Guadalupe Ferrer: «Soy muy potente, aunque he aprendido a morderme la lengua»

Guadalupe Ferrer, en el comedor de Casa Caridad, una institución vinculada a su vida desde la infancia./Damián Torres
Guadalupe Ferrer, en el comedor de Casa Caridad, una institución vinculada a su vida desde la infancia. / Damián Torres

Confiesa que con su crisis matrimonial todo se le vino abajo, cuando la noche anterior a su primera rueda de prensa bajo la dirección de Casa Caridad su marido le dijo que se iba de casa

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Avisa antes de empezar la entrevista: «No tengo mucho filtro y a mí hay que hacerme callar». Guadalupe Ferrer camina con seguridad por Casa Caridad, tiene dotes de mando y se nota que está acostumbrada a que la escuchen. Enseña las instalaciones y al mismo tiempo saluda a los trabajadores y da alguna orden aquí y allá. A la directora le encanta contar anécdotas, como cuando la llamaron sor Guadalupe porque pensaban que se trata de una institución religiosa o el día en que le preguntaron si se iba al paro por el cambio de Gobierno. Lo que sí está claro es que Casa Caridad está ligada a su familia: «La única boda que se ha celebrado aquí ha sido la de mis padres». Y sus hijos, durante años, han visitado el centro antes de la cena de Nochebuena. «Para que vean que hay gente que no tiene dónde ir».

-Empecemos por Casa Caridad. ¿Qué significa para usted?

-Es parte de mi vida. Mi abuelo fue el primer administrador, luego continuaron mi padre, mi tía, mi hermano y un día aterricé aquí con Pepe Vilar Sancho, que me invitó a pertenecer a la junta. En el año 2000, Antonio Casanova me llama para ser vicesecretaria de la comisión ejecutiva, que estaba integrada por todo señores: Julio Esparza, Álvaro Noguera, Julio Pascual, Juan Nicasio Ordóñez… Yo entonces era una niñata de treinta y pocos años, pero me vino fenomenal porque aprendí muchísimo. Al cabo del tiempo, en una comisión ejecutiva, el presidente dijo que esto se estaba haciendo muy grande y que haría falta un gerente. Me puso un poco como ejemplo de perfil. Y como no me puedo callar, que soy algo bocas, en ruegos y preguntas dije: «Yo me ofrezco». Dejé el despacho de mi ex marido y me vine el 1 de abril de 2003. Y ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. He tenido oportunidades, pero no me movería de aquí.

Guadalupe asegura que no cambiaría su trabajo en Casa Caridad.
Guadalupe asegura que no cambiaría su trabajo en Casa Caridad. / Damián Torres

-¿Por qué?

-Me dijeron que iba a dejar de ejercer el mundo del derecho. Pero yo, que llevaba herencias, vi aquí los legados más alucinantes, testamentos escritos a mano… ¿Sabe cuando piensas una cosa y te ocurre? A mí me mucho miedo porque me pasa. Y yo me había imaginado dirigiendo Casa Caridad.

-¿El hecho de que diga que es el trabajo de su vida significa que la ha transformado también como persona?

-Siempre he estado vinculada a Casa Caridad, pero el trabajo día a día a mí me ha cambiado de forma muy positiva, porque además yo siempre intento sacarle el toque positivo, el divertido. Es que si aquí no tienes una dosis extra de ilusión... Muchas veces pregunto a los trabajadores sociales: «¿Tú desconectas?» Porque me quedo con la imagen de una madre con seis hijos que ha aparecido aquí víctima de malos tratos y es muy triste, aunque no trabaje con ellos de forma directa. Y el cambio viene además porque para mí fue casi al mismo tiempo una ruptura a nivel laboral y también a nivel personal. Coincidió todo.

«Como pequeña de cuatro hermanos, todos chicos, yo era el mando a distancia de mi padre»

-Siempre hay puntos de inflexión en nuestra vida.

-En 2003 todo se iba para abajo, trabajando en el despacho de mi exmarido, junto a su padre, su hermano… Yo estaba saturada, trabajábamos los dos en el mismo sitio y si las cosas no iban bien… Me daba un poco de miedo por bruja. E hice cosas como ir a un concurso de la tele. Tenía treinta años y estaba un poco tarada. Pero es que yo empecé a trabajar con 22 años, me casé a los 25, tuve a mi hijo mayor a esa misma edad… He corrido mucho. Necesitaba un cambio. Y fue lo mejor que pude hacer porque en 2005 me separé. Y en 2007 cerraron el despacho.

