Las Provincias

La casa de Juan Antonio Pascual

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Comedor blanco para salón y comedor. / IRENE MARSILLA

  • Así define el propietario su vivienda, sobre todo por la inusual altura de los techos. Nada que ver con aquella primera impresión de «casa de estrella de Hollywood venida a menos»

La casa de Juan Antonio Pascual y de su pareja Ada refleja de un solo golpe la personalidad de los propietarios: viajeros, cultivados, inquietos y con un gusto depurado fruto de su rico bagaje. La oportunidad de adquirirla surgió hace casi veinte años cuando Miguel Trigo, el entonces propietario, hizo una división horizontal de lo que era la villa. «La vivienda data del año 1948 y es obra de Antonio Gómez Davó, el arquitecto artífice del edificio de La Cigüeña y del de Bancaja que da a la calle del Mar. También colaboró en el proyecto del Banco de Valencia junto con Goerlich», explica.

La primera vez que Juan Antonio vio el inmueble era de noche, estaba muy decadente y no le gustó especialmente. Cuenta que el propietario la definió como «la casa de una vieja estrella de Hollywood venida a menos», pues era estrambótica y ecléctica. «Me convenció la zona de abajo, en la que tengo espacio para mi estudio; es como una especie de sótano pero con mucha luz y entrada independiente». La media parte que hoy acoge su hogar correspondía al área de servicio y albergaba la cocina, el lavadero, despensas y varias habitaciones.

La puerta es la original y las dos plantas se hallaban unidas por una escalera de caracol antigua de madera con la barandilla labrada. «Estaba en muy malas condiciones y era muy estrecha; fue difícil conseguir sacar esta escalera. Yo ahora digo que vivo en un pareado de lujo, pues además del carácter de la casa los techos son altísimos. Esto no es habitual», relata.

El volumen es el que había pese a que se fue todo a tierra. Existía un muro grueso con un arco y una pérgola. Ellos añadieron espacio al comedor. Las ventanas conservan unas rejas que poseen la firma del herrero que las elaboró. La cocina estaba reformada pero ellos la actualizaron, ya que sólo había una ventana. «Decidimos abrir una puerta, era importante para aclimatarla en verano y tener una comunicación directa con el jardín». Llama la atención en la fachada el detalle que rodea las ventanas. «Es cerámica con reflejo de Paterna. Eso y las gárgolas son de la antigua Ceramo. Los volúmenes tan cúbicos me sugieren el estilo de México o de Ibiza».

Para Juan Antonio, profesional especializado en la ejecución de proyectos de clínicas dentales, lo que hay en la casa es el resultado de la historia de los sitios por lo que han pasado. En el recorrido topamos con las sillas Tom Vac de Ron Arad, a quien conoce personalmente, pues estuvo unas Navidades alojado con su familia en esta casa. Desde ahí las piezas de firma escogidas se suceden en una sinfonía que reúne los sofás Bengodi de Cini Boeri, los sillones Lady de Marco Zanuso, el carro auxiliar de Ycami, la lámpara de pie modelo Costanza de Paolo Rizzato o la de sobremesa de Antoni de Moragas. La mesa de comedor es de Ycami, el aparador de Roberto Pamio, el carrito auxiliar de Magis y de la pared pende un espejo isabelino herencia familiar. En la estantería reposan obras de Ada Errando, Antonio Abril, Carmen Michavila, Maite Morell o Pilar Cerveró, y tras el sofá encontramos una pequeña serigrafía de Chillida, otra de Mariscal y una pintura de María José Ortega. Para Juan Antonio, las instalaciones eléctricas son fundamentales. Le gusta jugar con la luz y crear distintos ambientes dependiendo de la actividad y el momento del día. «Trato de que desde los interruptores de la entrada se controlen todos los enchufes de la estancia». En sus obras utiliza pocos materiales bien engamados y que estén dentro de las mismas gamas cromáticas. «La pared roja ha sido un atrevimiento inspirado en museos clásicos. Me gusta que el contenedor sea muy neutro», afirma. Mira a su alrededor y añade: «Soy muy casero, para mí la casa es el refugio del guerrero».