Las Provincias

«¿Miedo a morir? Estoy deseando irme, no me gusta cómo va el mundo»

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María Luisa Merlo luce su característica sonrisa en un momento de la entrevista donde habla de la paz que le reporta la meditación. / TXEMA RODRÍGUEZ

  • En una España de posguerra y con un cine de andar por casa, Ismael Merlo no quería que su hija Maria Luisa fuera actriz, sino bailarina, para que viajara. «Decía que con haber nacido unos kilómetros más arriba estaríamos en Hollywood»

Hace casi un año telefoneé a María Luisa Merlo. En su vida debe de haber hecho cientos de entrevistas, la mayoría, supongo, hablando siempre de lo mismo, pero demostró una alegría sincera al saber que la llamada venía de un periódico de Valencia. «Ahora no puedo ir, estoy con una obra en Madrid, pero el día que vaya te llamaré». Hace dos semanas sonó el teléfono. «¿Te acuerdas de que quedamos en hablar cuando fuera a mi tierra?» Es poco probable que esta situación se dé viniendo de gente famosa. Pero es que María Luisa Merlo sólo hay una. Quedamos a las nueve de la mañana. El lugar, un hotel remodelado que antiguamente ocupaba el Londres, de su admirado Luis García Berlanga, con quien trabajó en su juventud. Un alojamiento que sigue prefiriendo en sus visitas a Valencia pese a los cambios, a los que se adapta muy bien esta nieta, hija y madre de grandes artistas. Quizás ya se nota algo de nostalgia en sus palabras. Aparece antes de hora, camina despacio, algo encorvada, pero con su presencia irradia una luz que costará mucho que se apague.

-Es usted una de las personas más queridas de Valencia. ¿Se siente así a pesar del poco tiempo que vivió aquí?

-Me trasladé a Madrid a los diez años, pero qué diez años maravillosos pasé aquí, yendo y viniendo, mientras trabajaba mi padre en Madrid haciendo cine y teatro. Es que si no me llevaba no me veía. Y no lo puedo evitar, tengo mi Valencia en el alma, para mí es muy especial y la ‘maredeueta’ me hace muchos favores. Me pongo a llorar cuando lo pienso, me emociono porque es una tierra que va con mi manera de ser.

-¿Por qué?

-Porque los valencianos son la gente más liberal de España, y en eso me parezco mucho. Y el arte… Soy tercera generación de actores valencianos. Amparo Piquer, mi abuela, fue una actriz de esta tierra adorada por el público, lo que pasa es que no se quiso mover de Valencia por sus hijos. El que parte hacia Madrid es mi padre, después de luchar en la guerra. Perteneció a la quinta del biberón, tenía 18 años cuando comenzó la guerra, donde estuvo en el bando republicano, e incluso tenía un tiro en el brazo.

-¿Todavía le queda familia en Valencia?

-Ayer estuve viendo a mis primos, lo único que me queda, pero son como hermanos, yo que he sido hija única. Siempre he mantenido el contacto con aquella Valencia que viví tan poco tiempo, aunque ahora se haya hecho tan internacional y a veces no la reconozca.

-¿Se ha sentido valorada por su tierra? Hace unos años le entregó una distinción la Generalitat Valenciana.

-He trabajado en todos los teatros y estoy muy contenta con el resultado, porque me quieren. Esa medalla es la única que tengo en casa, en la mesita de mi cuarto, porque vivo en una casa pequeña y no me caben tantos premios.

-He leído que hay gente que piensa que no se le ha tratado aquí como es debido.

-Mentira, se me ha tratado estupendamente, lo que pasa es que quizás no he estado en esta tierra mía todo lo que hubiera deseado. Pero fíjate que me la dejaron muy adentro, me enseñaron muy bien a ser valenciana.

-Y a ser actriz.

-Me he criado detrás de los escenarios, sentada entre cajas, ya que en aquella época los niños no podían estar en el patio de butacas. Y callada porque aprendía del maestro que fue Ismael Merlo. Cuando mi padre murió, Fernando Fernán Gómez escribió un artículo que no lo olvidaré nunca, donde decía: «Ismaelito, eres el mejor de todos nosotros».

-Qué bonito.

-Yo se lo agradezco tanto... Qué grandísimo actor fue Fernando. Porque mi padre era muy volátil, e igual te hacía reír que te hacía llorar, y es lo que me enseñó a hacer, lo que estoy haciendo con mi obra.

-Parece que estaban muy unidos.

-Es la persona que mejor me ha querido. Ismael Merlo me lo ha dado todo, y eso que mis padres estaban separados desde que yo tenía nueve años. Entonces no era lo normal, y no había derechos. Sin embargo, mi madre y yo vivíamos como diosas gracias al dinero que él nos daba. Y me dio unos estudios, porque yo hablo cuatro idiomas, además de la formación como bailarina, ya que al principio no quería ser actriz. Debuté con quince años en Verona, por eso ahora voy a cumplir sesenta años de profesión.

-¿Ellos querían que fuera actriz?

