividad benéfica, que es increíble.

M. J.: -Aunque ya soy mayor me siento muy bien. Pertenezco a la Pila Bautismal de San Vicente, donde nuestra misión principal es que todas las tradiciones valencianas perduren. También pertenezco a la Orden de Malta, en la que formo parte del consejo, organizamos el rastrillo en Navidad, somos camareras, guisanderas, nos ponemos un delantal y nos sentimos fantásticas. Ayudamos a los ancianos y además vamos con un grupo de niños con problemas psíquicos a Lourdes. Lo de viajar allí ya lo hacíamos todos los veranos con mi madre, y para mí es algo precioso, te das cuenta de la grandeza de las personas que están rezando por ti. Darme a los demás me llena mucho, me da una paz interior increíble, y pienso: «Dios mío, qué suerte tengo de poder hacer todo esto». Además, me encantan las plantas y me gusta, cuando vengo, encargarme del jardín.

-Usted ha tenido que sufrir la muerte de su marido recientemente.

M. J.: -Se llamaba Pascual Merita y era abogado. Después de todo pienso que hemos tenido la suerte de poder vivir 51 años juntos y que ahora tengo a mis dos hijos, que son fantásticos. A pesar de que no está él, me siento muy unida a sus raíces, a Alcoy, donde tenemos una masía en la que paso parte del verano, fresquita con mi familia. Y es una maravilla.

-Usted, Caridad, también está jubilada, pero sigue aquí al frente de las visitas y con unos conocimientos muy grandes de arte e historia.

C: -Siempre me ha gustado, aunque he de decir que primero estudié para asistente social. Sin embargo, cuando me puse a trabajar vi que no era lo mío. Ya casada terminé Filosofía y Letras y fundé un colegio que cuarenta años después funciona muy bien. Ha sido mucha lucha, porque primero con los estudios de bachiller yo tenía que examinarme por libre, al estar aquí, y en dos días de junio me lo jugaba todo. Igual que a mis hermanos les hubiera gustado quizás estar más en Valencia, yo habría preferido ir al colegio porque estábamos muy aislados. Luego, sin embargo, hemos visto que había sido un privilegio. Además, he sido muy feliz como profesora, también de directora.

-¿Por qué?

C: -Es un colegio británico y toda esa riqueza cultural de alumnos venidos de diferentes países me ha enseñado mucho. Hay una frase de la madre Teresa de Calcuta que a mí me encanta, y que dice que los mejores profesores son los niños. Es cierto, te aportan mucho más de lo que les aportas a ellos. Ese entusiasmo por las cosas… Desde hace diez años estoy jubilada, aunque sigo vinculada por la sociedad propietaria de los edificios.

-Decía antes que había tenido mucha suerte con su marido.

C: -Es que ha sido la parte más importante de mi vida, junto a mis hijos. Se ha convertido en mi gran apoyo porque es una persona encantadora, con un gran sentido del humor y que ha estado siempre a mi lado.

-¿Ser Trénor ha sido un privilegio o una enorme responsabilidad?

M. J.: -Además de ser un privilegio, llevar este apellido con honestidad y saber hacer supone mucha responsabilidad. El escudo de la familia, en el que se puede leer ‘facta non verba’, ‘hechos no palabras’, pesa mucho.

C: -Mi hermana lo ha explicado magníficamente bien. Estoy totalmente de acuerdo.

Nos despedimos prometiendo una próxima visita a los conciertos que se celebran en verano en el monasterio. «Concrete cuál es la rama de la familia a la que pertenecemos, que hay tantos Trénor…», me piden. Federico, su hermano mayor, murió hace unos cuatro años, era el barón de Alacuás. «Fue una persona de gran valía», recuerdan casi al unísono. A su muerte, y al no tener descendencia, el título lo ha heredado la mayor de las tres hermanas, Leonor, que no ha podido venir. «Está un poco delicada de salud», explica Caridad. Tanto ella como María Jesús permanecen pensativas. «A nosotras ya nos queda poca vida, y aquí aún hay tanto por hacer…»

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