Las Provincias

«Mi mujer es mi gran suerte porque me tolera. Se hace difícil estar con alguien como yo»

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/ DAMIÁN TORRES

  • Fernando Mulas aún recuerda la perplejidad de su padre al revelarle que no sería ingeniero de minas, como dictaba la tradición familiar, sino médico

Fernando Mulas dice que debe de ser una de las pocas personas nacidas en la aldea cartagenera de Cabo de Palos, de apenas un centenar de habitantes, donde su padre participaba en la construcción de una fábrica. Era el quinto de seis hermanos y asegura que el médico que atendió aquel parto «estaba más nervioso que mi propia madre». Un periódico se hizo eco del «nacimiento de un rollizo bebé, hijo del ingeniero de minas», y todavía guarda este neuropediatra aquel recorte de prensa. Quizás es que Fernando Mulas había nacido con estrella, destinado a hacer cosas, muchas cosas, en una vida repleta de trabajo y de éxitos que le han permitido protagonizar, ya en la madurez, muchas otras páginas de periódicos.

Se jubiló hace tres años pero no me parece a mí que usted sea de esas personas que se detienen. Incluso ahora se ha metido en política (encabezaba la lista de Ciudadanos para el Senado).

He sido una persona inquieta desde siempre. Bueno, quizás de pequeño era más bien inatento, iba a mi aire y siempre he sido un poco despistado. Con el tiempo me he dado cuenta de que eso me obliga a organizarme mejor, a programar las cosas y a disfrutar no sólo de la parte profesional, sino también de la personal. Y he llegado a ese punto en que hago un ejercicio mental para gozar más de la vida, de mis aficiones, de mis amigos. Recuerdo que en el último congreso de psiquiatría infantil los compañeros me decían que la nueva clasificación internacional de TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad) debería tener cuatro grados: leve, moderado, grave y Fernando Mulas (ríe). En cuanto a la política, es esa necesidad de aportar algo a la sociedad.

Nos cita en el Instituto Valenciano de Neurología Pediátrica, la clínica privada donde continúa ejerciendo su especialidad, tratando enfermedades como el autismo, la epilepsia o trastornos de conducta o aprendizaje. No parece tener la edad que confiesa, con ese aspecto fuerte y delgado propio de las personas que no pueden quedarse quietas, que se atropellan con las palabras porque quieren expresar muchas ideas a la vez.

¿Le hubieran considerado un niño con TDAH de pequeño?

Entonces no se hacía ese diagnóstico. Yo es que tuve la suerte de no ir al colegio hasta los diez años, así que no sufrí problemas académicos en ese sentido. Estaba todo el día en el campo, jugando, y me enseñó a sumar o a leer un trabajador de la mina, el listero, que era el que pasaba lista. Entonces mi padre trabajaba en las minas de Aznalcóllar, en Sevilla, donde me llevaron con mi hermano pequeño mientras los cuatro mayores se quedaron en Madrid con mi abuela.

En una época en la que cualquier buena familia llevaba a sus hijos a un internado, pasar la infancia al aire libre debía de ser cuanto menos llamativo.

Guardo un recuerdo fantástico porque no tengo ningún tipo de trauma de aquella época, por los horarios, ir a clase o la angustia de las notas. Ya a los diez años hice un examen para ingresar en la escuela y lo superé sin problemas gracias a aquel trabajador que me ayudó. Entonces era muy normalito. Fue ya en la universidad cuando mejoré y llegué a sacar matrículas.

No quiso ser ingeniero como su padre.

En mi familia mis dos hermanas no estudiaron, porque las chicas entonces se casaban con los ingenieros que trabajaban en las oficinas. Algo increíble ahora, entonces muy normal. Los chicos teníamos que estudiar por narices, además con la concepción de que 'la letra con sangre entra'. Encima, mi hermano mayor sacaba muy buenas notas y nos tenía a todos marcados. Dos de ellos estudiaron para ser ingenieros de minas, una carrera que además parecía que imprimía mucho carácter. Pero, no sé por qué, un día dije que yo lo que quería ser era médico, quizás sin pensarlo demasiado. Mi padre contestó: «¿Médico? Tendrás que estudiar lo mismo que todos, ¿no?» En ese sentido fui desafiante, me reconforté en esa idea con catorce años y lo cumplí. Es que mi padre no me hacía mucho caso, con tantos hijos.

Eligió además una especialidad que en aquellos años sería bastante desconocida, la neuropediatría.

