Inés Ballester, presentadora: «Se puede ser feliz después de un cáncer»

Ballester asegura que cada mal momento la ha hecho más fuerte./Txema Rodríguez
Ballester asegura que cada mal momento la ha hecho más fuerte. / Txema Rodríguez

Admite que la madurez la ha cambiado. Es la nueva etapa de una mujer que antes de convertirse en periodista de éxito fue niña rebelde y joven obsesionada con tener independencia económica

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

A las cinco y media de la tarde de un viernes, las inmediaciones de la estación Joaquín Sorolla de Valencia son el caos. Acaba de llegar un AVE de Madrid y mucha gente se ve ansiosa, con sus maletas, por volver a casa. Así parece sentirse Inés Ballester, vestida de negro, estupenda, casi a punto de entrar en la sexta década de su vida, más alta de lo que una se había imaginado. Eso sucede con la televisión, completamos los detalles que nos faltan de los personajes que se meten en nuestra casa, e incluso su forma de ser fuera de ella. Inés Ballester es tal cual aparece, desde hace unos años, en un programa matinal que ha tenido un enorme e inesperado éxito. Proponemos para la entrevista el claustro del Centro del Carmen y accede muy satisfecha. Se sienta tranquilamente en uno de los muretes, piernas cruzadas, y habla y habla, pese a que a esas horas las instalaciones están llenas. Sin estridencias, con mucho humor y con la serenidad que le da la madurez.

-Después de tantos años fuera, ¿todavía significa mucho Valencia para usted?

-Valencia es para mí mis referencias, mis vivencias, aquellas que más te marcan. Las familiares, las que tienes cuando empiezas a elegir. Las de la adolescencia, que fue una etapa muy revolucionaria de mi vida, muy rebelde.

-¿Lo ha sido? Desde luego, ahora no lo parece.

-Con el tiempo te calmas, pero hubo una época en que fui muy osada, creo que las monjas estaban locas porque me fuera. Y luego, en Barcelona, me echaron de las dos residencias en las que estuve. En una porque metimos chicos y en la otra porque no nos daban desayuno y abrí la palanca de las galletas y la leche (ríe). Todavía hoy tengo que decir que me peleo con todo y con todos, y hago causas justas. Soy de coger banderas.

-¿Cuáles ha cogido con más ganas?

-La de la independencia, esa a la que ahora casi nadie se atreve a aspirar. Yo me di cuenta muy, muy joven, de que para ser libre necesitaba independencia económica, y esa fue la primera bandera que levanté. Trabajé en sitios muy cutres que ahora posiblemente rechazaría porque no me hace falta, pero en aquel momento quería sentirme independiente de mis padres. Esa fue mi primera bandera, que alcé de forma muy intuitiva. Luego la del nacionalismo, la de sentirse valenciana, el hecho de tener unas raíces, una cultura propia.

La presentadora siempre tuvo claro que lo primordial para su libertad era lograr independencia económica.
La presentadora siempre tuvo claro que lo primordial para su libertad era lograr independencia económica. / Txema Rodríguez

-Sus padres tenían una panadería, un negocio que exige gran sacrificio. ¿Cómo lo recuerda?

-He despachado pan vestida de fallera no una, sino muchas veces. Había que currar. Mi madre me decía: «Si te casas con un panadero te mato». Así que yo ya venía preparada, y aquello fue un aliciente para seguir estudiando, porque entonces, con catorce o quince años, muchas de mis amigas del barrio lo dejaron. Yo tenía claro lo que no quería ser.

«Me peleo con todo y con todos, y hago causas justas. Soy de coger banderas»

-En esa época quizás lo que uno sabe es lo que no quiere.

-Creo que siempre he funcionado así aunque, claro, también influyen mucho los amigos que te vas encontrando por el camino, que te ofrecen otras miradas. He sido muy esponja, poco ortodoxa también.

-¿En qué sentido?

