El estudio de Isabel Romero

Isabel Romero y Amanda Cerdá han restaurado cada pieza./Damián Torres
Isabel Romero y Amanda Cerdá han restaurado cada pieza. / Damián Torres

Ningún día pasa sin que algún curioso inmortalice la fachada, fiel reflejodel estilo arquitectónico de principios del siglo XX en el Cabanyal. La historiadora del arte ha buceado en sus raíces

ELENA MELÉNDEZ

Isabel Romero, criada en el Cabanyal, recuerda con cariño el momento en que salía del colegio y paseaba hasta la casa familiar que en origen perteneció a sus bisabuelos, pero que durante los últimos años albergaba el negocio y la vivienda de su tío abuelo, peluquero de profesión. «El domicilio estaba en la parte de atrás y el negocio en la delantera. Yo llevaba en mente hace tiempo montar algo relacionado con al arte en el barrio. En junio mi tío abuelo se jubiló y vi que era el momento de abrir la escuela», explica Isabel. Aunque la casa no estaba en malas condiciones, ya que siempre ha permanecido ocupada, había una importante reforma que acometer y para ello buscó la colaboración de su socia Amanda Cerdá. Al ser las dos historiadoras del arte y poseer experiencia como restauradoras, el trabajo resultó un proyecto muy personal.

Liberar el ladrillo cara vista permitió potenciar el carácter rústico #de las paredes

«La primera escritura data de los años veinte del siglo pasado. Habían bajado los techos y colocado molduras. El espacio principal estaba mucho más dividido, hemos tirado el tabique que había y movido la alacena, que mantiene su estado original y se ha convertido en una pieza de referencia». Hicieron desaparecer dos dormitorios, el salón y la zona que acogía la peluquería, tiraron un gran tabique y reforzaron el resto. Las paredes las dejaron al aire liberando el ladrillo cara vista para dotarlas de un carácter rústico. El forjado se encontraba revestido por falso techo de caña y enlucido de yeso. Al retirarlo ganaron bastante altura. «Las vigas se han recuperado, les hemos puesto un tratamiento preventivo para las termitas. Hemos reforzado la estructura de la casa añadiendo una vigueta de hierro». Pese al importante trabajo de fondo, no han intentado ocultar ninguno de los trabajos de recuperación llevados a cabo. Para ello han seguido uno de los principios de la restauración, la discernibilidad, es decir, que se distinga lo nuevo de lo antiguo para preservar el valor estético y de antigüedad que presentaba la vivienda de origen.

Estantería en el almacén que alberga el material de pintura.
Estantería en el almacén que alberga el material de pintura. / Damián Torres

Uno de los puntos que más esfuerzo costó tuvo que ver con la canalización de aguas residuales, la cual se lleva a cabo a través de una acequia que pasa bajo la casa y estaba obstruida. Para solventar ese contratiempo tuvieron que abrir el suelo hasta la otra calle y renovar la red de saneamiento. Al baño de la estancia principal se accedía por una puerta que han pintado y dejado inutilizada, pero que han querido preservar por su valor estético. Se ha reformado por completo a excepción de la pila, que es de estilo art decó y, según Isabel y Amanda, se ha convertido en una pieza muy difícil de conseguir. El acceso a dicho baño lo han ubicado dentro de un cuartito que sirve de almacén. «Habían puesto un panelado de plástico en la pared, lo quitamos y nos encontramos con todas las capas de pintura aplicadas a lo largo de los años. Quisimos dejarlo al aire para que se viera la huella del tiempo».

Sacaron las baldosas una a una para sanearlas y volverlas a colocar

Las puertas que dan acceso al patio son las originales de la casa que estaban en la parte trasera y que han movido. El suelo es el que estaba en el salón pero, al tratarse de una zona de la ciudad que se inundaba continuamente, estaba muy deteriorado. «Sacamos las baldosas una a una, las recuperamos con mucha paciencia y las colocamos de nuevo formando alfombras que delimitan las distintas zonas de la vivienda».

Uno de los talleres ocupa la zona que en el pasado albergaba las habitaciones.
Uno de los talleres ocupa la zona que en el pasado albergaba las habitaciones. / Damián Torres

Cuenta Isabel que la fachada es fotografiada un mínimo de diez veces al día por curiosos atraídos por el estilo arquitectónico de principios del siglo pasado del Marítimo. «El Cabanyal ha dado un cambio radical, han venido muchos jóvenes a vivir y mucha gente que se fue ha vuelto con sus propias familias. Se está invirtiendo mucho y apostando por el barrio».

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