En familia con Begoña de Sobrecueva e hijos

Begoña de Sobrecueva, segunda por la derecha, posa con sus hijos Marta, Begoña Rafa. / Juan J. Monzó

Su madre le enseñó que el calzado era lo primero que debía cuidar y casarse con un vecino de Elda acentuó en ella ese vínculo vital con el mundo de los zapatos. «Las casas olían a cola y a piel», recuerda Marta, una de sus hijas

ELENA MELÉNDEZ

Entre los tres hijos de Begoña de Sobrecueva, Marta, Rafa y Begoña, existe una sintonía especial, la camaradería sutil y relajada propia de quienes se saben afines. Comparten mesa alrededor de su madre, conocida en Valencia durante años por tener una de las zapaterías de referencia de la ciudad y un espíritu inquieto y curioso. «Llegué a Valencia a los 21 años, tras casarme. Yo soy asturiana, de Covadonga, y Rafa también lo es. Mi hija Begoña nació aquí y Marta en Castellón. Primero me dediqué a cuidar de mis hijos, que es lo más importante que hay en esta vida, y cuando ya eran más mayores trabajé unos años en seguros», explica. Fue entonces cuando llegó el momento clave que definiría su vida profesional. Begoña siempre había tenido un vínculo con el mundo de los zapatos, influida por su madre, quien le enseñó que primero una se vestía por los pies y más tarde escogía el resto. Luego se acentuó la vocación al contraer matrimonio. Lo explica Marta, una de las hijas. «Mi padre nació en Elda, íbamos de niños, entonces era un pueblo más pequeño. La casa de la gente olía a cola y a piel, muchos trabajaban en el sector y se llevaban material a casa. También íbamos a las fábricas. Siempre se ha hablado mucho de zapatos en la familia».

Cuando Begoña dejó el mundo de los seguros tomó la que en ese momento consideró su salida profesional natural: comenzó a vender zapatos en casa. Rafa, que se formó como ingeniero de caminos y completó sus estudios en una escuela de París, fue quien, durante una de sus visitas a casa a principios de los noventa, intuyó lo que se avecinaba. «Llegué y me di cuenta de que mi habitación estaba completamente invadida por cajas de zapatos. Al poco decidimos alquilar un piso cerca de casa y ahí surgió la primera tienda, que se llamó ‘Begoña y Marta’», relata.

Los tres hermanos recuerdan la infancia con cariño. Begoña hija, la primogénita, era la más trasto de todos según su madre. Empezó a hablar a los ocho meses y se escondía bajo las mesas para que la buscaran. Al terminar el colegio estudió Ingeniería Informática, profesión que compagina con la tienda que zapatos que decidió montar hace unos años, dando continuidad a la estela familiar. Entre los recuerdos familiares que atesora destaca el grupo de ingenieros que formó su padre. Varios compañeros de profesión, con mujeres e hijos de edades semejantes a las suyas, con los que salían los fines de semana de excursión, compartían comidas y ratos de ocio. «Fueron años muy bonitos. Al final entre todos montaron un club de tenis que hoy es el Saladar. Se convirtieron en los socios fundadores», detalla.

Cuentan que se criaron al principio de la avenida de Baleares, zona a la que están muy ligados emocionalmente. Entonces allí había una fábrica de levadura y aún no estaba acondicionado el cauce del Turia. «Yo escogí esa casa porque tenía hambre de verde, aquello iban a ser arboledas. Toda la ampliación de la Alameda estaba destinada a ser la entrada a Valencia con un gran jardín a distintos niveles, pero después cambiaron el proyecto», reconoce Begoña.

Les pido que compartan conmigo alguna costumbre familiar. Marta, la pequeña, abogada especializada en asesoramiento legal a extranjeros, revela que a todos les gusta cantar y que cada Nochebuena entonan al unísono temas de Víctor Manuel. Begoña madre cita una canción llamada ‘Canteros de Covadonga’, explica que data de cuando se empezó a edificar la basílica y que tiene un significado especial para ella. «Mamá, por favor, no la cantes ahora», bromean sus hijos. ¿Y con qué os quedáis de lo adquirido en casa que hayáis reproducido en vuestras vidas de adultos?, me intereso. «Con la valentía, la autenticidad, la responsabilidad, la solidaridad bien entendida. Y yo a mis hijas, además, he intentado inculcarles el amor por Asturias», concluye Rafa.

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