Las Provincias

Los herederos de 'l'alemà que parla valencià'

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/ IRENE MARSILLA

  • Se llamaba Máximo Buch, nació en Leipzig, llegó a Valencia en 1885 y y a no quiso irse de esta tierra

Entre una verdulería y un supermercado, allá donde la bulliciosa calle Quart ya ha cruzado la Gran Vía Fernando el Católico y los números de las fincas se cuentan por ciento y pico, pasa desapercibido el patio de entrada al edificio, construido en los años treinta y protegido por su estilo Bauhaus, donde nos ha citado la familia Buch. En lo que era la vivienda de la portera se esconde el rincón donde el patriarca, a sus 89 años, todavía acude cada día. Él es la tercera generación desde el primer Máximo Buch, un alemán de Leipzig que pisó Valencia en 1885, justo el año en que se derribaron las murallas de la ciudad. Sus hijos, Cristina y otro Máximo, quien fuera conseller con el presidente Fabra, le acompañan. Serios, educados, más alemanes de lo que quizás después admitan.

-A pesar de que ya llevan más de cien años instalados en Valencia los Buch mantienen su pasado casi intacto. Incluso en los rasgos físicos.

Cristina: -Es cierto. El idioma en casa ha sido el alemán, la lengua materna de mi padre. Entre nosotros aún lo hablamos.

Máximo hijo: -Nunca hemos vivido en Alemania, yo estuve sólo nueve meses por trabajo, pero las tradiciones las conservamos. Aunque mi madre es española, pensaron que era bonito vivir las dos culturas. Incluso ella estuvo un año allí de ‘au pair’ antes de casarse para aprender el idioma.

-¿Fue una condición de la familia?

Máximo padre: -Bueno, fue una sugerencia (ríe).

C: En casa de mis abuelos se hablaba alemán y si no lo aprendía, no se enteraba de nada. Así que decidió ser práctica.

Mh: -Además, en casa de mis abuelos se guisaba cocina alemana y ella aprendió recetas, así que de niños un día tocaba bacalao a la vizcaína y otro, chucrut con rodillo de ternera.

-¿En las familias que han formado después también han conseguido mantenerlo?

C: -Yo sigo todas las tradiciones, porque además tengo tres hijas y lo debo transmitir a la siguiente generación. Ahora en el puente de la Inmaculada nos pasamos tres días guisando y hacemos unas pastitas de Navidad con las recetas de mi abuela. Para mi padre no son fiestas si no come esos dulces.

Mh: -Recuerdo que mi abuela preparaba una tarta alemana y la merienda de los domingos, cuando los nietos íbamos a visitarla, era ésa.

-Quizás ahora hay menos diferencias; antiguamente, supongo que muchas más.

Mh: -Hoy es normal la tradición de Papá Noel, pero hace cincuenta años no. Además, mantenemos San Nicolás el 6 de diciembre.

-Al ser cónsules de Alemania, ¿aquello fue como una responsabilidad en la familia?

Mp: -Tanto mi abuelo como mi padre y posteriormente yo, que lo fui desde 1977 hasta hace diez años, hemos sido cónsules, y muy orgullosos de ese papel, por supuesto.

-Y eso que en alguna época ser alemán no resultaría fácil...

Mp: -Cuando pierdes una guerra es evidente que no lo es, pero las relaciones personales son siempre otra cosa. Mi abuelo era muy querido en Valencia y tuvo amigos que demostraron ser auténticos. La empresa estuvo intervenida porque había sospechas de que se ocultaba dinero del Estado alemán. Los aliados buscaron por todas partes, pero aquí no había nada.

-¿Debe de suponer todo un orgullo ser cónsul?

Mh: -Mi padre tiene la máxima distinción de la República Federal Alemana. Entró en una época difícil, la de la transición.

Mp: -Mi mérito profesional fueron los días posteriores al accidente de los Alfaques (explosión en un camping de Tarragona donde murieron 243 personas en 1978, muchas de ellas extranjeras). Pasé los peores cuarenta días de mi vida viendo morir a aquellos grandes quemados que trajeron a La Fe, al lado de los familiares que venían de lejos y que no hablaban español. Ahí estuvimos mi mujer y yo.

Mh: -Toda la familia ha estado muy vinculada con los compatriotas que vivían en Valencia. Mis abuelos se conocieron porque la colonia alemana quedaba todos los domingos. Ella era enfermera de quirófano y la fichó el doctor Antolí Candela con un contrato de dos años que le permitió venir a España.

C: -Nuestra abuela residió más de sesenta años en Valencia y murió sin hablar muy bien el español porque vivía rodeada de alemanes.

-¿Recuerdan que tuviera nostalgia?

Mh: -No, aquí estaba muy a gusto.

C: -Es más, quienes viven en el extranjero han preferido siempre que las reuniones familiares fueran en Valencia.

Mh: -Somos una familia muy internacional. Tenemos una tía casada con un holandés, otra con un norteamericano, un hermano de mi padre vivió en México y nuestros primos están repartidos por media Europa.

El patriarca muestra una foto de la celebración de las bodas de oro de sus padres. «El que se enamoró de Valencia fue mi abuelo, aquel que llegó de Alemania para labrarse un futuro. Aunque su socio, Ricardo, era un hombre muy severo, muy rígido, muy alemán, él se adaptó enseguida. Así lo muestra algún reportaje de la época que guarda en el álbum, donde se le denominaba ‘l’alemà que parla valencià’». Fue aquel espíritu emprendedor del primer Máximo Buch el que sentó las bases del patrimonio familiar. Bajamos a la antigua fábrica de cepillos en el espacio que ahora ocupa la escuela de arte Barreira. Aún hoy conserva la estructura, el material y algunas de las máquinas con las que se trabajaba a principios de siglo.

