Francis Mojica: «Me preocupa terminar convertido en una de esas personas arrogantes de las que huyo»

Francis Mojica: «Me preocupa terminar convertido en una de esas personas arrogantes de las que huyo»
Jesús Signes

Un incendio arrasó la fábrica de la empresa que quería contratarlo para elaborar caviar de caracol. Aquello cambió su sino. Hoy es un científico abrumado por la popularidad que le da su presencia en todas las quinielas de los premios Nobel

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Le reconozco, en la puerta de un edificio bajo con pinta de antiguo cuartel, en el campus de la Universidad de Alicante, mientras charla tranquilamente con varias personas. A Francis Mojica le he visto en fotos y vídeos, con ese aspecto que tienen los científicos poco amigos de las luces que no sean las del laboratorio, y de donde ha tenido que salir, sobre todo desde que hace un año y medio todas las miradas se dirigieran hacia él. Y sí, comienzan a reconocerle, iluminado ahora por los flashes y los focos de las cámaras. «El otro día iba en el tren y un señor me pidió un autógrafo para su hija». No cree que se lo merezca, es una persona tremendamente discreta y humilde, a pesar de que hace algo menos de un año en los periódicos la noticia fue que no había ganado el premio Nobel, un reconocimiento que en la comunidad científica todos daban prácticamente por hecho. Su aportación, encontrar en las salinas de Santa Pola un microorganismo que después de décadas de investigación es el origen de una auténtica revolución en la medicina y la biología, hasta el punto de cuestionar la teoría de la evolución de Darwin. Antes de comenzar avisa: «No me gustan las entrevistas personales porque soy una persona tremendamente emotiva y enseguida me emociono. Y ahora con todo lo que me está pasando todavía más».

-¿Por qué?

-Porque esto supera a cualquiera.

-Ha investigado durante décadas centrado en una idea que no le daba resultados positivos y que además tenía el rechazo de la comunidad científica.

-Es normal. Si yo hubiera estado en el otro lado, intentando valorar si un proyecto que presenta un donnadie de la Universidad de Alicante que quiere trabajar sobre algo que no se sabe para qué sirve y si va a dar lugar a alguna aportación al conocimiento, cuando tienes muchos otros proyectos que evaluar y una limitación en los fondos... Evidentemente tienes que establecer prioridades.

-Al final se reduce a una cuestión de dinero.

-Pero es que yo lo entiendo, porque nos habíamos metido en un berenjenal.

-¿Qué cualidad es necesaria para trabajar durante tantos años en algo que no daba frutos? ¿Paciencia, tesón, ser inmune al cansancio, estar muy seguro de lo que tiene entre manos?

-O falta de imaginación, también (se ríe). Cuando un investigador monta su propio grupo tiene que buscar una línea a seguir, y yo recuerdo que me pasé meses, incluso años diría yo, intentando centrarme en algún tema. No encontré nada que me resultara más atractivo que esto, porque cuando llegas a algo en tu tesis doctoral de alguna manera lo haces tuyo. Así que dije: «Me la voy a jugar». Tampoco es que arriesgara mucho, ya que los profesores tenemos una situación privilegiada, nos pagan principalmente por dar clase, y la investigación puede ser casi como un hobby. Y aquellos bichos rarísimos de las salinas de Santa Pola eran muy interesantes desde el punto de vista biológico. Pero claro, me preguntaban: «¿Para qué sirve? Porque si es para satisfacer tu curiosidad, léete un libro» (bromea). Empezamos a hacer travesuras con esa bacteria y cuando lo comentaba en congresos me contestaban: «Puedes pasarte toda tu vida, e incluso varias generaciones, antes de descubrir de qué se trata».

-Entonces lo que tiene usted es una alta tolerancia a la frustración.

-Eso es verdad. Para un científico es fundamental, y muchos abandonan precisamente porque no soportan que no les salga un experimento. Pero es que si algo sale mal supone también un aliciente. Vamos a ver qué ha fallado. Básicamente se trata de eso.

-¿Qué le decía su familia? ¿Le animaba a continuar?

-Cuando descubrí el sistema inmunológico, recuerdo ir a casa y decirle a mi mujer: «He encontrado algo bestial». Se lo expliqué un poco y me contestó: «No tengo ni idea de lo que me estás diciendo, pero por la cara que pones debe de ser algo soberbio» (ella es administrativa y no tiene nada que ver con este mundo). Y en ese momento le dije: «Algún día le darán algún reconocimiento muy grande a esto». Pero durante muchos años no fue así.

Jesús Signes

Le pido que me explique, en un vocabulario sencillo y para la gente de la calle, en qué consiste la investigación, y sobre todo su dimensión en campos como la medicina o la biología. La investigación básica no es fácil de divulgar, pero él lo hace poniendo ejemplos, con una infinita paciencia, disfrutándolo, saboreándolo.

