En familia con Rosa Seligra y Adrian Balaguer

Rosa Seligra y Adrián Balaguer.
Rosa Seligra y Adrián Balaguer. / Damián Torres

El histórico sastre Víctor Seligra dejó su vocación en buenas manos: las de la hija intuitiva capaz de radiografiar cuerpos de un solo vistazo

ELENA MELÉNDEZValencia

Cuando muchos niños pasaban la tarde viendo dibujos animados en casa, Adrián Balaguer Seligra prefería visitar a su abuelo en la sastrería. Allí lo observaba mientras cortaba tejidos, jugaba con los botones o repasaba con lápiz encima de los patrones. Su abuelo, el prestigioso sastre Víctor Seligra, no sólo inculcó en aquel niño la pasión por la profesión que él amaba, sino que también le dejó distintas enseñanzas de vida que hoy Adrián detecta en sí mismo en el día a día. «Son iguales. Hasta conduciendo se parecen. A mi padre le decía: ‘No vayas rápido’. Y a mi hijo lo mismo, también caminan y corren de la misma forma», afirma Rosa Seligra. Acto seguido añade con un punto de orgullo materno: «Mi padre no fue tan guapo como mi hijo, pero tenía mucha clase, eso lo ha heredado. Además, era trabajador, luchador y extrovertido, como Adrián, que tiene mucho don de gentes».

La manera en la que Rosa se sienta y se mueve aporta pistas sobre su pasado de bailarina profesional; una faceta de su vida que la llevó a impartir clases en distintas academias e incluso a recibir una importante oferta profesional en Cannes. «Al ser hija única me paraba un poco dejar aquí a mis padres. Además, en ese momento conocí al que hoy es mi marido y padre de mis hijos y decidí quedarme», afirma. Su padre llevaba tiempo tentándola, sabía que la niña tenía gusto y ojo para adivinar en las personas más allá de la primera impresión. Una cualidad que también adquirió durante los años de bailarina, cuando cursaba estudios profesionales de danza y recibió clases de anatomía. «Quizá derivado de eso y por deformación profesional, soy capaz de adivinar las peculiaridades del cuerpo de una persona sólo con un vistazo. Es algo instintivo y que también he reforzado con la experiencia». Adrián, por su parte, al terminar el colegio decidió estudiar ADE y sacarse un máster. Por aquel entonces estaba interesado en el mundo de la empresa, lo que le llevó a ser contratado por una multinacional. «Cuando ya llevaba un tiempo me di cuenta de que algo no funcionaba. Me había alejado de lo que realmente me gustaba, que es esto. Volví al que creo que es mi lugar», asegura.

Para ellos, trabajar en familia tiene una parte buena y otra regular. En el lado positivo sitúa Rosa el hecho de que cuando Adrián era pequeño encontró facilidades, por ejemplo, para llevarlo al médico o estar pendiente de sus cosas. Pero, por otro lado, en ocasiones se iba llorando al comprobar que su padre se mostraba más duro con ella que con el resto. «Me decía: ‘A ti no te puedo despedir’. Pero justo por ello tenía que esforzarme al máximo para conseguir dominar el trabajo».

Adrián reconoce que su madre y él comparten desde siempre un vínculo especial, pero que precisamente por ser muy parecidos a veces chocan. «Los dos tenemos carácteres fuertes y somos perfeccionistas. Si el día sale torcido colisionamos, pero tenemos mucha facilidad para solucionarlo». De su madre destaca que es una persona extremadamente luchadora y que no lo ha tenido fácil, pues la sastrería, aunque le pese, ha sido siempre por tradición un mundo eminentemente masculino. «Hace siete años murió mi abuelo y se quedó ella sola al frente de todo. Fue un momento muy difícil que consiguió superar a base de esfuerzo y de horas», relata mientras acaricia un botón de su chaqueta.

«Me imagino que el fin de semana abandonáis la etiqueta», me intereso. Rosa cuenta que los días festivos, si no tiene compromisos, se pone deportivas y prescinde del maquillaje. «Su abuelo, mi padre, los domingos no se afeitaba y salía con un tejano y una camisa a pasear. Aun así la gente se giraba para mirarlo, pues tenía una elegancia natural. Con la clase se nace, no se hace», sentencia orgullosa.

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