El estudio de Javier Chapa

Javier Chapa./Irene Marsilla
Javier Chapa. / Irene Marsilla

La movilidad es un requisito innegociable para el artista, que trabaja sin aire acondicionado y desplaza los elementos en busca de la luz, la brisa y la inspiración. Los revoltones del techo y el mármol del suelo marcan la vivienda

ELENA MELÉNDEZ Valencia

El estudio de Javier Chapa se divide en dos partes. La primera de ellas la acaba de acondicionar y le sirve para almacenar obra y como espacio de reflexión. En ella ha ubicado una mesa antigua que perteneció a su abuelo por parte de madre. «Yo le añadí las ruedas, porque todo lo que tengo que gusta que sea móvil. Igual que los rieles por los que discurren los peines de hierro en los que están colgados los cuadros», explica. En el otro extremo del patio se encuentra el estudio. Lo encontró hace unos quince años y, según describe, era como la selva amazónica, una parte repleta de plantas y el resto muy deteriorado. «Los revoltones del techo estaban cubiertos. Yo los saqué. Fue un faenón. Pusimos el suelo de mármol, no levanté ningún tabique pero hubo que trabajar mucho para sacarlo a la luz», describe.

Buscaba un espacio para trabajar cerca de donde vivían y confiesa que cuando entró no le gustó nada, que fue su mujer quien le vio las posibilidades. «Sin duda es una visionaria y la persona que suele tomar las grandes decisiones en la familia». En uno de los extremos del estudio toma protagonismo su mesa de trabajo, una gran pieza de madera maciza a la que también añadió ruedas para poder moverla dependiendo de la época del año y del momento del día. «Trabajo sin aire acondicionado. Es de un diseñador inglés, la vi en una tienda y propuse al dueño hacer un trueque por una obra mía, que es algo a lo que estoy habituado. Yo le puse el cristal, no me importa que se haya ido manchando».

La obra que está haciendo los últimos años se basa en el reciclaje de objetos y elementos que puedan tener cierto atractivo. Muestra una pieza en la que una tela le ha servido como soporte. Trabaja sobre ella con pintura utilizando instrumentos no habituales, buscando las texturas. Junto a ella llaman la atención unos coloridos tableros de madera en los que los alumnos de la facultad donde Javier imparte clases apoyan sus trabajos. «Han ido adquiriendo con los años el atractivo del azar. Algunos tienen un grafiti, manchas de color. Los utilizo de base».

La parte superior de una ventana en piedra de un palacio se convierte en escultura

En una de las paredes hay una zona tipo cajón de sastre en la que cuelga carteles, papeles que le gusta guardar. Es el lugar donde hace pruebas con colores, donde lanza trazos para limpiar los pinceles. En otra atesora obras de amigos y compañeros con los que hizo intercambio y entre los que se encuentran Calo Carratalá, San León, José Saborit, Inma Femenía, Willy Ramón, Horacio Silva, Rubén Tortosa, Guerrero Tonda, Rosa Martínez-Artero, Antoni Durá, Paco Sebastián, José Luis Albelda, Ximo Amigó o Marcelo Fuentes. Frente a ésta almacena elementos que le inspiran y que más tarde quizá integre en sus obras, como una rejilla de cartón, trozos de techos viejos o marcos de puerta.

En la terraza llama la atención la parte superior de una ventana en piedra que perteneció a un palacio y ha sido reconvertida en escultura. Solitario se erige un Cercis que escogió pensando en la funcionalidad. «Yo quería un árbol que aguantara en este espacio, me decanté por el que me diese la posibilidad de vivir las estaciones. Lo plantaron hace sólo dos días». Grandes piedras traídas del Palancia esperan a ser colocadas en su base. Javier reconoce que le cuesta mucho hablar de su pintura; se siente más cómodo con las materias y la técnica que con el discurso personal. «Creo que a mis cuadros no les sienta bien que hable de ellos. Mi obra no tiene título porque no tiene un significado que vaya más allá de lo que es el trabajo con la pintura, con el color y la geometría, que no es poco», confiesa.

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