Laura Gómez y Sugoi Uriarte, la llave de la felicidad

Laura Gómez y Sugoi Uriarte./Jesús Signes
Laura Gómez y Sugoi Uriarte. / Jesús Signes

Fueron amigos antes que novios y desde hace dos meses afrontan el desafío de ser padres. El judo les ha impulsado hacia la cima mundial, pero para ellos hay más horizonte que el deporte

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Ganar. Ser el mejor. Pero no el mejor de tu gimnasio, de tu ciudad, ni siquiera de tu país. El mejor del mundo. El número uno. Parece que esa ambición es imprescindible cuando alguien quiere llegar a lo más alto en el deporte. Porque sacrificas. Y mucho. Pero a pesar de que ese ha sido el objetivo de Sugoi Uriarte y Laura Gómez, judocas olímpicos en el tatami, la única pareja en la vida real que estuvo en Río, han sabido diversificar. Está claro que se trata de un deporte menos mediático que otros, de los que no salen cada día en la televisión, y por tanto no se puede vivir de él tan fácilmente. Por ello son universitarios. Y también han decidido formar una familia. Llegan los dos al pabellón deportivo de Benimaclet, junto a su hijo Unai de apenas dos meses, todavía con ojos de cansancio y las huellas de un embarazo que Laura no ha llevado bien. Durante toda la entrevista el bebé permanecerá pegado a su cuerpo, tranquilo y seguro.

-¿Qué es más duro, criar un hijo o ser deportista de élite?

Laura: -Yo creo que esta nueva etapa es bastante menos dura de lo que parece, lo que pasa es que lo de entrenar lo teníamos más controlado, mientras que ni Sugoi ni yo hemos sido nunca muy niñeros y no sabíamos nada de bebés. Entre su hermana y mi cuñado nos hicieron un curso rápido, cosas básicas como cambiar un pañal o en qué fijarse para comprar un carro.

Sugoi: -Sí, en realidad la paternidad no es tan difícil, aunque te tienes que mentalizar de que te quita mucho tiempo. No puedes hacer nada más que estar pendiente del niño, aunque cada vez lo llevamos mejor.

«El otro día pasamos un control antidoping a las siete de la mañana; nosotros, que estamos criando al bebé, sin dormir...»

-Leí en una entrevista que os hicieron antes de ir a los últimos Juegos Olímpicos que lo de tener familia era uno de vuestros proyectos de futuro.

L: -Y ya lo hemos realizado. Lo del embarazo lo he sufrido mucho. Así como estar con el niño lo disfruto un montón, los nueve meses anteriores no se los recomiendo a nadie.

S: -Entiendo que para una chica deportista es duro, porque has de dejar de hacer todo lo que tenía sentido en tu vida hasta ese momento.

L: -Cuando preguntaba qué deporte podía practicar me contestaban que andara. ¿Andar? Para mí eso es una forma de desplazarte de un sitio a otro. Y nadar me aburría. Ha sido muy traumático ver cómo engordas, te salen unas tetas enormes, caderones. Una persona que está acostumbrada a cuidarse, a verse siempre igual... Yo, que además soy muy disciplinada con la alimentación, tenía hambre a todas horas. Pillaba hasta de las máquinas lo que fuera, cuando antes nunca se me habría ocurrido. He subido un montón de kilos, me ha cambiado el cuerpo, el carácter… ¡Que ojalá los tuvieran ellos, de verdad!

S: -Aguantarla en pleno agosto, eso sí que ha sido duro, menos mal que el parto se adelantó diez días (bromea).

Sugoi y Laura se cruzan una mirada cómplice mientras el pequeño Unai, de apenas dos meses, descansa en los brazos de su madre.
Sugoi y Laura se cruzan una mirada cómplice mientras el pequeño Unai, de apenas dos meses, descansa en los brazos de su madre. / Jesús Signes

-Seguro que os han preguntado si os gustaría que Unai de mayor fuera judoca.

L: -Me encantaría, pero eso dependerá de él, de lo que quiera hacer, de lo que le guste, y luego faltaría que se le diera bien. No pretendemos ser unos padres que fuercen. Que haga música, judo, lo que le atraiga, aunque es cierto que será difícil que no le guste el deporte si lo mama en casa, si ve a sus padres siempre corriendo, haciendo bici…

S: -Luego se pondrá en el sofá a ver la tele.

L: -Eso sí que no (ríen).