-Nosotros aprendemos a protegernos de infecciones con vacunas, por ejemplo, y nos inmunizamos desde niños. Yo encontré una bacteria que lo había heredado de sus antepasados, que era inmune a los virus porque lo había guardado en su código genético. Y las consecuencias son descomunales porque puedes cultivar esas bacterias en un laboratorio para hacerlas resistentes a esos virus, con lo que se pueden usar para descontaminar un vertido, en los fármacos para la diabetes o en la resistencia a los antibióticos. Podemos programar las bacterias y hacer con ellas lo que queramos. Desarrollar antimicrobianos que sólo ataquen a las patógenas. Incluso podemos modificar el material genético, cortando, reparando, reemplazando trocitos de ADN. De esta forma, se puede reescribir el código genético de cualquier ser vivo como si se tratara de un editor de texto.

-Y ahora todo el mundo le mira. ¿Cómo ha vivido ese cambio de actitud? Porque han llegado a intentar apropiarse de su aportación.

-Me he dado cuenta de que no basta con descubrirlo, sino que hay que contarlo. Uno no pretende hacerse popular, sólo estar contento consigo mismo y hacer las cosas que le gustan. Lo de la popularidad no sé si alguien lo perseguirá, yo desde luego no a nivel personal, pero es cierto que es un motivo de alegría y satisfacción para la gente que te rodea. Y eso está muy bien.

-Yo lo que he visto en la mirada de las personas con las que charlaba ahí fuera, antes de entrar a hacer la entrevista, es admiración y respeto. ¿Se ha dado cuenta de ello?

-(Se queda callado y los ojos se le humedecen) Emociona. No hace falta ni que te digan nada. Y yo pienso: «Es que tampoco me lo merezco, no tiene tanto mérito». Es eso que llaman ahora serendipia, suerte, o persecución de algo, y salió bien, porque también fui algo inconsciente. Ahora me ponen como ejemplo, pero yo no lo creo, porque si para llegar a un resultado alguien tiene que dedicar su vida sabiendo que sale uno entre mil, mal vamos.

-¿Cuántas horas ha pasado en el laboratorio?

-No muchas, de verdad, y ahora hace tiempo que dejé de trabajar ahí porque me convertí en jefe de departamento y la gestión, revisión de artículos o dirección de tesis me ocupa gran parte de las horas.

-Cuando he hablado con responsables de departamento en la universidad, casi siempre me comentan que tienen la sensación de perder el tiempo, de hacerlo casi como una obligación o un compromiso.

-Totalmente. Además, soy tan insensato que ejerzo incluso de secretario de departamento. Y no compensa en absoluto, pero siempre me ha costado decir que no. Desde hace un tiempo he tenido que aprender a hacerlo.

-¿Ha sido necesario?

-Se trata de una cuestión de supervivencia. Me sabe mal, pero luego piensas que al que lo pide no le cuesta nada. Cuando dices que no la primera vez, con un gran esfuerzo, y ves que la otra parte te contesta que lo entiende perfectamente, te quitas un peso de encima. Y así y todo no digo sólo que no puedo, intento dar explicaciones, y cinco o diez minutos multiplicado por cincuenta correos al día… Si es que nunca me han pedido nada, y ahora no paro de negarme… Está feo incluso, porque quieren oírme hablar, pero es que no puedo más.

Jesús Signes

-¿Qué pensó la primera vez que le dijeron que sonaba su nombre para el Nobel?

-Como todo, no suele venir muy de golpe. La primera vez que lo oí me quedé pasmado. Fue en Nueva York, y aquella persona me dijo que no me hiciera ilusiones, que era muy complicado. Y yo le contesté: «¿Ilusiones? Nunca en mi vida hubiera imaginado algo parecido». Y si algo tiene mérito es que haya gente que esté convencida de que entre todos, en todo el mundo, soy yo el que lo merezco. Todavía no me lo creo.

-¿Por qué no se lo cree?

-Antes, cuando me nominaban para darme un premio -ahora ya he dejado de hacerlo-, si me preguntaban decía directamente que no, y les mandaba un texto explicando lo que había hecho yo y lo que habían hecho otros (se ha desarrollado una técnica a partir de su investigación que ahora forma parte de todos los laboratorios del mundo), e incluso siempre he tratado de quitarme un poco de mérito. Yo insistía: «Léetelo, si piensas lo mismo perfecto». Porque había mucha gente que no tenía clara cuál era mi aportación. A mí no me gusta que me den el bocadillo de otro, que el mío es muy bueno y estoy encantado (ríe). Que los otros también se lo merecen. Y me sorprendía cuando la respuesta era: «Ahora lo tenemos más claro todavía».

-Decía antes que uno se alegra sobre todo por la familia. ¿Cómo lo ha recibido su entorno?

-Están eufóricos. No sabía que mis hermanas me querían tanto. Se vienen a todos los premios que me dejan invitar a alguien: mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinos, mis primos… Y eso está bien.

-A veces da más felicidad que el reconocimiento en sí.