-A mi padre le encantaba que fuera bailarina, porque veía que recorría el mundo. Se llevó el gran disgusto de su vida cuando empezaron a llamarme directores de cine. Que dejase de ser bailarina le sentó muy mal. Me dijo una cosa muy bonita que todavía recuerdo: «¿Vas a ser actriz en este país donde no pasamos fronteras? ¿En esta época que te ha tocado vivir, nacida en el 41? Has cambiado el idioma universal que es el baile por ser actriz, una profesión con la que irás sólo de Irún a Algeciras. Él no se movió de España. Y decía que con que hubiéramos nacido unos kilómetros más arriba esta familia estaría en Hollywood (se ríe).

-Sesenta años dan para mucho, también para los momentos duros. Tuvo una depresión, pero ahora parece una persona muy feliz.

-Cierto. Hará veintitantos años cogí una depresión y tuve la suerte de que un amigo, Juan Luis Galiardo, con el que había trabajado en México, me dijo: «No te veo nada bien». Y me llevó a una meditación. Fíjate cómo sería aquello que pensé: «Yo de aquí no salgo». Y no me he movido nunca de la misma organización, que está en Hollywood y a la que van muchos actores. Hace tiempo ya que enseño a meditar, lo hago de forma completamente gratuita, y así como hace años sólo había personas mayores, ahora la mayoría de los que vienen son jóvenes de menos de veinte años. Es que con esta sociedad que tenemos hay mucha gente en la búsqueda.

-¿Le ha dado serenidad?

-Me ha enseñado que la divinidad está dentro de mí y también en los que me rodean. No puedes enfadarte porque sí, soy una persona con quien mis compañeros dicen que se trabaja muy a gusto, y eso es porque me siento bien conmigo misma. La meditación me ha hecho ser muy feliz.

-La verdad es que en todas las fotos que le he visto está siempre riendo, transmite mucha alegría.

-Es que la meditación me ha dado la vida, y me la ha cambiado por completo. Lo que sentí desde el primer día fue algo muy especial.

-¿Ha contagiado a sus hijos esa forma de entender la vida?

-Ellos no quieren estar en la espiritualidad, aunque la serenidad la llevan de siempre. Pero ya te digo que eso es rebeldía. ¿Sabes quién me sigue muy bien? Mi nieto pequeño, que tiene 18 años y va a entrar ahora en la universidad en Londres. Es el hijo pequeño de Amparo (Larrañaga) y él sí entiende mi manera de ser porque somos clavados. Es una criatura maravillosa. Con los demás lo he intentado, no te creas. Pero yo la rebeldía la amo porque también he sido rebelde.

-¿En qué sentido?

-Por ejemplo, en ser bailarina y no actriz, porque en mi familia todos eran actores. Y yo llevo la contraria.

-¿Y ambiciosa?

-No soy nada ambiciosa. La vida me ha venido tan dada que cómo voy a serlo. No puedo pedir más de lo que tengo.

-¿Se siente agradecida al mirar atrás?

-Doy gracias a la vida por todo todo lo que me ha dado, incluso por esos maridos con los que parece que me he llevado fatal, incluido el padre de mis hijos, Carlos Larrañaga. La relación con él fue maravillosa, pero cuando ya estábamos separados. En realidad la culpa no era de él. Soy yo quien no sabe vivir en pareja.

-¿Es la convivencia el problema?

-Exacto. Así que cuando me separé de él es cuando más nos hemos querido, hasta el último día.

-A él no sería fácil aguantarle tampoco.

-Ni a mí, ¿eh? Porque en realidad el problema es que él no podía conmigo, le gustaba dominar a la mujer, como hacían los hombres en aquella época. Y yo no me dejaba.

-Ha venido a Valencia a representar una obra, ‘Cosas de Papá y Mamá’, en la que interpreta a una mujer que conoce el amor a una edad tardía. ¿Se siente identificada con el personaje?

-Absolutamente nada, para qué te voy a engañar. Yo a ese personaje lo he sentado en la silla del psiquiatra, que es lo que hago con todos, y le he preguntado: «¿Qué es lo que te pasa? ¿Cómo eres? ¿Te pareces a María Luisa Merlo?» Es una persona de los años sesenta que no tiene nada que ver con lo que yo soy.

-¿Aún se pone nerviosa al salir a escena?

-Desde que estoy en los mundos espirituales eso se ha acabado. Porque uno no piensa en que hay cosas mucho más importantes que ser actor. ¿Sabes solamente cuándo me pongo un poco nerviosa? Cuando mis hijos están en el patio viéndome. Es una emoción especial.

-¿Se ha sentido muy madre?

-Yo es que por encima de todo soy madraza, no he servido para vivir en pareja. Soy madre y también amiga. Y ahora curiosamente todos los amigos que tengo son jóvenes.

-¿También ha sido abuelaza? ¿Les ha llevado al colegio?

-Soy más de llevarles a Londres, porque para mí viajar es una loca afición y me encanta. Me gusta hablar con la gente, bajar de un crucero por el Rhin en Bratislava y que la gente me cuente por qué tienen tantas iglesias llenas de ángeles, ya que Lutero no quería que la gente se fuera. Todas esas anécdotas que aprendo me interesan muchísimo, lo cual quiere decir que, gracias a Dios, a pesar de tener ya 75 años, estoy viva de narices.

