Las Provincias

La casa de Francisco Reyes

fotogalería

/ IRENE MARSILLA

  • La luz recorre las estancias del fastuoso palacete de quinientos metros cuadrados cuyos cimientos se hunden en la historia

  • Hoy es un museo gracias a la valiosa colección de este arquitecto y artista que ha sabido respetar la huella del tiempo

Francisco Reyes es arquitecto, coleccionista, pintor, restaurador, viajero, lector voraz y, sobre todo, un gran amante de las cosas bellas. En el año 2000 dio con el espacio singular que hoy acoge su hogar y que en su origen fue una construcción propiedad del convento en la que se alojaba la gente que venía de paso. «Los cimientos son del siglo XIII. Fueron edificando hasta levantar esta última parte. Se trata de una ampliación que se llevó a cabo durante la invasión napoleónica en 1808», explica. La primera visión de la casa impresiona. El espacio se abre diáfano en forma de loft que acoge distintos ambientes. Quinientos metros cuadrados distribuidos en una planta y dos altillos que albergan un par de habitaciones y un baño.

La obra se prolongó dos años y se reforzaron todos los forjados con varillas de acero inoxidable que sostienen las vigas antiguas de madera. El objetivo era conservar el máximo la huella del paso del tiempo. «Si lo hacíamos nuevo perdía cualquier rastro de su pasado. Fue mucho más complicado que empezar de cero», reconoce. La casa albergó en su hogar numerosas habitaciones cuya existencia quedó marcada en las cenefas del suelo. Francisco decidió levantarlo, rehabilitarlo y recolocarlo dándole forma. «Como no había suficiente, se combinó con paños de hormigón».

En la planta principal hay otras dos habitaciones, dos baños y la cocina. El espacio es fluido y la luz y el aire pasan de una estancia a otra. «Las enormes vigas del techo datan del siglo XVII y pertenecieron a una casa de recreo propiedad de San Juan de Ribera en la calle Alboraya que tenía un jardín zoológico con fieras». En su habitación toma protagonismo una cama Imperio que perteneció a un príncipe de Napoléon. En la pared penden obras de Piranesi, Chillida, Van Dyck o Carmen Calvo, con la que mantiene una gran amistad. Cuenta que las piezas las ha ido escogiendo poco a poco y por afición, que desde siempre le han gustado las antigüedades y el arte, tanto antiguo como moderno. «Aparte de mi carrera de Arquitectura, no he parado de estudiar y leer. Además, he comprado en anticuarios muy buenos y luego empecé a ir a subastas internacionales. Ha sido una pasión que toda la vida he compaginado con mi profesión».

Le pido que defina ese espacio que parece tener vida propia y él lo describe como una «casa de coleccionista», contenedor en el que va ubicando las distintas piezas que va encontrando y le gustan ayudándolas a convivir. «La colección es muy ecléctica, pero a la vez muy moderna. Me he liberado de prejuicios en cuanto a época o autor. Aquí no interfieren para nada las modas ni lo que se dice que hay que comprar».Hacemos un recorrido por algunas de las piezas destacadas y me habla con criterio y pasión del cuadro híper realista que compró en Módena de Peter Phillips, uno de los precursores del pop inglés. Cerca de él, dos mesas art decó unidas ejercen de gran mesa de salón. A continuación un Tàpies, un dibujo de Julio González, un grabado de Alberto Durero, un Luca Giordano, el escritorio de la serie Nomos de Norman Foster, sillas y mesa de Eames, sillones de Le Corbusier. Su incesante búsqueda de la pieza perfecta le ha llevado a abrir un pequeño comercio en el centro que se llama ‘Los clasificadores de arte’ y en el que vende piezas muy especiales. Uno no quiere marcharse de ese lugar cargado de magia por el que han pasado personajes como Calvin Klein, Paulina Rubio, Alaska, Mario Vaquerizo, o Lucía Bosé. «Mi idea siempre ha sido poder acoger a amigos y a amigos de amigos. Es un espacio donde se respira arte e ideas».