-Alegrías en la vida uno tiene pocas y es muy bonito ser un motivo de satisfacción para la gente que quieres.

-En unos días va a ser investido doctor honoris causa por la Universitat de València, posteriormente en la Politécnica, acaba de recibir el premio de la Fundación Fronteras del Conocimiento del BBVA, que si no tengo mal entendido está valorado en 400.000 euros…

-(Interrumpe) Para una vez que se acuerdan de uno meten a tres más (ríe). Ha sido muy fuerte.

-…en Estados Unidos le acaban de conceder uno de los galardones más prestigiosos de la medicina…

-Hace dos domingos me dieron otro en Londres. Ese es genial, porque de pasta es una birria pero tiene mucha importancia, ya que es la primera vez que tres prestigiosas instituciones de Reino Unido, Australia y Estados Unidos se ponen de acuerdo para conceder un premio de innovación global, y sin presiones de ningún tipo. No lo podía ni creer.

-Aquí uno no lo hace por dinero, claro.

-Me puede arreglar la jubilación, pero es cierto que si lo hiciera por dinero no me hubiera metido a profesor de universidad. Disfruto de una situación estupenda porque no tengo hijos, los perros son grandes pero con un saco de pienso al mes se apañan, no tengo hipoteca, conduzco un coche que después de diez años todavía responde… No tengo necesidades económicas. De mi sueldo vivo bien, y quizás lo único que me preocupa es la jubilación, porque mi mujer ha cotizado muy poco.

-Vamos un poco atrás. ¿Qué vocación tenía usted para acabar estudiando bacterias en un laboratorio?

-Félix Rodríguez de la Fuente me echó a perder. La primera vez que vi en la televisión en color que compraron mis padres esos documentales donde todo era verde y bonito, la naturaleza… Me impactó mucho, yo que soy de Elche y quitando las palmeras todo es desértico. Me gustaban también los animales y las plantas, pero soy alérgico a las flores. Bueno, pues mis padres tenían una empresa de calzado y mis hermanas, con el tiempo, entraron a trabajar allí. La mentalidad de la época era: «Es el niño varón, el pequeño, claramente buscado. Él estudiará. Y vosotras a tener hijos». Nunca lo dijeron pero quedaba bastante claro. Además, un profesor del colegio les dio una nota a mis padres que decía: «Este chico vale para estudiar». Y eso que yo quería entrar a trabajar en la fábrica, tener mi dinerito e irme con los amigos de juerga. Pero mis padres me insistieron. Cuando les comuniqué que quería hacer Biología ni siquiera sabían qué era. «Tú verás, si eso tiene futuro». Mi padre me avisó de que se jubilaba, que tenía el tiempo justo para terminar la carrera, que después me debía buscar la vida. Cuando acabé descubrí que los animales y las plantas estaban muy bien pero las bacterias mucho mejor. Ahí lo tuve clarísimo.

-Parecía entonces un camino ya dirigido.

-No crea, porque estaba todavía en el último examen de la carrera y salió una oferta de trabajo en el periódico de Elche para trabajar en una empresa que pretendía hacer caviar de caracol. Me hicieron una entrevista y me dijeron: «Empiezas cuando termines, que estamos montándola». Acabé, lo aprobé todo y me enteré de que se había quemado la nave donde estaban instalando la empresa. Ahí pensé: «Me voy a la mili».

-Eso sí parece una casualidad.

-Así que al volver me vine a la universidad, pregunté en varios departamentos, aquel que pudiera tener la posibilidad de darme algún contrato, y conseguí una beca para analizar las aguas de las playas de la provincia, que me permitió comenzar la tesis doctoral.

Se queda callado de repente. Se le nota medio avergonzado por hablar tanto rato en primera persona. No parece acostumbrarse a este revuelo, a pesar de que ya ha perdido la cuenta de las entrevistas que ha concedido e incluso un equipo de televisión de Estados Unidos ha estado días enteros grabando con él un documental que todavía no se ha emitido.

-Es difícil hablar de uno mismo.

-Sí. Me sabe fatal. Y nunca me suelo ver, ni escuchar, en las entrevistas. No me gusta y me siento tremendamente incómodo cuando me oigo a mí mismo hablar de mí.

-¿Piensa que lo que dice no tiene interés?

-Es que oyes a otros utilizar mucho la palabra ‘yo’ y piensas: «Qué arrogante». E intento no relacionarme con ese tipo de personas. Es cierto que aunque no me pregunten lo hago porque sé que están esperándolo. Cuando vives algo tan intensamente sucede, está claro.

-¿Teme perder esa humildad?

-Sí, me preocupa terminar convertido en una de esas personas arrogantes de las que huyo, y para ello cuento con gente a mi alrededor que tiene el compromiso de que, si me pongo tontito, me lo diga. Y mi mujer va a ser la primera. Eso te lo puedo asegurar porque es muy objetiva y me viene muy bien.

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