-¿Qué vivencias rescata de la época al frente de la empresa?

Mp: -Vivíamos aquí arriba y no olvido el estrés por estar pendiente a cada minuto de lo que pasaba abajo. Yo me entregué muchísimo y fue liberador el momento en que decidimos trasladarnos junto al Colegio Alemán para que nuestros hijos no tuvieran que coger el autobús. De alguna forma desconectaba. Años después tuvimos que llevar la empresa al polígono Fuente del Jarro porque la prohibición de entrar camiones a Valencia nos dificultaba el trabajo. Cuando me jubilé quería volver aquí y habilitamos estas oficinas porque yo sigo en activo, me gusta la mala vida. Si no tienes cariño hacia lo que haces se nota y para mí la fábrica siempre ha sido otro hijo. Aquí he creado, me he desarrollado, he invertido imaginación, y eso te ata.

-¿Viene todos los días?

Mp.: -Bueno, cuando hay algún puente lo alargo, porque ahora soy dueño de mi tiempo. Es lo que tiene estar jubilado. Además, me ayuda Cristina. Y yo que creía que a la vejez me iba a aburrir…

C: -Él no se queda en casa, eso le mantiene activo y disfruta con ello. Nuestro objetivo es conservar el patrimonio sin desvirtuar lo que tenemos desde hace más de cien años.

Mp: -Procuro conservar el cariño y respeto a nuestro pasado. En Navidad daremos una vuelta con los nietos para que conozcan la historia y el patrimonio familiar.

-¿Y con el patrimonio va el nombre? ¿Ha puesto Máximo a algún hijo?

Mh: -Sí, tengo uno que se llama así, pero no es una obligación, lo hice muy a gusto, porque es ya el quinto Máximo. Ahora está en Londres, le salió un trabajo allí. El otro estudia en Alemania.

-¿Se lleva mal la distancia?

Mh: -Ahora puedes conectarte a través de Skype y los billetes de avión son relativamente baratos. Máximo viene un fin de semana cada dos meses. Y están contentos, así que no hay problema.

-Sin embargo, ustedes no se han movido de Valencia. ¿No vivirían fuera?

Mh: -(Contesta enseguida) No. Ahora es más normal, pero cuando yo terminé mi máster me surgieron ofertas bastante interesantes fuera de Valencia y siempre me ha tirado mucho volver a casa.

C: -A mí me gusta mucho el mar. Y la luz.

Mh: -El clima influye en el carácter. Aquí hay más alegría, en Alemania son muy serios, allí se hace de noche en invierno a las cuatro de la tarde y eso ha de afectar. Nosotros disfrutamos mucho del aire libre. Mi madre cumple años el 1 de enero y, a no ser que caigan chuzos de punta, vamos a la terraza de un restaurante a la orilla del mar a comer. Eso es un lujo.

-Usted se hizo realmente conocido cuando lo nombraron conseller de Economía. ¿Cómo le dieron la noticia?

Mh: -El presidente Fabra me lo dijo pasada la una de la tarde y la rueda de prensa en la que lo iba a anunciar era a las dos y diez. Le pregunté si se lo podía decir a alguien y me contestó que no, y le dije que al menos tenía que comunicárselo a mi mujer y mis padres, para que me dieran el visto bueno. Llamé a mi padre, que en ese momento estaba en el banco, y me respondió: «Llámame dentro de diez minutos, que me parece que no lo he entendido». Luego, ya en su casa, me dijo: «Si ahora que la cosa está tan difícil cuentan contigo, adelante. Es un honor poner nuestro granito de arena».

-¿Y cómo se acostumbró a lo de escolta y chófer?

Mh: -Lo de chófer es cómodo para quien está todo el día recorriendo la Comunitat porque en el coche se trabaja. Respecto al escolta, la verdad es que siempre fui muy indisciplinado. Los fines de semana hacía mi vida, no avisaba a nadie. Nunca tuve sensación de peligro, porque aunque alguien me criticara por la calle lo consideraba parte de mi trabajo. Qué le vamos a hacer... Y me iba a correr por el río yo solo. Siempre me cruzaba con Ximo Puig, que bajaba a caminar.

-¿Y para la familia?

Mh: -Fue duro porque nunca estaba en casa.

C: -No lo veíamos, ni sabíamos nada. Sólo contaba que venía de un sitio e iba a otro. Le decíamos ‘buen viaje’ y poco más.

-¿Es liberador volver a la vida normal?

Mh: -La vida es más tranquila, tienes mucha mayor libertad de movimientos, pero fue una experiencia interesante.

Su padre lo mira con orgullo. Ser conseller forma parte de un excelente currículum que todavía a sus 57 años sigue engrandeciendo. Seguramente le viene de familia. «Dar ejemplo es lo más importante para los hijos», dice el padre.

-¿Cuál es el secreto para llegar a los 89 años así de bien?

Mp: -Durante cuarenta años jugué a tenis todas las mañanas a las siete y media, antes de venir a trabajar. Así tenía más brío. Los fines de semana me gustaba la vela y tras una lesión de columna practiqué golf, pero mis compañeros por desgracia ya no están en este mundo. Me he quedado solo, y ahora ando todos los días. Me gusta llevar una vida sana. Ahora lo que más nos atrae es viajar; de crucero, que es muy cómodo.

C: -Estamos preparando el viaje de su 90 cumpleaños y nos vamos toda la familia. Ya lo hemos hecho varias veces, se agradece poder estar juntos.

Mp: -Nos queremos, mi mujer también me quiere, no tenemos problemas, ¿qué más se puede pedir?