Las Provincias

Salvador Alborch: «Sigo enamorado tras 43 años de matrimonio, y eso que pudo salir mal; nos faltaba rodaje»

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/ JUAN J. MONZÓ

  • Vivió para el trabajo, sintiéndose notario hasta los domingos por la tarde. Pero siempre tuvo clara su «fecha de caducidad» y el momento para el que llevaba preparándose 25 años ha llegado

  • Hoy disfruta de los nietos y los viajes, todo junto a esa mujer sin cuyo sacrificio nada de esto habría sido posible

Vivió hace casi dos mil años un jurista que se llamaba Ulpiano, que llegó a ser exiliado de Roma sólo por ser ‘un buen hombre’. Los preceptos que dejó por escrito, «vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo», han inspirado la trayectoria personal y profesional de Salvador Alborch, que los rememora en latín, y que le han granjeado la misma fama que aquel sirio vecino de la Roma Imperial. En su caso, por supuesto, no es un exiliado. Ni mucho menos. Al contrario, es uno de los notarios más respetados de Valencia, quien nos cita, ya jubilado de sus obligaciones diarias desde el pasado 31 de agosto, en el Colegio Notarial, un lugar que considera su segunda casa y donde, hace menos de dos años, le impusieron la Cruz de San Raimundo de Peñafort, reconocimiento del Ministerio de Justicia a toda una trayectoria de más de cuatro décadas. En aquellas salas solemnes, llenas de historia, su nombre siempre va precedido del ‘don’, le profesan un cariño de esos que se ganan día a día y le definen como «un señor, siempre tan correcto, tan amable».

-¿Por qué este lugar es tan importante para usted?

-Recuerdo como si fuera ayer aquel 16 de septiembre de 1971, cuando juré mi cargo como notario. Aquí, además, me impusieron la Cruz de San Raimundo de Peñafort, un homenaje donde estuvo mi familia, mis amigos, donde mis hijos enumeraron las bondades de su padre. Esos dos han sido los actos más emotivos que he vivido aquí, pero además me siento como en mi casa porque en este lugar he asistido a muchísimos acontecimientos y donde durante años he preparado a alumnos para aprobar la oposición. Es que yo me siento muy notario. En mi caso es vocacional y esta profesión ha impregnado el resto de mi vida. Gracias a ella, como notario de la Junta Central Fallera, he podido ser, por ejemplo, mantenedor de la fallera mayor infantil el pasado año.

-Notario y además muy respetado.

-El otro día iba con un amigo por la calle y lo comentábamos: «Imagínate si en vez de felicitarnos, de decirnos ‘ahora a disfrutar de la jubilación’, nos insultaran, nos llamaran chorizos o estafadores… Cómo cambia». No es que vivas de la percepción que tienen los demás de ti, porque lo más importante es tener la conciencia tranquila, pero es verdad que ayuda. Nunca pensé que la profesión me iba a deparar tantas cosas buenas. Recuerdo que el otro día el decano del colegio, César Belda, durante la jura de cargos de los nuevos notarios, dijo: «La satisfacción mayor que podríais tener es que cuando os jubiléis la gente hable de vosotros y os tenga la consideración y el respeto que siente por Salvador Alborch». Fue una sorpresa muy agradable.

-Eso se gana, no se concede de entrada, aunque sea notario.

-Lo he aprendido de mis padres. El esfuerzo, la generosidad, la entrega y la honradez son valores que, si te los inculcan desde la cuna, los vas asimilando, sobre todo cuando ves que tus hermanos los practican y es un hábito de vida. Además, si la gente los percibe es una satisfacción, más ahora que estamos en un momento de análisis.

-Que sus hijos hayan decidido además decantarse por su misma profesión, uno notario y otro registrador de la propiedad, supongo que tiene que ver también con el respeto y la admiración que despierta en ambos.

