Las Provincias

El estudio de Calo Carratalá

fotogalería

/ JUAN J. MONZÓ

  • El pintor halla la inspiración entre paredes blancas, techos altísimos y un torrente de luz natural. Sintió que necesitaba salir de Valencia y trasladó sus caballetes a un polígono industrial de Alaquás

alo Carratalá deja el pincel en el caballete y se dirige hasta la puerta, donde nos recibe con ropa de trabajo en el espacio en que pasa toda su jornada laboral. Es fácil percibir que se trata de un artista de raza, de esos que viven para pintar y no al contrario. Nos encontramos en un polígono industrial de Alaquàs, dentro de una nave diáfana de techos altísimos, paredes blancas y un torrente de luz natural que incide desde diferentes puntos. La decisión de trasladarse a una nave la adoptó hace casi un año. Tras muchos años trabajando con galerías de Madrid, Córdoba, Cáceres o Bristol, sintió que no le hacía falta tener el estudio en el centro de la ciudad, que un espacio tan pequeño le limitaba. «Cuando empiezas a trabajar fuera no es importante estar en Valencia. Quizá al empezar sí que te conviene la ciudad para tocar un poco más el mundo del arte y ver lo que se está haciendo, pero en ese momento necesitaba separarme y concentrarme en el trabajo».

Las obras que penden de las paredes dotan de calidez a la nave pese al entorno casi estéril que brinda el espacio diáfano. «Los estudios son así, cuatro paredes en las que estás metido y trabajas. Mi intención es ir dándole más vida poco a poco». En una zona tiene los cuadros de nieve. A continuación, una serie más negra que va a formar parte de una exposición de dibujos para Alba Cabrera. Luego sigue una serie de flores, una colección nueva que empezó este invierno. «También están los paisajes de la Manchuela que he inaugurado en el Museo del Ruso de Alarcón, cuya comisaria es Marisa Giménez».

En una sala aparte reposa el tórculo donde realiza las series de grabados a dos tintas inspirados en Noruega. Cuenta que cada vez está más contento con el espacio pese a que los inicios fueron contradictorios. La primera exposición que preparó estando en él fue una iniciativa de 'post it', obras diminutas que se venden a precios muy baratos con el fin de dinamizar el mundo del arte. «Me dije: '¿Para que me he venido a este espacio inmenso para hacer obras de diez centímetros?'. Luego poco a poco me he sentido muy a gusto». Para Calo, el polígono es como si fuera un vecindario: tiene contacto con los otros habitantes de las naves, no hay problemas de aparcamiento y, al estar todo el día fuera, el contraste con lo urbano produce un choque. «Cuando voy a Valencia me emociono, es como si fuera la primera vez que veo todo», comenta entre risas.

Dentro llama la atención el orden pulcro en que están dispuestos pinceles, caballetes, lienzos, obras separadas por series, mesas de trabajo y estanterías donde se almacenan sus libros de consulta. «Normalmente se piensa que los artistas somos personas caóticas, pero yo necesito organización para funcionar. Pese a disponer de tanto espacio, tiendo a tener todo colocado en estanterías pequeñas. No me he liberado de la antigua costumbre de almacenar y ordenar que adquirí en mi antiguo estudio», explica.

Para alcanzar la inspiración que necesita para sus obras, Calo ha viajado al Amazonas, los Alpes o el Gran Cañón del Colorado. También pasó una temporada en una residencia de artistas en Noruega o en la Academia de España en Roma. «Yo siempre hago los apuntes al natural, elaboro los bocetos de campo, que son cuadernos de viaje en los que tomo nota de tonos, dimensiones, sensaciones... Me gusta trabajar con libretas porque queda todo archivado».

Cuando nos vamos sigue trabajando en el material que mostrará en la Feria de Marte, que es la muestra de arte contemporáneo de Castellón. «Llevo varios años trabajando con el tema de las montañas y las selvas. Ahora alterno los dos temas. Para la feria voy a llevar piezas de ambos».