¿Quién es José Ramón Espuig?

¿Quién es José Ramón Espuig?
Jesús Signes

La ilusión con la que llegó al oficio de artista fallero ha dado paso a la desmotivación

MARÍA JOSÉ CARCHANO

En las naves de la calle del Foc, ubicada en la Ciutat Fallera, hay un gimnasio, una floristería, almacenes de empresas de espectáculos y algún artista fallero, reducto de lo que fue este barrio donde hasta hace unos años se moldeaban casi todos los ninots que en marzo ocuparían las calles de Valencia. José Ramón Espuig es a sus sesenta años uno de los pocos que quedan en este lugar que antes bullía de actividad. «En la otra calle una de las naves se ha convertido en iglesia evangelista», dice. Él ya tiene claro que cerrará su taller cuando se jubile dentro de cinco años, ahogado por la falta de rentabilidad. Mientras habla, pesimista, suena la música de radiofórmula que tararea bajito una operaria -tres en total-, amortiguada su voz por el ruido de una lijadora. Del techo, colgando de unas cadenas, algún solitario ninot espera a ser pintado.

-¿Por qué se presentó a maestro mayor del gremio?

-Llevaba más de diez años en la directiva y al entrar en la madurez piensas que puedes hacer algo más. Así que di el paso. Ahora acabo de ser reelegido tras cuatro años de mandato. Quizás también porque no había nadie más entonces que quisiera continuar con las ideas que defendemos. Me decidí por el amor que siento por este oficio. Lo único que pretendemos es hacerlo cada vez más grande porque somos demasiados profesionales para tan poco trabajo en las fallas, donde aguantamos con presupuestos de hace quince o veinte años.

-¿Es usted pesimista en ese sentido?

-Soy realista. Lo veo muy mal si no tiramos todos del carro, porque cada año se cierran talleres que no pueden atender los pagos. Necesitamos el soporte de las instituciones, ya que es posible hacer mucho más para dignificar un oficio donde podemos hacer fallas, pero también escenarios de musicales, películas, decorados, parques temáticos, ferias de muestras…

-¿Ha sido en su caso una profesión heredada?

-Mi padre ya era artista fallero y yo decidí continuar. Lo tenía muy claro, porque me gustaba con locura. A los doce años ya estaba en el taller de Pepe Moyá, donde pasaba las tardes desde que salía del colegio. Pero también le tengo que decir que de mis tres hijos ninguno ha querido continuar con la profesión. Todos trabajan ya en mundos completamente distintos a éste porque han visto que no hay futuro. No le voy a decir a un hijo mío que se meta aquí a trabajar para que dentro de cinco o diez años tenga que cerrar el taller.

-¿Le da pena?

-La verdad es que sí. Yo lo cogí con muchísima ilusión, con muchas ganas, e íbamos a saco en todo lo que hacíamos. Y de unos años hasta aquí bajas el listón porque ya estás desmotivado, tratas de quedar lo mejor posible en todas las comisiones que haces, pero es que llega a un punto en que si meto una figura más es de mi bolsillo.

-Por mucho que le guste a uno su profesión, tiene que ganar dinero.

-Pero hoy en día no es así. Si tienes suerte de hacer alguna faena para fuera, esos cuatro duros al final acaban en la falla también. Yo ahora tengo sesenta años, espero cinco más y lo que haré será jubilarme y cerrar el taller. Lamentablemente es así.

-¿Tiene pensado qué va a hacer el día en que se jubile?

-Seguramente continuaré pintando para algún amigo. ¿Qué haces si no? Llevo trabajando en esto toda la vida. Y he querido y quiero el oficio, pero te vas quemando.

-¿En qué momento olvida que es un artista fallero?

-Yo creo que nunca. A mí me gustaría salir de aquí y olvidar que mañana tengo que volver, pero te llevas la faena en la cabeza. Y al final lo pagan los de casa, que no tienen culpa, es cierto.

-Alguna afición tendrá…

-Eso sí, soy muy montañero, todos los años hago el Camino de Santiago porque me encanta andar, salgo un rato por las mañanas y también por las tardes cuando cierro el taller. Ahora nos hemos apuntado a un cursillo de inglés que estamos ofreciendo en el gremio. La idea es intentar desconectar, como decía antes.

-En su cargo ha tenido que pisar despachos, llamar a puertas, hablar con los políticos, ahora unos, antes otros.

-Y yo soy muy insistente, pero no nos hacen caso. Te atienden muy bien, todo son buenas palabras. Esto es un desfile de políticos para ver qué queremos para la Ciudad Fallera. Te dan una palmada en la espalda, se van... Y después nada. Hoy tenía que venir Pere Fuset. A última hora ha dicho que no podía. Uno al final se desmoraliza.

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