José María Tena, el abogado que nunca para: «Cuando cayó el muro de Berlín estaba yo ahí en un concierto de Pink Floyd»

Los recuerdos de viajes exóticos decoran el hogar de José María./Damián Torres
Los recuerdos de viajes exóticos decoran el hogar de José María. / Damián Torres

Pintó y volverá a hacerlo cuando se jubile, disfruta de los amigos y el fútbol, baila... Pero sobre todo viaja de un lado a otro del planeta, impulsado por la solidaridad.

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Desprende esa vitalidad que sólo tienen las personas que no han venido a este mundo para sentarse en un sofá y ver pasar la vida de otros. Al contrario, su casa, donde nos cita, está salpicada de recuerdos que hablan de viajes a países exóticos. Incluso las pulseras de cuero que lleva consigo tienen mucho de esa África que lleva tan adentro. José María Tena es abogado, pero esa palabra, la que tiene que ver con su profesión, se queda muy corta para definirle. Charlamos en un precioso ático de Ruzafa, el barrio donde trabaja y se siente más a gusto.

-¿Por qué abogado?

-Yo quería estudiar Bellas Artes, pero pertenezco a una familia de juristas. Mi padre es abogado, mi hermana juez, la otra fiscal, y la realidad es que desde pequeño siempre me interesó el tema de la justicia. Cuando terminé la carrera y empecé a preparar la oposición para la judicatura me di cuenta de que era un sacrificio muy importante y que desde donde más podía hacer por los demás era como abogado. No por el dinero, ni mucho menos.

-¿Eso lo tuvo claro?

-De hecho, tengo la suerte de que he podido elegir a mis clientes. Llevo sobre todo inmigración, además de penal y familia. La gente tiene un concepto malo de los inmigrantes y es todo lo contrario, son gente muy agradecida y con un respeto por el abogado muy grande. Y a pesar de que soy muy valenciano y muy valencianista -de fútbol hablo-, la riqueza cultural del mundo es inmensa, y es chulísimo ir por el mundo descubriendo otras cosas.

-¿Se siente abogado de causas perdidas?

-Sí, porque hay una justicia para ricos y otra para pobres, pero yo por ejemplo he sido abogado de La Caixa y Banesto en su día y no era feliz llevando derecho bancario. Me siento mucho mejor tratando con personas de carne y hueso.

-¿En qué aspectos se manifiesta en usted esa media vocación por las Bellas Artes?

-Antes pintaba cuadros, pero eso ha quedado en el camino (ríe). De alguna manera siempre he tenido mucha creatividad y una vocación por no quedarme quieto. Probablemente cuando me jubile volveré a coger los pinceles. De momento, durante el tiempo libre, en vacaciones, prefiero viajar, divertirme, estar con los amigos y bailar.

-Dígame qué lugares ha visitado últimamente.

-Este verano estuvimos en Bostwana y Zimbaue haciendo un safari, también en las cataratas Victoria, y hace veinte días volví de Bolivia porque soy presidente de una oenegé que se llama Jarit y tenemos un proyecto de cooperación internacional subvencionado por la Generalitat de desarrollo alimentario en comunidades muy pobres de la zona de Potosí. Hemos ido a ver el desarrollo, una experiencia por lugares inhóspitos a los que es dificilísimo llegar con el agravante de la altura, que hace que te ahogues después de dar diez pasos. Pero ha sido bonito.

-¿Por qué se ha sentido tan comprometido?

-No lo hago por principios religiosos, ni mucho menos. De pequeño se me educó en los jesuitas, con valores de respeto a los derechos de la gente, de conocer y descubrir cosas. Por cierto, del colegio me ha quedado además un grupo de amigos, que se llama la peña ‘El Bisiesto’ y al que pertenece también alguien a quien usted ya entrevistó, Quico Dasí, el presidente del Mercado Central. Nos queremos muchísimo, nos tenemos para todo, porque esas amistades de la infancia son las que perduran. Hace poco estuvimos en Sevilla celebrando los cincuenta años.

Una espina clavada

Sin tiempo para sí mismo

José María Tena está muy convencido de que su gran cuenta pendiente es tener tiempo para él. Sus amigos lo califican de hiperactivo y tal vez tengan razón, porque desde hace tres años baila lindy por las calles de la ciudad con su mujer. «Es muy divertido, lo pasamos muy bien juntos; yo, que tenía un sentido del ritmo horrendo...»

-¿Le queda mucho por viajar?

-Muchísimo. El próximo destino será Argentina y Brasil. Iré con mi mujer, que también es muy viajera. La he atraído hacia mis causas. Recuerdo que nuestro viaje de bodas fue a Albania tras la desaparición de la Unión Soviética y estuvimos colaborando un verano entero, ella como médico, yo en causas jurídicas. Siempre he sido muy viajero, desde la universidad, cuando cogíamos las mochilas y nos íbamos a hacer el interraíl. Cuando cayó el Muro de Berlín estaba allí con un amigo, en un concierto de Pink Floyd. Al final se trata de participar en la historia de la humanidad, porque si te quedas en casa…

-¿Han heredado sus hijos esa justicia social que usted abandera?

-Yo creo que a ellos les queda ese poso, aunque todavía son muy jóvenes. Mi hija Rocío está ahora de Erasmus en Bélgica, estudia Derecho y Ciencias Políticas, mientras Chechu todavía no ha terminado Bachiller. Tienen que descubrir por sí mismos qué es la justicia, la injusticia, la maldad y la bondad.

-Me ha confesado antes que es valencianista.

-Voy a Mestalla desde que tenía tres añitos, con mi abuelo, que me ponía en sus rodillas. Con el equipo he llorado con el descenso, he ganado mis ligas, he viajado… No he dejado de ir ni en los peores momentos.

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