-¿Comparte esa filosofía con sus hijos?

-Ellos son así. Y además tienen unas parejas maravillosas. Estoy loca con mi nuera Maribel Verdú, por lo que quiere a mi hijo, por lo bien que se llevan y por la maravilla de relación que tienen. Con el marido de Amparo, que es especialista de cine, lo mismo, una locura. Lo que no hago es trabajar con ellos, no vaya a ser que haya problemas. Con un extraño estás mejor, te mima, te cuida. Y que los hijos hagan su vida y tú la tuya. Eso sí, cuando tengo un problema aparecen todos, los cuatro hijos y los ocho nietos. El día que digo «estoy un poco baja», mi casa se llena de señores guapísimos.

-¿Fue una alegría para usted que se dedicaran a esta profesión?

-Sí, aunque ahora mis nietos no han querido. Ninguno. Y tal y como está en estos momentos la profesión dan muchas ganas de irse. ¿Cómo puede ser que sólo trabaje un 8% de los actores, que hay una cosa que se llama el 21 y que nos está matando? (se refiere al IVA cultural, que actualmente se sitúa en el 21%). Me ha tocado estar entre ese 8% pero eso no quiere decir que no sufra por mis compañeros. Muchísimo.

-Ahí entramos en terreno político.

-No me gusta hablar de política porque podría decir unas barbaridades brutales y mejor me callo, que luego se vengan de mí. Me cabrea también cómo está la televisión. No quieren gente mayor que se conserve bien, sólo actores muy feos y yo no lo soy, qué le voy a hacer, y no me importa. Pobrecitos, lo que se pierden.

-¿Ha tenido miedo a que su teléfono no sonara con la edad?

-No he parado, para qué te voy a engañar, a veces de lo que tengo ganas es de descansar. Llevo un mareo porque la semana que viene tengo unas seis citas de trabajo y ya me lo he de apuntar. Siempre digo que el día que no me sienta bien lo dejaré.

-¿Ha sabido decir que no?

-No hay más remedio que hacerlo cuando sabes que al público no le va a gustar, y a mí me han dado mucho.

-¿Tiene esa intuición para ver si algo es bueno?

-Mucha, y es la misma que tiene mi hijo Pedro, el productor, que todo lo que hace se convierte en éxito. Elige las funciones como nadie. No ha querido ser actor pero es el mejor productor de España.

-Ha dicho antes que ya se tiene que apuntar las cosas.

-Me he aprendido un monólogo como el de Leonor de Aquitania, con el que llevo doce años, en media hora, pero luego no sé dónde dejo las gafas. Puedo ser la mujer más despistada del mundo porque estoy en otras cosas. Voy procurando aprender a ser más organizada, y en eso es mi hija la que me enseña, me lleva así. Ella es maravillosa, si te pasa algo la tienes enseguida contigo y lo demostró cuando su padre estuvo enfermo. Se quedó nueve meses a su lado.

-Hace poco confesó que era sonámbula, después de una caída en las escaleras.

-No tuve más remedio que contarlo porque decían sandeces, que si iba borracha, que si tenía alguna enfermedad. He sido sonámbula toda mi vida, y al levantarme a comer me caí. Mi vecino Iván, profesor, que es un encanto, me encontró.

-¿Se ha sentido muy expuesta por ser tan conocida?

-Me importa tres pepinos lo que digan de mí. Yo sé quién soy, también mi familia, que me adora y me quiere, incluso mis compañeros de teatro y mis alumnos de meditación. Lo que piensen quienes leen las revistas de corazón no me importa absolutamente nada. Pero es que ahora hojeo alguna en la peluquería y no conozco a nadie.

-¿Cuando uno llega a los 75 años tiene miedo a la muerte?

-Estoy deseando marcharme, irme, porque no me gusta cómo va el mundo, y ahora con lo que nos montará Trump… No quiero ni pensarlo. Aquí ‘marialuisita merlo’ tiene unas ganas de irse a otro planeta… Recuerdo cuando me conoció mi cuñada, Amparo Rivelles, y me dijo: «Uy, esta niña es de otro planeta». Y desde entonces me llamaba marcianita. Y su hija, que va a venir al estreno, también me llama así.

-¿Y a la incapacidad?

-A no poder valerme por mí misma sí le tengo miedo, porque no quiero hacer trabajar a mis hijos, que estén pendientes de mí. No me gustaría jorobarles la vida. Yo quiero que ellos se queden con un recuerdo maravilloso de mí, que es el que tienen ahora.

Al acabar la entrevista nos abrazamos. Está feliz, a pesar de que le esperan otros cinco o seis encuentros con los medios de comunicación. La responsable de prensa del teatro Flumen le comenta que no habrá mucho tiempo para comer. No pone ningún problema. Sólo pide cambiarse de ropa para la siguiente entrevista. Al cabo de diez minutos está radiante de nuevo, preparada. Demuestra en cada palabra, en cada paso que da, que María Luisa Merlo hace bueno aquello que dijo un profesor de Harvard, Howard Gardner; que detrás de una gran profesional hay una buena persona.

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