En familia con Marta y Carolina Vanaclocha

Damián Torres

Cada una de ellas se refleja en la otra y las dos en su padre. Si comparten gestos, rasgos e incluso timbre de voz, no es de extrañar que también eligieran la misma carrera, Derecho, en la que él sobresalió

ELENA MELÉNDEZ

Carolina y Marta Vanaclocha tan sólo se llevan quince meses de edad, y esa es la razón por la que desde bien pequeñas compartieron aficiones, amigas, viajes... y así hasta terminar ejerciendo la misma profesión. Pese a que ambas se miraron muy pronto en el espejo de su padre, el reputado letrado Adolfo Vanaclocha, cuando abandonaron el colegio se sintieron con plena autonomía para escoger carrera. «Él no nos trató de inculcar su trabajo. Yo no sabía si hacer Derecho o Empresariales y al final me decanté por la primera opción y luego por la segunda. Siempre me gustó el ejercicio del Derecho, era un reto conmigo misma, porque las dos somos bastante tímidas», explica Marta. Carolina, por su parte, también eligió esa misma carrera y al terminar pasó unos años opositando para judicaturas.

Ambas tenían el despacho de su padre como referente y las enseñanzas de éste grabadas a fuego. «De él aprendimos a investigar cada caso a fondo, a ser serias, respetuosas y competentes», precisa Carolina. Beatriz, la tercera hermana, trabaja en Edimburgo, en un sector muy diferente al de ellas, actividad que durante años ha compaginado con labores de ayuda humanitaria. Fue esa faceta la que llevó a Carolina y Marta a viajar hasta Nepal. El objetivo era visitar a la benjamina de la familia en el centro donde enseñaba a leer a un grupo de mujeres. «Nos pilló el golpe de Estado allí, la huelga general, el toque de queda. Nos quedamos un poco bloqueadas, pero a pesar de la situación complicada fue un viaje precioso del que guardamos muy buen recuerdo».

Viajes en coche

Reconocen haber heredado la parte cerebral de su padre, en referencia a la vocación por el estudio y la valoración del esfuerzo. Pero la pasión lúdica y artística la sacaron de su madre. «Era una mujer moderna para la época, nos llevaba #a las extraescolares y siempre íbamos al campo -relata Marta-. Recuerdo los viajes en coche, escuchando a Elvis Presley. Mi padre nos señalaba los monumentos que encontrábamos al paso y mi madre los árboles y plantas».

Las dos hermanas tienen gestos, rasgos y hasta tono de voz parecido, capricho de la genética que era todavía más aparente en su primera juventud. «Recuerdo un juez de menores que, como ya nos conocía, cada vez que entrábamos al juicio intentaba atinar quién era quién y casi siempre se equivocaba. Un día empezó a mirarlo en el expediente con disimulo para que creyéramos que acertaba», cuentan entre risas.

De su infancia recuerdan que pasaban el día jugando; los veraneos en una urbanización cercana a Llíria que transcurrían sobre una bici, haciendo chozas, bañándose y disfrutando de la naturaleza, pasión que siempre ha movido a las dos y que heredaron de su madre, quien las llevaba asiduamente al Botánico y acudía a cursos de jardinería. Por coincidir, lo hacían hasta en la forma de pensar, y si había que crear bandos ellas dos sumaban. «Un día le estaba dando a la cuerda, estiré y mi hermana se rompió la nariz. Éramos bastante movidas», confiesa Carolina. Marta añade: «Nos dijeron que moto no íbamos a tener nunca, pero en cuanto pudimos nos sacamos el carné de coche. Cuando mi padre hacía la siesta, yo cogía las llaves de su coche, nos escapábamos y Carolina conducía».

Se consideran deportistas y juntas jugaban a tenis o squash, practicaban natación, se apuntaron al gimnasio y en la actualidad son pareja de pádel. «Con la raqueta en la mano es la única situación en que discutimos, sobre todo en los partidos». Una de las habilidades comunes que comparten con el resto de su familia es el gusto por el baile, afición común a sus padres, tíos y primos. «Tenemos mucho ritmo, después de cada comida o cena ponemos la música y nos lanzamos todos a bailar». La gran heredera de esta afición colectiva es la hija de Carolina, quien tras terminar el colegio ingresó en la Escuela Superior de Danza. «A mí al principio me chocó un poco, porque no teníamos tradición de rama artística, pero pronto vi que era vocacional. Siempre le he dicho que escoja lo que quiera, pero que se forme y sea una buena profesional».

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