«Siempre lo tuvimos claro, primero la universidad y luego el deporte»

-Os conocísteis prácticamente cuando erais unos niños.

S: -Nos conocimos cuando éramos infantiles, a los catorce años. Quedamos los dos campeones de España, y aunque no nos hicimos novios sí nos convertimos en inseparables. Luego me vine a estudiar y ahora con el niño ya me quedo aquí. Al menos le he podido poner nombre vasco.

L: -No me parece una gran concesión. Ha ganado territorio con el nombre y el apellido pero vivimos aquí y será valenciano. Ahora no nos despegamos de esta ciudad. Después de tantas vueltas que hemos dado te das cuenta de lo bien que se está en casa.

-¿Ha sido fácil para un vasco acostumbrarse a Valencia?

S: -Mucho. Ahora cuando vamos a Vitoria digo: «Si es que aquí no sale el sol». Y al cabo de dos o tres días ya no nos aguantamos. Es verdad que desde el principio me gustó mucho esta ciudad porque se vive muy bien.

«La primera comida de Sugoi fueron unas patatas fritas de bolsa congeladas por dentro y por fuera quemadas»

-El camino de un deportista de alta competición no es nada cómodo. ¿Habéis sacrificado mucho mirando atrás?

S: -Sí, porque al final debes elegir. Y yo lo tenía muy claro. Quizás la decisión más difícil que tomé fue la de venir aquí y dejar a mi familia, porque estábamos muy unidos. Y además acostumbrado a que mi madre me lo hiciera todo... Tienes que elegir amigos y sacrificar muchas cervezas. Pero si volviera atrás lo haría de nuevo. Creo que las decisiones importantes serían las mismas y en ese sentido estoy orgulloso. He dado todos los días de mi vida el cien por cien de mí mismo para ser el mejor. Nunca quise ser el número tres, y nadie se atrevió a decírmelo. Seguro que pensaban: «Este vasco loco».

-Llegaste solo.

S: -Yo siempre he confiado mucho en mí, pero en mi tierra lo tenía más difícil que Laura aquí. En Valencia entonces ya había una estructura muy buena, con su padre a la cabeza. En Vitoria, sin embargo, no existía el nivel suficiente para conseguir mis metas. Sí es cierto que estoy muy agradecido porque me han inculcado unos valores y me han enganchado a este deporte, pero sabía que si quería algo más, la universidad del judo, tenía que ser en Valencia. Yo deseaba venirme con 16 años pero mi madre no me dejó hasta que tuviera 18.

-¿Resultó más fácil para ti, Laura, por el hecho de que tu padre fuera entrenador?

L: -Mis padres hacían judo, mi pareja, mis amigas, incluso mi abuelo fue judoca. No era lo que yo quería en un principio. Mis padres me habían matriculado en un colegio bilingüe porque yo proyectaba irme a vivir fuera, viajar. Eso sí, competía, y a mí me gustaba ganar, me enfadaba mucho cuando perdía. Y te vas poniendo porque sabes que para no perder tienes que entrenar más. Un poco primitivo, quizás, pero así de sencillo.

-¿Tu padre vio ese potencial?

L: -Cuando era pequeña él no venía a las competiciones. Creo que no lo pasaba bien.

Durante la conversación se ha sentado con ellos su preparador físico, que los conoce desde que eran niños. «Laura salía siempre llorando de las competiciones, y eso que le acababa de dar una paliza a su rival». Los mira con afecto, son muchos años trabajando juntos, y consiguiendo éxitos también, claro.

-Habréis tenido también vuestros momentos duros...

S: -Sí, aunque quizás yo me lo callo más. Mi bajón vino precisamente porque en Vitoria no había podido avanzar, y recuerdo que en 2004 toda mi familia acudió a verme al Campeonato de Europa. Yo soy un deportista al que no le marcan muchos puntos, muy defensivo, y me metieron una paliza increíble. Me fui a la grada y lloré con mi madre, pensando que igual no valía para esto. Dos años después empecé a ganar y en 2009 llegué a ser segundo del mundo.

L: -Yo pensé en dejármelo ese año porque no le veía continuidad, no tenía muchas posibilidades de salir fuera a competir, estaba terminando la carrera y pensé en buscar trabajo y seguir con otro tipo de vida.

-Porque los dos tenéis carrera universitaria. ¿Os habéis encontrado muchas veces con ese cliché de que los deportistas no pueden hacer nada más que entrenar?