-No he sido un padrazo, pero la vida me dio una segunda oportunidad. Cuando eran pequeños tenía mucho que estudiar y trabajar y equivocadamente pensaba que un domingo por la tarde tenía que estar delante de los libros y si no me parecía que estaba perdiendo el tiempo. Esa segunda oportunidad me llegó porque fui yo quien les preparó las oposiciones. Incluso quisieron que estuviera presente mientras se enfrentaban al tribunal. Ahora qué duda cabe de que, con la misma profesión o similar, la relación es casi diaria.

-Lleva poco más de dos meses jubilado. ¿Fue duro cerrar la puerta y saber que al día siguiente no volvería a abrirla?

-Yo ya sé desde hace más de 25 años que a los setenta se iba a acabar mi vida profesional. Sería del género torpe haber obviado esa fecha de caducidad. Así que lo que agradezco es llegar en condiciones, porque hay más vida. Ahora, por ejemplo, mi mujer me pregunta si puedo ir a recoger a los nietos al colegio. Ellos a lo mejor no saben que vamos y cuando salen y nos ven la alegría que se llevan lo compensa todo. También podemos ir de viaje. En el puente de octubre estuvimos en Sicilia y ha sido la primera vez que he viajado así tan tranquilo, disfrutando. Yo no podría haber dejado de ir un día a la notaría durante estos años. Ni mi mujer me lo habría planteado ni yo lo hubiera hecho satisfecho.

-¿Le gusta entonces ejercer de abuelo?

-Yo digo que no he sido un padrazo, pero soy un abuelazo. Simplemente quizás sea la edad, que los afectos están más a flor de piel. Le voy a poner un ejemplo. El 31 de diciembre se publica todos los años la ley de acompañamiento de los Presupuestos Generales del Estado y el 1 de enero me lo pasaba estudiando, porque no me hubiera permitido que el día 2 llegara un cliente que me preguntara por algo que no supiera. Desde hace unos años, desde que soy consciente de que tengo nietos, el día 1 es sagrado y me lo paso en grande. Y si alguien me pregunta el día 2 le digo: «Llámeme el 7, que soy humano; ayer era festivo y me fui al circo». Quizás llega un momento en que uno no tiene inconveniente en mostrarse como es. Y eso que yo era escéptico cuando la gente me decía: «Ya verás cuando tengas nietos».

-Volvamos al homenaje que le hicieron en el Colegio Notarial. ¿Se emocionó mucho? ¿Le saltaron las lágrimas?

-Y eso que alguno dijo: «Lo que le gustaría ahora mismo a Salvador Alborch es estar lejos de aquí» (ríe). Fue muy emocionante, y a pesar de que me superaron los discursos de mis hijos no me salen las lágrimas cuando las cosas me afectan directamente. Yo creo que me crezco ante la dificultad. Recuerdo que el fallecimiento de mi padre me afectó mucho, profundamente, pero no derramé una sola lágrima. Ahora lo pienso, con lo joven que era, con 71 años… Cada vez que me acuerdo de él siento mucha ternura. O cuando me enteré de la muerte de mi hermano mayor, tan repentina.

-Sé que dedicó el final del discurso a su mujer.

-La dejé para el final por ser la más importante. Es que si me he podido dedicar a la profesión con esa intensidad es porque me ha ayudado, porque los sábados y domingos estaba en su perfecto derecho de pedirme que los pasara con ellos, pero ella entendió que en ese momento yo pensaba que era lo mejor. Y a nuestros hijos les hablaba siempre bien de mí. Tengo la satisfacción de poder decir que, después de 43 años de matrimonio, todavía me siento enamorado. Y eso que cuando nos casamos éramos muy jóvenes. Yo acababa de aprobar las oposiciones y hubiera podido salir mal, porque nos faltaba rodaje. Pero hemos luchado juntos.

-¿Comparten aficiones?

-Somos abonados del Palau de la Música, del Palau de les Arts, nos gusta disfrutar de una buena ópera o una exposición. Se me puso la carne de gallina con la dirección de Carlos Kleiber con la Quinta Sinfonía de Beethoven o escuchando a Lorin Maazel dirigiendo el concierto de Ravel. Mi mujer tiene más conocimientos de arte, va a clase todas las semanas y en los viajes me hace de guía. Son vivencias comunes muy intensas y por ese motivo perduran más. El fútbol es la única afición que no compartimos. No va a ser todo intelectual (ríe).