-Cuando les dije a mis padres que quería ser periodista ellos sólo conocían a una persona que lo fuera, un tío mío, el poeta Vicent Andrés Estellés, que entonces ocupaba el cargo de subdirector en LAS PROVINCIAS. Así que mi padre le consultó: «Mira, que la xiqueta vol ser periodista, qué ha de fer per a estudiar…» Y Vicent le contestó: «Lleva-li-ho del cap que s'ha de morir de fam». Por mujer y por periodista. Luego me hice muy amiga de él cuando venía a Barcelona, donde le recibían con honores mientras aquí le pintaban la casa, y le conté que estuve a punto de no ser periodista por su culpa. Él se reía. Cuando le confesé que había decidido volverme a Valencia se puso a llorar, me dijo que no me iban a dejar ser feliz: «Te obligarán a ser azul o roja, a ser blavera o cuatribarrada». Pensó que me lo iban a hacer pasar mal.

-¿Por qué volvió entonces?

-En aquel momento se produjo la pantanada de Tous y yo sentía que quería estar aquí, que quería contarlo. Y me sentí muy lejos. Yo trabajaba entonces en la SER, me fui a Radio Valencia, donde estaba el hermano de Iñaki Gabilondo, y le dije que quería venirme. Me preguntó: «¿Tú estás segura?» Y me quedé. Para que vea que en aquel momento igual que me había ido a Barcelona para ver otros mundos decidí volver. Por sentimentalismo, porque pensaba que podía hacer muchas cosas.

La presentadora reconoce que no tenía ningún interés en desplazarse a Madrid.
La presentadora reconoce que no tenía ningún interés en desplazarse a Madrid. / Txema Rodríguez

-Y las hizo.

-Sí, porque entonces empezaba todo, no había televisiones privadas, y esto era como un corralito. Aprendimos sobre la marcha cayéndonos, equivocándonos, aunque yo sigo creyendo que vendrá alguien algún día y me enseñará a hacer televisión.

-¿En qué momento da el salto a Madrid?

-Yo no tenía ningún interés en irme, apenas conocía Madrid, igual que en su momento tampoco pensé nunca que iba a hacer televisión. Y estando en Canal 9 recuerdo que me llamó una chica a la que conocía y me dijo: «Quiero que vengas a hacer un programa, los viernes por la noche, en prime time, de sucesos». Yo pensé que se le había ido la cabeza. Así estuve cuatro o cinco años en Telemadrid, en directos de cuatro horas. Aquello fue una escuela de periodismo brutal.

-Tendrá decenas de anécdotas.

-Una vez enviamos una unidad móvil a la casa de un señor que quería suicidarse haciendo estallar una bombona de butano. Me dicen que había estado en el programa porque no le daban los papeles y me quedo mirando a la cámara y digo: «Si me estás viendo, quiero hablar contigo». Pidió un teléfono a la policía y estuvimos cerca de una hora hablando, convenciéndole para que no se suicidara. Cuando acabó aquello casi me desmayo. Lo compaginé con Canal 9 y en el momento en que aquí no me querían me quedé en Madrid, me fichó Antena 3 y así hasta ahora.

«En este trabajo elegimos, nos eligen, y eso te genera mucha inseguridad»

-¿Se siente feliz del camino recorrido?

-Ahora mismo sí, pero he tenido crisis. Una vez le dije a la psicóloga que creía que había estado haciendo el tonto veinticinco años. Ella me rebatía: «Si eres una mujer de éxito, cuántos querrían ser como tú, la gente te quiere...» Pero yo pensaba que todo ese tiempo les había estado engañando, que lo de presentar estaba chupado, que no requería ningún esfuerzo intelectual. Así me sentía. Fue un momento difícil, pero ahora estoy justo en la situación totalmente opuesta. Es un momento estupendo, de verdad.

-¿Lo achaca a la madurez?

