Las Provincias

La casa de Álex Francés

  • Pronto puso su sello a esta casa centenaria que sacó del abandono. Unas paredes rojas, otras amarillas, techos negros... Quería experimentar y le gustó la prueba, enmarcada por una amplia gama de hidráulicos con sabor a historia

Algunas de las paredes de la casa de Álex Francés son rojas. Las pintó con esa viveza para reconstruir ‘La villa de los misterios’ de Pompeya, una habitación toda de rojo con unos frescos que describen lo que sería la iniciación de una joven. Otras son amarillas, tono que siempre le ha gustado y que escogió para seguir la línea del rojo. Finalmente el techo lo pintó en negro porque quería probar. Y el resultado le gustó. En el suelo llama la atención la alternancia entre distintos hidráulicos que marcan una especie de mapa de vida de esa vivienda centenaria, de 1890, cuyo pasado se percibe en cada rincón. Un pasado en el que albergó familias de buena posición económica, pues todas las habitaciones conservan los antiguos timbres concebidos para llamar al personal de servicio.

Álex Francés estudió Bellas Artes, carrera que ha alargado en el tiempo y de la que acaba de leer la tesis. «Yo ya hacía cosas antes de estudiar. Empecé con pintura pero desde el principio incorporaba elementos encontrados. Siempre me han interesado los géneros mixtos, también hago vídeo y fotografía», explica. La casa la halló hace unos quince años y entonces estaba muy abandonada. «La cogí primero como estudio compartido con otro artista. Fue a través de Mavi Escamilla, que también vive en este edificio. Estaba todo muy mal pero nos lo curramos e hicimos cosas. Yo no he dejado de hacer».

Álex cuenta que pintó, arregló y masilló, arrancaron el papel pintado, quitaron el estuco de la pared y en general adecentaron. «La distribución estaba tal cual. En ese momento tanto yo como mi compañero de piso éramos fotógrafos y necesitábamos un sitio luminoso donde trabajar». Hace seis años se vino a vivir a lo que era su estudio. Al fallecer su madre decidió dejar la casa familiar y trasladarse en búsqueda de espacio. «Los metros para un artista son fundamentales, ya que el almacén ocupa una parte importante del espacio».

La decoración y la obra son dos partes que están unidas desde el principio. «Yo cojo muchas cosas que me encuentro por ejemplo en los contenedores, las reciclo y las integro en el espacio. Otras veces compro en rastrillos de segunda mano». Explica Álex que en ocasiones esas cosas entran como objetos para la casa, porque le llaman la atención, y terminan siendo obra reciclada de nuevo como mobiliario. «Un buen ejemplo es mi cama. Fue una tarima que se hizo para que bailara una bailarina de flamenco encima. Yo estaba debajo de la base. Grabamos un vídeo para un ciclo de arte contemporáneo».

Para el artista fue importante desde el principio que, además de ser arte, su obra resultara útil como mobiliario. De hecho, una de sus primeras series se llamaba ‘Memorabiliario’. «Aunaba la idea del mobiliario y la memoria. Me gustan los objetos antiguos, los que heredé de mis padres, de amigos... Los objetos pueden ir cambiando de condición y ser manipulados. Esto empezó como mesita y acabó convertido en obra».

Por la casa descubro varios trabajos de ganchillo pintado en los que el tejido adquiere un efecto escultórico. Algunos de ellos se sostienen en el extremo de una barra fina de hierro y giran sobre sí mismos. La estancia principal alberga obra propia, piezas de Mavi Escamilla, de Omar Ureña, de Jorge Carla o de Pol Coronado. En una de las paredes se aprecian varias fotografías de una serie realizadas a esquiadores ciegos; en otra, una foto de grandes dimensiones de una frondosa zona boscosa disparada en El Saler... «En esa serie de fotografías -comenta- trabajé con los paisajes de la memoria. Mi casa y las cosas que me rodean conforman mi mundo».

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