Las Provincias

Enrique Velarte: «Después del colegio bajaba al horno y acababa dormido sobre los sacos de harina»

  • El primer triunfo de Enrique Velarte fue convencer a su padre para que le dejara abandonar los estudios e incorporarse a la fábrica como repartidor. Admite que lo logró gracias a que era «muy cabezón». El orgullo que todavía lee en los ojos de su madre refuerza la sensación de que no se equivocó

Un olor a horno de barrio cambia instantáneamente la percepción impersonal de la nave donde se encuentra la empresa Velarte, creada a finales de los sesenta y ubicada en un polígono industrial como hay decenas en el área metropolitana de Valencia. La tercera generación, representada por Enrique Velarte, llegó hace años para hacer grande una firma que abandera un producto tan valenciano como las rosquilletas, a las que ya han cambiado el nombre para internacionalizarlas. En la mano firme se atisba el trabajo duro de quien ha tenido que luchar para abrirse paso, un buen representante de ese carácter fenicio que mira al exterior para hacer negocios, pero vive apegado a su tierra y a sus costumbres. Está nervioso Quique, como le llaman familiarmente. Parece en tensión durante la entrevista, aunque se muestra muy cercano y sin reparo en contar anécdotas de lo que ha sido su vida, siempre ligada a un horno, y muy sincero poniendo voz a sus sentimientos. Esta es la entrevista que concedió el empresario a LAS PROVINCIAS en marzo de 2017. Justo un año después, Enrique Velarte ha fallecido a la edad de 47 años.

-¿En qué momento uno es responsable del apellido que lleva?

-Tenía yo catorce o quince años cuando mi padre comenzó a fabricar de nuevo rosquilletas, que después de una crisis se habían dejado de vender. Recuerdo aquel momento, mi interés en estar cerca de él, siempre con la pala del horno en la mano. Me encantaba ayudarlo y empecé a sentir los colores del apellido.

-Se ha criado cerca de un horno entonces.

-Después de todo el día en el colegio, bajaba al horno y acababa dormido, a la una o las dos de la madrugada, allí mismo, sobre los sacos de harina, porque aún era pequeño para aguantar toda la noche, pero a mí me daba igual, yo quería estar allí.

-¿No tuvo problemas con su padre por el hecho de no querer seguir con los estudios?

-Al principio sí que tuvimos nuestros rifirrafes, pero yo era muy cabezón y acabé por convencerlo para entrar en la empresa y empezar a trabajar. Así que con 18 años acabé el bachiller, me saqué el carné de conducir y me incorporé primero como repartidor. Era yo quien llevaba los pedidos a almacenes y distribuidores. Y desde siempre me he sentido muy a gusto aquí. Al final, mi padre, que tampoco había tenido formación universitaria, se pasó toda la vida entre panes, y de hecho podría incluso haber sido jugador de fútbol profesional, pero por circunstancias de la vida no pudo ser. No se ha entendido en mi familia nada que no fuera trabajo.

-Son fieles representantes del carácter valenciano, con trabajo duro y valores firmes.

-Es cierto. En mi casa aprendí la honradez y la responsabilidad. Mi padre me decía: «Si quieres salir de noche hazlo, pero mañana a las seis de la mañana tienes que estar trabajando». Todos esos valores que me inculcaron me han servido hoy para tener una firma grande, con 130 trabajadores. Una responsabilidad que me ayudó cuando mi padre murió de repente, con 58 años, y tuvimos que hacernos cargo mi madre, mis hermanas y el equipo de gente que entonces componíamos la empresa.

-¿Siente que ahí ya no tiene un colchón donde caerse mullido?

-Sí. Aunque discutíamos mucho porque veíamos las cosas de forma diferente, siempre llegábamos a un acuerdo. En el año 2000 le convencí, tras mucho insistir, de que debíamos montar la nave donde estamos ahora. Teníamos la fábrica de Castellar-Oliveral, que funcionaba bien, pero no nos dejaba crecer. Mi padre era mucho más conformista que yo, que he sido siempre más lanzado, pero al comprobar cómo crecimos después de trasladarnos estaba muy satisfecho. Le extraño mucho, me gustaría tenerlo cerca. Hay un retrato suyo en mi despacho y muchos días hablo con él porque me llena de orgullo cómo fue.

-Su padre quiso que la empresa fuera para usted, a pesar de tener dos hermanas más. Muchas veces el cambio de generación en un negocio suele ser el principio del fin. ¿No ha causado tensiones familiares?

-Él mantenía esa idea de que la fábrica tenía que ser sólo para uno de nosotros, y todos lo aceptamos para evitar problemas generacionales. Nuestra relación nunca se ha deteriorado por ello. Es más, comemos todas las semanas juntos, apoyamos mucho a mi madre y de hecho ahora cada una de mis hermanas tiene su propio proyecto.

-Su madre mantiene una parte en la empresa. ¿Se implica?

-Siempre fue muy trabajadora. Su vida ha sido despachar detrás de un mostrador. Ella mantenía a mi padre con los pies en el suelo porque era una mujer muy conservadora y él podía ser un poco más movido, aunque se compenetraban muchísimo. De hecho, trece años después de su muerte todavía continúa enamorada de él y seguimos celebrando fechas señaladas. Para ella y para nosotros fue una pérdida muy importante, porque estábamos muy unidos. Mi madre viene a veces, ve esta foto -señala un retrato de sus padres que preside la estancia donde nos encontramos- y los sentimientos siguen presentes. Me consta que además está orgullosa de lo que es ahora la empresa.

-La familia siempre ha estado muy arraigada al lugar de donde proviene, Castellar-Oliveral.