-Vaya vuelco.

-No me considero feminista, pero como mujer creo que hay que ser independiente. Para mí el mayor orgullo es haber sacado adelante a mis dos hijos yo sola. Con una agenda doble de esas que tenemos las madres de pediatra, fútbol… Siempre intentando no fallar, y apoyándome en mi madre, que en todo momento ha estado detrás, que ha sido mis manos y mis pies, y sin la que no hubiera hecho nada.

Ferrer confiesa que su madre ha sido su principal apoyo.
Ferrer confiesa que su madre ha sido su principal apoyo. / Damián Torres

-¿Se lo enseñaron en su casa?

-¡Qué va! Mi familia es tradicional, soy la pequeña de cuatro hermanos, todo chicos, y me llevo entre ocho y doce años de ellos. Yo era el mando a distancia de mi padre: «Guadalupe, sube la tele; Guadalupe, tráeme esto; Guadalupe, pon la mesa». Y mis hermanos no hacían nada. Así que el año pasado, durante el premio que me entregó Les Corts por el día de la mujer trabajadora, yo dije que la culpa de todo la había tenido mi madre por haberme educado en un ambiente tan machista. Ella estaba avergonzada. Pese a todo, también es cierto que mi padre, que estaría a punto de cumplir cien años, siempre fomentó que fuera independiente, que tuviéramos todos las mismas oportunidades, que la educación, la formación, era lo mejor que nos podía dejar. Al mes de tener a mi hijo, decía: «Que vuelva ya al despacho». Además, yo era la niña de mi padre, tenía pasión por él.

-Eso queda.

-Me crie, sin embargo, prácticamente como hija única, por la diferencia de edad. Cuando mi hermano iba a la facultad, con 18 años, me tenía que llevar a mí al colegio, y se acordaba de mi madre, de mí, de toda la familia. Un día me soltó en la puerta y me pasó un 1.500 ranchera por encima de los pies. A mí me decían: «¿Quieres un bombón?» Pues toma, pastilla de Avecrem. Ahora, aprendí a defenderme. Yo misma me pegaba unos bocados tremendos y después chillaba: «¡Me han mordido!» Aquello era aprender a sobrevivir, que eran tres contra mí.

-¿Qué le contaban en la familia de su abuelo, Lucas Ferrer?

-Sanchis Bergón, cuando creó Casa Caridad, se trajo a mi abuelo Lucas, que entonces era secretario suyo en el Ayuntamiento, además de periodista en LAS PROVINCIAS. Y a partir de entonces su vida fue esto. Yo no le conocí, y quizás también por eso lo he tenido un poco idealizado, porque además me han dicho que de los nietos soy la que ha sacado la planta del abuelo, que era pelirrojo, con pecas. He leído mucho sobre él, me encanta hablar con personas que lo conocieron y pienso que debió de ser un señor, así que me llena de orgullo.

«En teoría ya soy una señora mayor. Cuando veo la fecha de nacimiento de la gente que contratamos... Ahí duele»

-Claro, sus padres ya serían mayores al nacer usted y es más difícil conocer a la anterior generación.

-Quizás por ello mi máxima era ser madre joven, llevarme poco con mis hijos.

-¿Qué le ha dado esa circunstancia?

-Una satisfacción tremenda. Eso sí, he tenido las peores adolescencias del mundo, sobre todo con el mayor. Con tanta llamada del colegio del Pilar pensaba que me ponían en nómina. Le mandé dos veranos y un curso entero interno, dice que no me lo va a perdonar en la vida, pero ahora lleva cinco años trabajando en el departamento comercial de una empresa en Inglaterra y ahí está, él feliz y yo tan encantada de la vida que se me cae la baba. El otro está en tercero de Derecho, este año con una Erasmus en Parma. Me acaba de decir que ha aprobado el primer examen. Y ahora sales de fiesta y a lo mejor te los encuentras. Me encanta llevarme poco con ellos.

Una de las máximas de la directora era ser madre joven y llevarse poco con sus hijos.
Una de las máximas de la directora era ser madre joven y llevarse poco con sus hijos. / Damián Torres

-¿No ha tenido el síndrome del nido vacío?

-Para nada. Soy siempre positiva, y si ellos están felices y hacen lo que quieren, yo más.

-Aunque estén lejos.

