Las Provincias

«Al final la vida te lleva al sitio, pero de solteros teníamos un peligro que no nos lo acabábamos»

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«Nos entendemos muy bien», subraya Iván. No hace falta que lo diga. Una imagen vale más que mil palabras. / DAMIÁN TORRES

  • Los presentaron en Marbella y ella le dio calabazas. «Ya veremos», pensó Iván. Ocho años después se comprometían en Sídney. El flechazo fue tan certero que intentaron casarse allí mismo. Como la ley se lo impedía y no encontraron un capitán de barco que hiciera la ceremonia en alta mar, sellaron su amor en Las Vegas. «¡A lo macarra!», bromea Ana

Quizás ha heredado de su abuelo Ernesto, creador de los difuntos Lanas Aragón y Marcol, el que fuera primer centro comercial de Valencia, ese espíritu emprendedor y un sexto sentido para las ventas. Cuando Iván Martínez-Colomer era pequeño revendía cosas y su carácter extrovertido le ha transformado en un hábil negociante. Aquel humilde aprendiz de Ontinyent, nacido a principios del siglo XX, ha dejado su impronta en este valenciano que abre las puertas de una fabulosa casa en Rocafort donde se ha trasladado con su mujer, Ana García-Rivera, madrileña de nacimiento, y los dos hijos que han tenido juntos. Crean la imagen de familia perfecta: altos, atractivos, triunfadores, con una filosofía de vida muy similar, la de disfrutar de cada momento sin pensar en lo que piensen los demás. Así son los creadores del club Moddos.

-¿Dónde se encuentran un valenciano y una madrileña?

Ana: -Nos conocimos cuando yo estudiaba en Marbella. Tenía entonces diecisiete años e Iván estaba allí con una promoción inmobiliaria. Nos presentó un amigo en común, Bily, que después se convirtió en su socio.

Iván: -Me dio calabazas y pensé: «Bueno, ya veremos». Ocho años después nos reencontramos y volvió a hacer de ‘celestino’ la misma persona que ya nos había presentado entonces.

A: -Y en ese tiempo no supimos nada el uno del otro. Nos comprometimos en Sídney y nos casamos en Las Vegas, a los tres meses de conocernos. A Iván y a mí no nos gusta nada perder el tiempo (ríen).

-Una experiencia, tanto lo de Sídney como lo de Las Vegas.

I: -Era la época buena. Había decidido dar la vuelta al mundo con una amiga, pero Ana y yo acabábamos de reencontrarnos y le dije que viniera a alguno de los destinos. En Sídney corté el viaje, e incluso intentamos casarnos allí.

A: -Recuerdo que me pidió matrimonio y al día siguiente nos levantamos y nos fuimos al ayuntamiento de Sídney. Nos dijeron que teníamos que haber residido al menos un mes en el país. Incluso buscamos un capitán de barco para que nos casara en alta mar y no hubo manera. Al final estuvimos varias semanas dando vueltas por Australia y luego decidimos ir a Las Vegas para convertirnos en marido y mujer. Además, en The Little White Chappel, donde se casaron Britney Spears o Bon Jovi. ¡A lo macarra!

-No me digan que además se casaron disfrazados.

Ana: -Yo me llevé el traje de novia de mi madre. Era un vestido muy años cincuenta. Soy hija única y para mí era importante ponerme algo de ella, porque no invitamos a los padres. Queríamos casarnos solos.

-¿No causó algún tipo de recelo?

I: -Fliparon en colores. Yo llevaba divorciado un año y medio y cuando llego a mi casa y le digo a mi madre que me vuelvo a casar... No daba crédito, pensaba que era una broma.

A: -Sobre todo porque no sabían con quién (ríen).

I: -Es que yo conocí a mis suegros el día que fui a Madrid a recogerla para irnos a Estados Unidos. Porque además no hicimos el paripé, íbamos a formalizar la relación en serio.

A: -No se enfadaron porque si te conocen no hay nada que les sorprenda.

-¿Habla en serio? ¿Cómo es usted para que todo esto no les extrañase?

A: -No soy nada tradicional y jamás me he creído el cuento de la princesa que está en su castillo a la espera de que venga un príncipe a lomos de un caballo blanco para rescatarla.

-¿No considera a Iván su príncipe?

