En familia con Carmen y Nacho Errando

Carmen y Nacho repasan su vida en la plaza del Tossal./Damián Torres
Carmen y Nacho repasan su vida en la plaza del Tossal. / Damián Torres

El arte les viene de cuna y se ha manifestado en ambos desde la infancia. Ella descubrió la moda en los armarios de su madre, él la afición audiovisual mientras hacía skate con los amigos y ahora emprenden un proyecto común

ELENA MELÉNDEZ

Nacho y Carmen Errando recuerdan a aquellos jóvenes de la película ‘Bande à Part’, de Jean-Luc Godard, que atraviesan a la carrera el museo del Louvre cogidos de la mano. Pese a su juventud, poseen un halo de atemporalidad que los sitúa en algún lugar apacible ajenos a modas o tecnicismos. «Nacho es un nostálgico, yo le digo que es un ‘viejóven’», asegura Carmen, a lo que él añade: «Ninguno de los dos tenemos tele. Quitando las películas de estreno que veo en el cine, la mayoría de mis referencias son del pasado y muchos de mis amigos rondan los sesenta».

Carmen estudió Periodismo y lleva tres años trabajando como estilista de moda. Nacho, por su parte, cursó Comunicación Audiovisual y hace unos meses emprendía su propio camino con Enredo Films, la productora que ha fundado junto a su hermana y en la que ambos idean, producen y desarrollan proyectos audiovisuales. «La conexión que tenemos trabajando es total, casi no necesitamos hablar. Cuando incorporamos a más personas nos cuenta mucho transmitirles las ideas para que comprendan nuestro imaginario. Creo que claramente nos sumamos uno al otro», confiesa Carmen.

Familia imaginaria

Nacho y Carmen recuerdan la capacidad que tenía su padre para contar historias. No hace mucho descubrieron en un garaje unas cintas Súper 8 con cortos grabados por él en su juventud. «Se inventó para nosotros 'Las aventuras de la familia Martí'. Antes de empezar a contarlas tarareábamos los tres la sintonía de la Fox. Cada noche al acostarnos improvisaba las cosas que le pasaba a esa familia imaginaria hasta que nos quedábamos dormidos».

La impronta artística les viene a los dos de cuna. Sobrinos del diseñador Javier Mariscal, forman parte del clan Errando, una familia muy numerosa, singular y con sensibilidad especial para todo lo relacionado con la creatividad. «Mi abuelo Enrique Errando era médico, tenía una librería espectacular y organizaba en su casa tertulias con intelectuales de la época. Inculcó a sus once hijos el sentido de la cultura a pesar de que era muy conservador. Jugaban muchísimo y leían todo lo que caía en sus manos», cuenta Nacho.

Su infancia la pasaron en una casa con jardín en Rocafort, donde llevaban una vida tranquila, jugando en la calle y yendo en bici al colegio. Al llevarse sólo un año de diferencia pasaban muchas horas juntos, pero cada uno a su aire en una convivencia paralela. «Yo vestía a las muñecas y las ponía en fila uniformadas. Rebuscaba en los armarios de mi madre, le aconsejaba qué ponerse cuando iba a un evento y me leía todas sus revistas. La moda es algo que siempre estuvo presente en mí de manera natural», reflexiona Carmen. Nacho, mientras tanto, hacía skate con sus amigos y se grababan en vídeo unos a otros. «Luego montábamos las piezas y les poníamos música. El primer carrete que yo disparé en mi vida fue en la huerta de Valencia».

Carmen y Nacho solo se llevan trece meses y admiten que pasaban mucho tiempo juntos.
Carmen y Nacho solo se llevan trece meses y admiten que pasaban mucho tiempo juntos. / Damián Torres

Entre los dos hay trece meses de diferencia pero a veces juegan a decir que son mellizos. Carmen siempre fue más mandona, le gustaba poner orden y organizar los juegos. «Tiene además un sentido de la justicia muy acentuado. Por lo tanto, las exigencias que pone a las personas que se encuentran alrededor son muy elevadas», asegura su hermano. Nacho, mientras tanto, era más desastre pero poseía una destacada capacidad de seducción que le llevaba, pese a ser bastante trasto, a convertirse en el favorito de las profesoras. Ambos aseguran que en su familia el sentido del espectáculo y el humor se consideran elementos imprescindibles en la vida. «Somos ‘berlanguianos’, muy de soltar frases hechas. Tenemos varias sacadas de ‘El Milagro de P. Tinto’ que hemos hecho nuestras». En Navidad se juntan los más de sesenta miembros de la familia en Aldea Roqueta, el hotel rural de su padre. Allí conviven juntos varios días y cada uno muestra sus creaciones ante el resto en formato de dibujo, actuación musical, poema o cualquier expresión artística. «Son los críticos más implacables, todos tenemos bastante presión. No se trata de dar la talla sino de ofrecer algo que tenga la calidad suficiente». Ambos recuerdan con especial cariño la ocasión en que fueron con su madre a Madrid hace años para ver la exposición de Hopper, su pintor favorito, y el viaje que hicieron a París junto a su padre. «Él vivió allí en el 68, nos mostró su París. En el Museo D’Orsay suspiraba ante los cuadros de los post impresionistas y a nosotros nos daba la risa».

Temas

Moda

Fotos

Vídeos