-Hoy en día, con Facetime, hablas más con ellos que cuando los tienes en casa, que entran y salen a su aire. Y luego es muy divertida la vuelta a casa en Navidad, como en el anuncio de turrones. El día de Nochebuena me dijeron que a las doce del mediodía me fuera de casa, que este año iba a estar quieta. Cocinaron ellos. No me dejaron entrar hasta el discurso del Rey. Sólo puse la mesa y fue una cena espectacular, lo hicieron todo entre los dos. Así que lo del nido vacío no. Creo que es bueno para ellos y bueno para mí.

-Entender que es una etapa más por la que pasan los hijos es importante.

-Sí, porque a veces tengo que recordarme a mí misma que a su edad me casaba y me quedaba embarazada. Que ya no es el niño que te crees que es, cuando lo llevaba vestido de nido de abeja. Que me dice que por qué lo llevaba de niña.

-¿Siente que ese carácter fuerte suyo la ha ayudado a marcarse el camino?

-Yo soy muy potente, Guadalupe es mucha Guadalupe, y con los años he aprendido a moderme la lengua, a contar hasta cien… Pero me cuesta, que a veces me entra una cosa por el estómago que si no la digo reviento. Sí, soy un poco avasalladora, eso es verdad, porque lo veo tan claro que lo quiero todo ya.

-Como decía antes, lo de llevar dos agendas y cumplir con todo resulta difícil.

-¿Para qué vamos a perder el tiempo? Soy muy ejecutiva. Me pongo el reloj cerca y voy tachando todas las cosas que tengo que hacer. Cuando los niños eran pequeños me iba al gimnasio a las nueve de la noche, cuando ya estaba todo hecho, y mientras estaba en la cinta leía ‘Harry Potter’, que por cierto un día me di una leche… Eso sí, hay que respetar mis momentos y para mí estar un rato sola, por la mañana, tomarme un café con leche, es fundamental. No me hables hasta entonces. Hasta mis hijos lo saben.

Para Ferrer es fundamental estar un rato sola por la mañana.
Para Ferrer es fundamental estar un rato sola por la mañana. / Damián Torres

-Parece que a las mujeres nos cuesta más hacernos de valer.

-Yo animo a las niñas de ahora a que no sean floreros, a no depender de nadie, porque la vida da muchas vueltas. Ya sean hombres o mujeres, en realidad, porque mis hijos ahora cocinan muy bien, me mandan fotos de su habitación ordenada... ¡Con la de veces que me han hecho salir los pelos verdes! Es cierto, sin embargo, que con la maternidad ya no vuelves a dormir. Cuando mi hijo mayor era adolescente, el pequeño me preguntaba: «¿Por qué al escuchar una sirena de ambulancia llamas a Jose?» Yo no me había dado cuenta. Y ellos siempre tienen que entrar y darme un beso, sea la hora que sea. Incluso ahora.

-¿Se acostumbró a estar sola?

-Sí, pero no me he quedado sola. En un evento de la Cámara de Comercio conocí a un empresario y empecé a lo mío, a pedirle dinero para la causa. Llevo nueve años con esa persona, así que Casa Caridad me sirvió para rehacer mi vida, no le puedo pedir más.

-¿Nunca le ha dado vergüenza pedir?

-A mí no me da vergüenza nada, aunque debo de ser cansina. Pero es que son sólo diez euros al mes, y yo que soy mala y fumo, no dejan de ser dos paquetes de tabaco.

-¿Está a gusto con ese pasado del que me habla?

-Yo tengo la suerte de que lo malo lo olvido, todo esto se lo cuento como muy fantástico y maravilloso pero hubo momentos en los que lo pasé muy mal. Recuerdo la primera rueda de prensa que ofrecí; la noche anterior mi exmarido me había dicho que se iba de casa. Pero es que yo tengo una máxima: «Dar pena, nunca». A mí el trabajo me ha servido de válvula de escape. Ha sido difícil conciliarlo pero miro atrás y sólo recuerdo lo bueno. Dispongo de una memoria prodigiosa para lo que me interesa. Y de lo demás tengo mucho para borrar.

-¿Cómo lleva el paso de los años?

-Me da vértigo porque en teoría ya soy una señora mayor, con cincuenta años, y hace poco cumplí veinticinco de colegiada. Cuando veo las fechas de nacimiento de la gente nueva que contratamos, que ha nacido en los años noventa… Ahí ya duele (ríe).

-Veo que el humor siempre va por delante.

-Vamos a ver, es que si yo no me hubiera tomado la vida con humor lo habría llevado mal.

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