En familia con Inés Ayala y Richard Sorensen

Inés Ayala y Richard Sorensen, una asturiana y un danés que se sienten valencianos./Damián Torres
Inés Ayala y Richard Sorensen, una asturiana y un danés que se sienten valencianos. / Damián Torres

Un concierto, una socorrida pregunta, una conversación sin límites. Así empezó la relación entre la restauradora y el tatuador, pareja que comparte el amor por Valencia y tres vicios confesados: comprar libros, viajar y comer

ELENA MELÉNDEZValencia

Inés Ayala y Richard Sorensen tienen mucho en común. No sólo llevan diez años de vida conjunta, sino que además coinciden en la voluntad de convertir Valencia en su tierra adoptiva. El idilio que la artista y restauradora mantiene con la ciudad comenzó cuando llegó a ella desde su Asturias natal hace ya un cuarto de siglo. Venía a cursar Bellas Artes. A lo largo de la carrera fue sintiéndose atrapada por la excepcional acogida que le brindaron los amigos, a la que se unieron factores externos como el clima o el ambiente vibrante del Mediterráneo. Pronto se sintió plenamente valenciana. Desde más lejos llegaría Richard, de padre danés y madre de Sri Lanka, quien nació y creció en Dinamarca. En 1987 vino con la familia a España para luego regresar a su tierra y vivir en distintos puntos del planeta. Sin embargo, el periplo del trotamundos terminaría en Ruzafa, atraído por los días soleados y la buena gastronomía. «El cielo azul que disfrutamos casi 360 días al año es un privilegio. Poder ir a pasear el perro a la playa o tener tan cerca la montaña es algo que no ocurre en muchos lugares del mundo», asegura el artista tatuador.

Aunque se conocían de vista por los ambientes del Carmen, habían coincidido en la Escuela de Artes y Oficios y tenían amigos en común, fue un concierto lo que les unió. Ambos se encontraban en la sala Wah Wah por separado cuando Richard vio a Inés y se acercó hasta ella para preguntarle dónde estaban los baños. «Lo sabía perfectamente pero no se le ocurrió nada mejor. Estuvimos hablando dos horas sin parar, nos contamos la vida. Desde ese momento empezamos a coincidir en un montón de sitios y hasta hoy». Así recuerda Inés aquel primer día.

La pareja tiene en común su espíritu viajero.
La pareja tiene en común su espíritu viajero. / Damián Torres

Si un rasgo los caracteriza a ambos es su espíritu viajero, así como la capacidad para llevar su profesión más allá de nuestras fronteras. Richard pasa varios días al mes en Luxemburgo, donde colabora con un prestigioso estudio de tatuaje. Además están los desplazamientos que debe realizar de manera asidua para asistir a congresos de su gremio. En su opinión en España, y concretamente en Valencia, existe un nivel altísimo de tatuadores que no tiene nada que envidiar a importantes estudios internacionales. «Aquí se ha pegado un salto brutal en los últimos tres años. Tenemos mucho prestigio en el exterior. Yo empecé hace veinticinco años, no había formación, era algo mucho más restringido. Hoy todo el mundo se tatúa y hay tatuadores por todas partes, por eso es importante saber escoger», asegura.

Gusto por la buena mesa

Para ilustrar la pasión de Richard por la buena mesa, ambos recuerdan aquel mes de marzo en el que, con la excusa del cumpleaños de Inés y de su madre -que comparten día de nacimiento-, ella le propuso ir a Asturias pese a que él por esas fechas siempre se marchaba a la nieve con los niños. «Salimos dos días antes y aprovechamos para pasar por un restaurante de Salamanca que tiene la mejor carne del mundo. Lo había descubierto en un documental. Mi madre era cocinera de cocina asiática y yo he heredado la mano, aunque lo que se me da bien son los platos daneses», explica Richard.

Inés, por su parte, está trabajando en Francia restaurando un ‘chateau’. Ambos van y vienen y confiesan que esa intermitencia, aunque a veces se hace difícil, ha contribuido a que su relación saliera reforzada. «Viajar te crea un carácter, aprendes a ser amable con la gente, a salir de la zona de confort y a tratar con situaciones que no son cómodas. Estar fuera te da experiencia y perspectiva, cada viaje enseña. A veces me paso más horas en el aeropuerto que en casa, para mí es normal», asegura Richard. Inés añade: «Salir fuera impone un poco, uno se pregunta si va a dar la talla, pero al final te das cuenta de que es más sencillo de lo que parece. Estar lejos de tu casa y de tu pareja tiene su parte dura, pero personalmente es muy gratificante».

En la lista de asignaturas pendientes sobresale el deseo de realizar un viaje a Sri Lanka para que Inés y los hijos de Richard conozcan de cerca parte de sus orígenes. Además, periódicamente colaboran juntos en proyectos de ilustración y escultura en los que la anatomía o la mitología nórdica o asiática son temas recurrentes. Otra debilidad que comparten son los libros de consulta que traen de cada uno de sus viajes y que encuentran en mercadillos y rastrillos. «Somos los dos muy lectores, tenemos pocos vicios. Yo diría que tres: comprar libros, viajar y comer», confiesa Inés.

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