Las Provincias

La casa de Eduardo Pelegrín 'Calpurnio'

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Eduardo, sentado en una mesa de colegio que rescató de la calle. / IRENE MARSILLA

  • Conoce el barrio del Carmen como la palma de su mano. Residió en siete casas duranto cuatro años hasta que hace dos décadas dio con la de sus sueños. «Antes esto parecía el lejano Oeste; ahora es un lugar muy agradable para vivir»

Quizá el nombre de Eduardo Pelegrín no les suene, pero sí ‘El bueno de Cuttlas’, personaje de cómic de cuerpo ovalado y sombrero que interpreta a su modo la realidad desde hace treinta años. Pelegrín firma como Calpurnio y su casa, próxima a las Torres de Quart, es a la vez su estudio y el lugar desde el que contempla las calles de una ciudad que hace más de dos décadas lo enamoró cuando se mudó desde Zaragoza. «Vine a hacer un cortometraje de Cuttlas. Participaba una productora valenciana y se produjo aquí. Tuvo mucho éxito y consiguieron financiación para hacer toda una serie de dibujos animados. Lo que en principio iban a ser tres meses se convirtió en dos años», recuerda.

Desde el principio supo que el Carmen era el barrio que le gustaba, y vivió en siete casas en cuatro años. Durante ese tiempo conoció a la que hoy es su mujer y tuvieron una hija, por lo que necesitaban más espacio. «Buscábamos casa y estudio. Encontramos esta vivienda, que era grande y nos servía para todo. Tiene una disposición en ‘ele’ muy diáfana y pudimos integrar la zona de trabajo nuestra y la zona más privada de casa», explica.

Cuenta que tuvo suerte a la hora de comprarla, porque en ese momento las casas aún se podían adquirir a precio razonables. El barrio tenía un aspecto muy distinto del actual. «Eran todo callejuelas poco cuidadas e incluso peligrosas. Esto parecía el lejano Oeste. Con los años ha mejorado muchísimo hasta convertirse en un lugar muy agradable para vivir». La casa estaba más o menos bien. Tenía un falso techo y decidieron dejar a la vista la cubierta original. No hace mucho los vecinos arreglaron el tejado, lo que permitió conservar casi todo excepto cuatro vigas que hubo que cambiar. «La distribución ya estaba así. Los antiguos propietarios tenían la casa preparada para lo que una pareja con un niño necesitaba. Estaba todo muy abierto. La cocina se vinculó al resto de la casa, porque antes estaba en un cuartucho».

A Calpurnio le gusta tener las cosas a la vista, que haya mesas para todo. «Una para mi material de audiovisuales, otra para dibujar, otra para pintar... También hay mucha obra mía y de mi pareja, que pinta». En una pared toma protagonismo uno de sus trabajos, la valla de las academias Inlingua de Zúrich. «Me encanta. La ilustración del cohete despegando me parece muy optimista. Y siento especial cariño por la imagen de un festival de documentales gallego que hago cada año». En todas partes se aprecia lo que él llama sus «cositas»: una botella de cerveza que hizo el mes pasado, las portadas de los discos de Seguridad Social, un elefante de juguete, un Mazinger Z... «Me gustan los muñequitos, los libros y los pequeños detalles».

Guarda dibujos y bocetos en un mueble antiguo procedente de una almoneda que le regaló su madre hace muchos años. Las dos bonitas butacas del salón son antiguas. «A mi mujer le gusta rescatar cosas; esas pertenecían a su abuela». Sobre su mesa reposan algunos originales de ‘Mundo Plasma’, su último libro, que sale a la venta el próximo mes. «Acabo de terminarlo. Incorpora nuevos personajes. Surgió a raíz de ganar el Premio de Cómics Ciudad de Palma. He trabajado seis meses en ese proyecto».