-Mi padre fue doce años alcalde pedáneo, una bellísima persona completamente entregada a su pueblo. Para que se haga una idea, eran ocho mil habitantes entonces y le votaban seis mil. Además, sabía defender esas ideas tan valencianas que tenía. Por ejemplo, hizo mucho por el tiro y arrastre. Aunque no disponía de caballos, le gustaba la tradición y al mismo tiempo le dolía que pegaran a los animales. Por eso creó la federación y en los estatutos incluyó la prohibición de maltratarles. Y todo eso lo he aprendido de él.

-Allí incluso le dedicaron una piscina.

-Al morir, la alcaldesa quiso poner su nombre a la piscina, aunque nosotros no estábamos muy de acuerdo, mi madre la primera, porque nunca nos ha gustado el protagonismo. Es que se trata de unas instalaciones que no están climatizadas, que solamente se usan en verano, y durante el resto del año no se les saca partido, pero como era un homenaje político hacia su persona por todo lo que se había entregado al pueblo al final lo aceptamos. Ahora estamos involucrados en un proyecto para darle mayor uso y convertirla en una piscina cubierta, además de incorporarle otras instalaciones deportivas.

-¿Sigue involucrado en la vida de Castellar?

-Por supuesto. De hecho, vivimos allí toda la familia. Tuvimos la posibilidad de trasladarnos, pero al final te tira mucho el pueblo, donde nos conocemos todos, salir y encontrarse con los amigos. La idea vino motivada porque mis hijos iban al colegio Ausias March de Picassent y pensamos en comprar una vivienda en una urbanización cerca para, por ejemplo, poder levantarse más tarde.

-Su hija llegó a ser fallera mayor infantil de la comisión y su hijo presidente. ¿Se siente muy fallero?

-Sí, hará tres o cuatro años. En realidad estoy vinculado a la falla desde que nací, pero nunca había ejercido mucho hasta que ellos se implicaron. Ahora voy más, sobre todo los días de Fallas, que compartimos con amigos. Es la comisión más numerosa de Valencia, con 1.300 personas.

-Su padre murió muy joven, su abuelo no llegó a los setenta... ¿Se cuida?

-Dentro de toda la vorágine de actividad que llevo, lo intento. Es que estoy aquí desde las seis o siete de la mañana hasta las siete de la tarde, así que prácticamente todos los días hago una hora de spinning, que para mí es una manera de evadirme después de estar tantas horas implicado en la empresa. Y cuando llego a casa mi felicidad son mis dos niños, dos mellizos que tienen ahora doce años y que me dan mucha alegría.

-¿Heredó de su padre la semilla de la política?

-Él murió en enero y me pidieron que le sustituyera en una lista electoral de la que formaba parte. Era una segregación de Unió Valenciana, ocupaba el número tres y las elecciones estaban convocadas apenas unos meses después. Pero yo no soy político. Y lo pasé mal, porque incluso tuve que dar un mitin en el pueblo. Eso me superó.

-¿No ha habido posteriormente algún acercamiento?

-(Contesta rápidamente) No. Ya tengo bastante con el trabajo aquí, aunque es verdad que intentamos estar cerca de la sociedad, en las fallas, asociaciones, carreras populares… Para que se haga una idea, si fabricamos 40 millones de paquetes de rosquilletas al año regalamos el 1% a todo tipo de entidades benéficas y culturales.

-¿Es de esos empresarios que trabajan sin descanso, también en verano?

-No. Para mí las vacaciones son necesarias. Este año no lo he hecho, pero siempre me cojo una semana en Navidad. En verano nos vamos tres semanas a Aguamarga, un pueblecito de Almería ubicado en el parque natural de Cabo de Gata. Es un lugar al que nos trasladamos desde hace quince años, donde viven en invierno 200 personas, y nos encanta. Al principio no había ni siquiera cobertura de móvil.

-Qué lugar.

-Un amigo se compró una casa y nos convenció para ir a visitarlo. Recuerdo que mi padre vino conmigo, tenía ya apalabrada con el banco la hipoteca y yo necesitaba su aval. Él me decía que estaba loco, que cómo me iba a comprar una vivienda a 450 kilómetros de aquí. «Ya me la has vuelto a pegar», repetía. Y cuando lo vio se enamoró del pueblo, de modo que todos los años acudía con amigos. Siempre hemos veraneado en el Perellonet, pero si estás ahí estás aquí. Y desde que vamos a Almería sólo me baño en esta playa un día al año, en Sant Joan.

-Es que pasar las vacaciones cerca obliga a estar pendiente, o al menos esa es la impresión. ¿Cuántas veces le han despertado por la noche?

-Muchísimas. Hoy en día ya hay un equipo de gente muy competitivo que soluciona los problemas sin que yo tenga que intervenir pero al principio, sobre todo cuando las dos fábricas estuvieron en marcha a la vez, me llamaban una noche sí, otra también. Pero bueno, nunca me supo mal, porque había que resolver los problemas y al final te ibas orgulloso.

-Supongo que le gustaría que sus hijos se hicieran cargo de la empresa en el futuro.

-Sí, aunque sólo sería uno de ellos quien la heredaría, creo que es mucho mejor. Ellos dos se pueden llevar muy bien y no vamos a discriminar, incluso podrán trabajar los dos aquí, pero deberá ser sólo uno quien la gestione y se haga cargo cuando yo no esté.

-¿Qué pensaría su abuelo si levantara la cabeza y viera en qué se ha convertido su horno?

-Se sorprendería, desde luego, pero esto no es otra cosa que los frutos de la semilla que él sembró, y que espero que continúe creciendo.

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