A: -Por supuesto que no. Es mi compañero, quien viaja a mi lado, una persona con la que comparto la vida, aunque en el futuro no se sabe si esos caminos pueden interrumpirse. Como esa filosofía siempre la he tenido muy clara, mis padres sabían que no me veían en una boda de quinientos invitados en los Jerónimos y haciendo el paseíllo. Incluso yo dije que jamás me casaría, sólo daría el paso si encontraba a un loco que lo hiciera por diversión. Y que ese fuera un día feliz, sin haber estado un año programando asientos.

I: -Después organizamos una fiesta en Ibiza donde sí estaban nuestros padres.

A: -Éramos ochenta personas, la mayoría amigos; un fin de semana completo, una cena sin asientos establecidos, con gente que todavía recuerda que fue su boda más divertida.

-Iván, ¿ha encontrado Ana en usted ese punto de locura?

I: -Yo le dije a mi madre: «He encontrado una loca como yo». Al final la vida te lleva al sitio, sobre todo cuando tienes nanos, pero de solteros Ana y yo teníamos un peligro que no nos lo acabábamos. Daba igual el disparate que nos pasara por la cabeza: lo hacíamos. No estás acostumbrado a encontrarte con personas así. También en la forma de pensar. Somos gente muy poco ubicada, poco tradicional, sin prejuicios, sin mucha historia. No es algo habitual en Valencia, un lugar donde la gente se suele criar con sus amigos de toda la vida.

-Tiene usted un apellido muy reconocido: Martínez-Colomer. ¿Le ha pesado o le ha aligerado la vida esa herencia?

I: -Yo creo que las dos cosas. Tampoco sé si es cierto que te ayuda. Al final es más la carga de responsabilidad que tienes.

-¿Quizás porque está más observado?

I: -Y eso que yo no he sido de los tíos discretitos en esta vida... A mí lo que digan los demás me es indiferente, pero sí pienso quizás en mis padres, aunque han sido personas de mente abierta. Con ellos me he ido de fiesta, mi madre era una cachonda y mi casa siempre estaba llena de gente.

-Y usted, Ana, madrileña de nacimiento, ¿cómo se adaptó a Valencia después de recorrer medio mundo?

A: -Los primeros años me costó mucho.

I: -No es verdad, no he visto a nadie adaptarse mejor que Ana. En cuatro días era el alma de la fiesta (ríen).

A: -Una cosa es la personalidad que tengas, porque soy muy extrovertida, no me da vergüenza nada y si un sábado por la noche me quiero tomar una copa no tengo ningún problema en ir sola y a los dos segundos ya conozco a la mitad del bar. He vivido en ocho países y llega un momento en que tú misma te fuerzas, ya que somos animales sociales y queremos compañía. Pero me costó porque Valencia no deja de ser una ciudad donde estáis acostumbrados a hacer toda la vida con las mismas personas, y abrirse es mucho más difícil. No porque no queráis, sino porque no entendéis la necesidad que tenemos.

I: -Lo que pasó además es que la gran mayoría de nuestros amigos estaban solteros o casados sin niños, y nosotros enseguida tuvimos a Lucas. Estábamos descolgados en ese sentido.

A: -Dicho esto, me encanta vivir en Valencia. Me parece una ciudad tremendamente cómoda. De hecho, hablo yo más en valenciano que Iván. Y eso que todavía no me arranco, porque me da vergüenza. Valencia te proporciona una calidad de vida increíble. En cinco minutos en coche estamos en la playa y mira qué día tenemos hoy en pleno mes de octubre. Eso en Madrid ni pensarlo, vivir allí con niños es terrible.

-¿Tiene la necesidad de volver?

A: -No me siento muy madrileña. Si tuviera que elegir otra ciudad viviría en Lisboa. Residí mucho tiempo allí y es un lugar al que viajo asiduamente.

-¿Y usted, Iván? ¿Iría con ella?

I: -No (ríen).

A: -Es que si me voy es porque ya no estoy con él.

I: -Yo no me muevo de aquí, me encanta esto y mira que hemos viajado. Soy un apasionado de Valencia, del clima, los amigos o el humor negro de la gente, que Ana no entiende. Y eso que nací en Bilbao y mi madre es de allí, pero no viviría en otro sitio que no fuera Valencia.

-Ana, usted se dedica a la comunicación, al márketing, pero sobre todo es emprendedora.