L: -Yo creo que esa idea está muy pasada, es como encasillar a una persona, aunque sí es verdad que estudiamos en el Politécnico porque a los dos nos dieron muchas facilidades para compaginarlo.

S: -Hay deportes donde desde pequeño se gana mucho dinero y puedes dejar los estudios de lado, pero nosotros siempre lo hemos tenido claro. Lo primero era la universidad y luego el deporte, aunque a veces ha sido el revés. Y siempre intentando no excusarnos en que somos deportistas a la hora de los exámenes.

Juntos desde los catorce años, cuando los dos se proclamaron campeones de España infantiles, inician una nueva vida.
Juntos desde los catorce años, cuando los dos se proclamaron campeones de España infantiles, inician una nueva vida. / Jesús Signes

-Hay muchos casos de personas que sólo tienen la carrera deportiva y tras retirarse lo pasan realmente mal. O en los malos momentos.

S: -Acabas un poco tarado. Siempre habrá deportistas fuera de serie, pero también malos momentos, y es importante tener otras cosas, los estudios, la familia, los amigos. Ahora que estamos de entrenadores intentamos que se centren en otras cosas, que hagan algo, si no una carrera universitaria un módulo profesional. Que estén ocupados, porque si piensas sólo en el deporte y tienes una lesión ya no levantas cabeza.

-¿Les gustaría vivir del judo después de la carrera deportiva?

L: -Es difícil incorporarnos al mundo laboral, porque con mi edad, yo que he estudiado ADE, ¿qué puedo decir? ¿Que hago nosecuantas dominadas? Hay gente que ha estudiado lo mismo, pero además ha dispuesto de mucho más tiempo para realizar cursos, o incluso tener experiencia. Es cierto que nosotros poseemos otro tipo de cualidades, como actitud y disciplina, que son muy válidas. Y también por el hecho de haber viajado tanto te queda una empatía con otras culturas. Estás acostumbrado a convivir con un kazajo, un peruano o un francés, que aunque estén aquí al lado tienen caracteres diferentes a los nuestros. Pero en el tema del deporte podemos involucrarnos no sólo como entrenadores, porque lo conocemos bien, sino con proyectos, implicando a otras empresas, que por ahora es donde nos sentimos más cómodos.

-Hablas en plural. ¿No concebís un futuro separados profesionalmente?

S: -Bueno, hemos estudiado cosas diferentes, ella es muy de letras y yo soy más de números, y lo bueno es que nos compaginamos muy bien, pero tampoco descartamos emprender caminos diferentes.

L: -A Sugoi el mundo de la universidad le gusta mucho. De hecho está empezando a hacer el doctorado y quedarse en el Politécnico es una opción que le encantaría. A mí la docencia no me atrae. Me aburro. Me lo paso mejor haciendo proyectos, y que cada día sea diferente.

-Y además ninguno ha elegido una formación universitaria más específica del deporte.

S: -Yo quería estudiar INEF pero mi madre me decía que me decantara por otra carrera, ya que si no toda mi vida giraría alrededor del deporte. Le seguí el consejo y primero estudié ingeniería técnica electrónica y luego la superior de organización industrial, además de un máster. Y me sirve para desconectar.

-¿Pensáis en la retirada?

S: -Yo creo que ese va a ser un día tan duro que todavía no lo he dicho. El mes que viene competiré en el Campeonato de Europa por equipos, aunque sé que hay que tener claro que todo empieza y acaba. Y el otro día pasamos un control antidoping a las siete de la mañana; nosotros, que estamos criando al bebé, casi sin dormir, y no competimos desde Río.

L: -Yo todavía no tengo claro qué voy a hacer con mi carrera deportiva, si se quedará aquí, si continuaré. Es duro porque todo tiene sus fases, y hay que ser realistas y saber que no puedes estar con cincuenta años pegándote con la gente.

-Confiésame una cosa. ¿Ha aprendido Sugoi a apañarse solo?

L: -Digamos que progresa adecuadamente. Es que su primera comida fueron unas patatas fritas de bolsa congeladas por dentro y por fuera quemadas. De vasco ha heredado el carácter áspero, aunque ahora sea mucho más sociable, más mediterráneo, pero no la cocina. No sabía barrer ni fregar. Y para cualquier cosa llamaba a su madre.

S: -De hecho cuando tenía un examen avisaba a mi madre para que me llamara y no dormirme. En la universidad me tenía que poner tres alarmas (ríen).

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