-En este trabajo, y el otro día lo hablaba con Isabel Gemio, no elegimos. Nos eligen. Y eso tiene una parte muy dura, porque te genera mucha inseguridad, como a los actores, aunque a ellos les pase infinitamente más. Luego hay una parte de ego, aunque lo cierto es que a mí no me han dejado creérmelo demasiado.

-¿Se reconcilió consigo misma?

-Con la profesión, pero sí, fundamentalmente conmigo misma, porque estaba peleada con lo que hacía. Y ahora disfruto. Es muy gratificante cuando te sale bien.

-Contó una vez que Sara Montiel le propuso cambiarse la forma de las cejas, pero se negó. Además, no parece que se haya sometido a muchas operaciones estéticas.

-Yo creo que soy la única presentadora de cierta edad que no está operada. No es soberbia, quizás es más la pereza de meterme ahí, sobre todo cuando ya has tenido que pasar por el quirófano por otras cosas mucho más graves.

Ballester asegura que aunque aún no lo ha hecho, no descarta la posibilidad de pasar por un quirófano.
Ballester asegura que aunque aún no lo ha hecho, no descarta la posibilidad de pasar por un quirófano. / Txema Rodríguez

-¿No lo descarta?

-Quizás debería hacerlo, yo no lo descarto, qué va. Pero es que tengo un médico dermatólogo que es maravilloso, y cuando le digo «Pedro, hazme algo» se niega. Le insisto: «Mira bien qué me puedes hacer». Y me contesta que nada. Así que me voy tan tranquila (ríe).

-Es cierto que tuvo que ser operada por un cáncer de mama. Y ésta, la lucha contra el cáncer y su visibilidad, ha sido otra de las banderas que ha enarbolado.

-Al principio no, y no porque me negara a hablar del tema; es que no quería que cuando la gente me viera me relacionara con el cáncer. Yo entonces tenía muy presente a Luz Casal, que siempre que la veíamos nos daba pena. Tampoco me apetecía que en cada ocasión que diera una entrevista me preguntaran sobre el tema. Sin embargo, cuando pasó el tiempo fui un poco más consciente de que podía ayudar a la gente. Por eso, cuando me apetece, miro a cámara y digo: «Si hoy estás mal, mírame. ¿A que me ves mona? Pues tú también. Porque todo pasará, se puede ser feliz después de un cáncer, volverás a reírte». Y la gente por la calle me lo agradece muchísimo. Lo que recibo es una barbaridad. Cuando voy a las revisiones al hospital y veo a mujeres que son nuevas... (hace una pausa, los ojos se le llenan de lágrimas). Me acerco y les pregunto si saben quién soy, que no están solas. Porque en la vida pasan cosas buenas y malas, y cuando eso lo aceptas consigues una cierta paz.

-Pero hay que tener mucha valentía para exponerse. Como ocurre por ejemplo ahora con el movimiento 'Cuéntalo', que ha animado a miles de mujeres a confesar abusos sexuales que han sufrido.

-Hoy he estado a punto de proponer a todas las mujeres de 'Amigas y conocidas' que contaran un episodio de sus vidas donde hayan sufrido abuso. Porque estoy segura de que el 90% lo hemos vivido. Y no te digo yo que no lo cuente un día. No es consciente la sociedad de la violencia que tenemos que padecer, del miedo cuando salimos por la noche, cuando cruzamos de acera al ver a un hombre. O por la falda. Si es corta o larga. Si llevamos escote o no. En ese sentido, cuando era más joven pensaba que ya estaba bastante expuesta, que no me tenía por qué mojar en todos los temas. Pues mira, cada vez comparto más cosas de mi vida privada, porque me ven muchas mujeres que me sienten más próxima por ello.

«El 90% de las mujeres hemos vivido abusos. Y no te digo yo que no lo cuente un día»

-La gente necesita referentes.