A: -Iván y yo somos emprendedores, y cuando me encuentro con un cliente que está en la misma situación que nosotros hemos vivido tantas veces, la verdad es que a mí me emociona mucho y me llena de adrenalina. Colaboro además con programas de televisión, soy carne de comunicación, me encanta. Hice teatro cuando era jovencita y lo mío era el mundo del espectáculo. Lo que pasa es que los padres en esas edades te aconsejan hacer una carrera. Me decían: «Estudia, y luego ya tendrás tiempo». Pero al acabar la carrera me enfoqué hacia aquello en lo que me había formado.

-¿Le ha quedado esa espina clavada?

A: -Quizás un poco sí, porque la verdad es que incluso en mi vida privada siempre he hecho actuaciones. Cuando estudié en Suiza organizábamos noches culturales y yo me ponía mi vestido de flamenca y bailaba.

-Y en su caso, Iván, ¿tenía claro a qué quería dedicarse?

I: -Yo siempre he sido mal estudiante. Me lo he pasado muy bien en el colegio, es más, creo que no sirve absolutamente para nada, salvo para hacer amigos y formarte un poco como persona. Luego en la carrera ya eliges cosas que te gustan, pero recuerdo que en aquellas asignaturas que no me interesaban copiaba o hacía lo que fuera para aprobarlas. De hecho me planteé hacer dos carreras, una con un amigo y otra con otro. Me daba igual lo que estudiaran. A los catorce años empecé a trabajar en el despacho de mi padre triturando papel, haciendo recaditos, de soldadito. En realidad no habría estudiado una carrera si no me hubieran obligado, porque yo deseaba empezar a trabajar enseguida.

-¿Por qué?

I: -Siempre tuve muy claro que quería emprender. Cuando era pequeño un amigo y yo comprábamos cacharritos para detectar billetes falsos y luego los revendíamos. He hecho mil cosas.

-¿Y provocó esa forma de ser algún enfrentamiento en casa?

I: -Más de nano, porque luego mis padres empezaron a entenderme.

-¿Cómo llega la idea de crear Moddos?

I: -Entonces ya conocía a Ana y no parábamos de hacer cosas, de ir con amigos de aquí para allá, y fundamos Moddos. Pero hubo un momento en que vimos que quien debía llevarlo tenía que ser una empresa de comunicación y buscamos a Josep Lozano, porque creo que el club ha sido un gran desconocido, que se ha confundido por su parte más frívola.

A: -Se ha visto más como una entidad social cuando nunca lo hemos sido, ya que Moddos es un proyecto empresarial que organiza muchos eventos. Ese matiz lo aportaban nuestras figuras personales, y en cierta manera hemos podido perjudicar el proyecto y por eso dimos un paso atrás.

I: -Y ahora entramos en una nueva fase, porque un grupo de empresas ha adquirido acciones y hemos constituido un consejo de administración.

-¿Se sienten reconocidos en esa imagen frívola?

A: -No, pero sí creo que hay una parte social que lo puede ver así. Nos pasa incluso con la familia. Iván y yo somos dos personas muy positivas, extrovertidas, y es raro que nos veas un día de capa caída. Es verdad que ha habido ocho años en los que la gente lo pasaba mal, pero a nosotros cuando nos preguntas siempre estamos bien, todo nos va bien, y seguimos haciendo la marcha de nuestra vida. Eso a veces la gente lo interpreta como una cierta frivolidad, pero nada más lejos de la realidad.

-¿Han sentido que el apoyo siempre venía de la pareja?

A: -Es que Iván y yo nos crecemos ante la adversidad, nos hace estar más fuertes y unidos. Somos dos personas que se han puesto el mundo por montera.

I: -Lo hemos pasado mal, porque han sido años de trabajar mucho sin ver la recompensa económica. Pero durante este periodo seguimos yendo de fiesta, comiendo y divirtiéndonos, porque si en la vida no disfrutas, ¿para qué estás aquí?

-No siempre es posible, ¿no cree?

I: -Mire, cuando me divorcié lo entendí. Yo la primera vez me casé porque la gente me decía que no podía seguir así toda la vida. Duramos un año. Pensé entonces que aquello no estaba hecho para mí. Yo decía que no iba a tener hijos, ni me iba a volver a casar, quería estar toda la vida haciendo lo que me diera la gana. Y lo tenía cristalino. Pero nos encontramos dos personas que somos complementarias, nos entendemos muy bien y nos respetamos mucho. Celos cero, estamos juntos porque queremos.