-Hablando de fútbol, usted ha sido testigo privilegiado de las decisiones más importantes que se han producido en el seno del Valencia CF. Mirado con un poco de perspectiva, ¿qué opinión tiene de todo lo que ha pasado?

-Me duele pensar si hemos hecho lo suficiente. Me habría gustado que un Juan Roig comprara el Valencia CF, aunque sé que es importante no echar siempre la culpa a los demás. Es una de las cosas que uno aprende al hacerse mayor. Creía sinceramente que la venta podría significar la solución, pero desde doce mil kilómetros es muy difícil dirigir un club con sentimientos. En el grupo en el que estoy -la emblemática tertulia Torino, de la que forman parte Juan Martín Queralt, Mariola Hoyos, Carlos Pascual...- nos consolamos, hacemos una especie de catarsis.

-Además de las aficiones, ¿cómo ha sido su día a día estos dos meses desde que se jubiló?

-He procurado buscar cosas que me llenen. Soy árbitro en la Corte de la Cámara de Comercio, mediador en la fundación Solutio Litis, me invitan a conferencias, a dar charlas… Con lo hiperactivo que soy, si mi mujer me viera un lunes a las diez de la mañana en casa con el pijama puesto se preocuparía.

-¿Le da miedo el hecho de que algún día no pueda llevar este ritmo?

-Para mí la salud es muy importante. No está en mis manos, claro, aunque intento ayudar: no fumo, no bebo, hago deporte… Tengo un hermano que es catedrático de Medicina, director del Centro de Investigación Príncipe Felipe, que me dice: «¿Sabes lo que te estresas?» Eso también te va minando. Así que he intentado compensarlo con una vida sana y pasando fines de semana en Xàbia, donde tenemos una casa. Me siento muy unido a aquella zona porque además estuve muchos años de notario en Dénia y ahora es mi hijo quien ejerce allí y me ha montado un despacho, en connivencia con mi mujer, por si algún día me apetece ir mientras estoy en Xàbia.

-Desde luego, qué buen destino.

-Si no llega a ser porque quería estar cerca de mis hijos cuando se vinieron a estudiar a Valencia, me hubiera jubilado allí. En los sitios pequeños te sientes muy querido y todavía más respetado que en Valencia. Además, conforme uno se va haciendo adulto valora más, por ejemplo, el ser de pueblo o conocer el valenciano que hablaba con mis padres.

-Si en Dénia es respetado, no me imagino qué pensarán de usted en Salem.

-Sí, aunque no fue fácil, porque todavía no me creo que mis hermanos y yo pudiéramos estudiar en aquella época, viviendo en un pueblo tan pequeño, con mi padre trabajando de sol a sol en un comercio donde si alguno de nosotros hubiera preferido trabajar habría sido más fácil para él. Se lo debemos a una tía carnal, que era maestra en Valencia y les decía a mis padres: «Estos niños son muy despiertos e inteligentes». A mí me mandaron al instituto de Xàtiva. La de lloreras que me cogía porque no quería estar en aquella pensión donde éramos catorce chicos de los pueblos. A pesar de lo duro que fue, guardo un recuerdo gratísimo de aquella época. Teníamos beca, por supuesto, y cuando estaba en segundo de bachiller una maestra, que decían que era la más dura, les dijo a mis padres: «Este niño es oro de ley».

-Consiguió además ser notario con 24 años, una edad impensable para muchos, tan joven.

-Que mis padres me vieran convertido en notario es la satisfacción que me queda después de que no los pude disfrutar mucho al morir relativamente jóvenes. Y ahora la mía es que me digan: «Si el pare és bo el fill encara és millor». Porque al fin y al cabo todos luchamos por conseguir la felicidad, una batalla que libramos cada día.