-No sabe las satisfacciones que me da. Es tan emocionante... Nunca en mi vida había recibido tantos reconocimientos como ahora y por ello es un momento muy feliz. Y me suelto. El otro día dije: «Es que los hijos son una condena perpetua, aunque no sé si debería haberlo dicho» (ríe).

-La hace más humana.

-Con el tiempo me he hecho menos pudorosa. Para todo. El año pasado me fui a un sitio estupendo, con mar, eso sí, y me pasé todo el día en bolas. Fue maravilloso, la sensación de ir desnuda hay que vivirla, porque te quita muchas manías. Ya no escondo mis michelines. Eso lo dan los años, con la de complejos que yo tenía… Bueno, tengo que decir que en las playas de España no disfruto, por los fotógrafos. En Xàbia, porque me conozco los sitios. Pero es que cuántas tonterías nos meten a las mujeres en la cabeza… A mí mi madre, con trece años, me compró la primera fajita. Llevamos mucha mochila.

-Y eso que usted se ha movido con mayor libertad.

-Sí, mi hermana y yo, cuando éramos jóvenes, hacíamos topless en Dénia. Mi padre nos tiraba piedrecitas y ya volviendo en el coche, con toda la familia, mi madre le decía a mi abuela: «Tus nietas han estado tomando el sol con las tetas al aire». Ella contestaba: «Total, para lo que tienen que enseñar». En Valencia la moral ha sido siempre más relajada que en otros sitios. Mi chico, que es medio asturiano y medio vasco, decía que no había visto una cosa igual en su vida. Cuando venía aquí flipaba.

«En Valencia la moral es más relajada. Mi chico, medio asturiano y medio vasco, aquí flipaba»

-La mayoría de famosos lamentan que se dicen muchas falsedades. En el caso de usted si pongo en Google su nombre me aparece que tiene cuatro hijas.

-Sí, es verdad, y hay periodistas que lo reproducen tal cual. Yo creo que era porque cuando nos perseguían a mí y a Juan (Ruiz de Gauna, su segundo marido) nos pillaron con las dos hijas de él, mi hijo que llevaba melenita entonces y una amiga. Y desde entonces tengo cuatro hijas.

-¿Ha llevado bien la persecución por parte de la prensa del corazón?

-Es un palo cuando te encuentras en la portada de una revista del corazón. Una amiga me dijo un día: «¿Estás en la calle? Vete al kiosco, pero te vas a llevar un disgusto». Fue a propósito de mi relación con Juan, pero pasó igual con lo del cáncer, porque cada uno tiene sus tiempos, esperas el momento adecuado y que no lo cuenten por ti. Recuerdo que mi madre un día me dijo, refiriéndose a Juan: «Yo a éste lo conozco, lo he visto en alguna revista» (ríe). Es que las madres son todas muy listas.

-¿Es ella su mayor fan?

-Qué va, es la más crítica, como un día vaya mal maquillada o haya dicho algo fuera de tono me lo va a decir. Pero no la mía, todas. Las madres son las que nos hacen tocar el suelo. A mi padre, al contrario, todo le parece bien. Siempre ha sido un programa maravilloso para él (ríe).

-¿Volverá a Valencia?

-Mi plan de vida es pasar el verano en Asturias, la primavera en Madrid y el otoño e invierno en Valencia. Juan tira mucho para su tierra, y allí me han nombrado pregonera de esto, reina de lo otro... Aquí en Valencia ya llevo unos años más tranquila, pero también he hecho de todo, jurado de la fallera mayor, de las fallas de Especial, de bandas de música...

-¿Ha aprendido a decir 'no' con el tiempo?

-Qué va, y ahora creo que ya no lo voy a hacer (ríe).

Lo demuestra a cada paso que da. Ahora una foto, más allá una mujer que le pregunta por su tía Paquita, que son familia por parte de madre. E Inés con la sonrisa puesta, feliz en su tierra.

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