Siempre me ha interesado la relación con la gente, la psiquiatría o la psicología, y en Estados Unidos me dijeron que la neurología pediátrica iba a tener futuro, que había mucho desconocimiento. En los niños el cerebro está en desarrollo, lo puedes moldear, y esta especialidad me ha dado muchas satisfacciones. Pero sí es verdad que entonces nadie sabía qué era aquello, e incluso mis padres me preguntaban: «¿Pero tú a qué te dedicas, a los niños locos?» En el año 78 accedí a la jefatura de sección de Neuropediatría del Hospital La Fe y allí he estado casi cuatro décadas.

Ha organizado congresos internacionales, ha escrito centenares de artículos, ha presidido varias sociedades. La verdad es que su currículum abruma un poco, que alguien pueda llegar a tener tanta actividad.

Siempre hago muchas cosas, aunque sea en los diez minutos que me sobran, y eso a veces a la gente le exaspera porque tener un tío así al lado es un poco paliza. Duermo poco, cuatro o cinco horas, no necesito más, e incluso por la noche puedo dar una cabezadita de diez minutos y seguir trabajando. Además, es que nunca hay que dejarse abandonar por la tristeza o el pesimismo. Soy optimista por naturaleza, nunca acepto un 'no' si creo que algo debe hacerse y no me rindo ante la adversidad. La gente me dice que qué carácter, pero yo no tengo la culpa, ni de lo bueno ni de lo malo. Cada uno posee su propio código genético, aunque es cierto que puedes esforzarte por cambiar.

¿Su mujer ya está acostumbrada?

Me separé de la madre de mis hijos, que desgraciadamente después falleció, y conocí ya en Valencia a Carmen, mi actual mujer, que es guapísima y encantadora. Es la gran suerte que he tenido, después de 28 años con ella, porque me tolera, me acepta y me controla también. Supongo que se hace difícil estar con alguien como yo. Reconozco que a veces soy demasiado agotador y me deja pasar como dando un pase de pecho a un toro. A las personas con hiperactividad, decirles que 'no' es peor, porque supone un enfrentamiento. Mi mujer, que trabaja en la escuela de enfermería, me acompaña a los sitios porque quedo bien siempre. Esta profesión te hace ser a veces rígido y algo esquemático, y ese aspecto cálido, humano y sensible me lo ha dado ella.

Se complementan.

Es que ella tiene empatía, una calidad humana increíble. Su padre ya era así y es una suerte. Todo le parece bien. En cambio yo me quejo mucho más. He sido muy inconformista y combativo, siempre me he preguntado el porqué de las cosas.

Formaron una familia en la que cada uno aportó hijos a la relación.

Carmen era viuda y tenía dos cuando la conocí. No fue fácil, porque su hija Paloma tiene una discapacidad y nos ha hecho sufrir el hecho de que la gente la considerara tonta. En general las personas somos muy poco tolerantes y esa falta de solidaridad y comprensión con el otro es uno de los problemas de esta sociedad. No me extraña que la mitad del mundo esté en guerra. No hay flexibilidad ni mano izquierda.

¿Prima la tolerancia en la educación que ha intentado imprimir en sus hijos?

A veces es difícil que esos valores fructifiquen, pero creo que hemos tenido suerte. He querido transmitirles que hay que ser flexibles en la vida para que alcancen la felicidad, pero además han aprendido que la constancia en el trabajo da sus frutos. Recuerdo que mi hijo me decía que no estudiaba Medicina porque me veía trabajar mucho. Seguramente porque no le gustaba. Mi hija es economista del Estado y su hermano gemelo hizo Empresariales y lleva su propio negocio. Paloma está en un centro especial donde se puede manejar y Luis, psicopedagogo, tiene un centro de adaptación para niños con autismo y TDAH y tengo bastante relación profesional con él. Así que, como todos están encauzados, ya me puedo dedicar a viajar.

Viajes, vela, música, golf. Hasta para sus aficiones es una persona hiperactiva.

(Ríe) Tanto Carmen como yo somos muy melómanos, nos encanta ir a la ópera, escuchar conciertos al Palau de la Música, y en los congresos que organizo siempre meto una banda de música. La familia de mi mujer está muy ligada a la Unión Musical de Benimaclet y es algo de lo que podemos presumir en Valencia.

¿Sabe tocar algún instrumento?

La guitarra. Recuerdo que mi padre estaba hasta el gorro, porque de pequeño la tocaba mucho. Además, me encanta el flamenco. Como vivía en Sevilla, me enseñaron a bailar. Pero es que a mí me encanta, soy un marchoso. Recuerdo que estuvimos un año mi mujer y yo aprendiendo a bailar tango antes de asistir a un congreso en Buenos Aires. Hago muchas cosas, es verdad, pero ninguna demasiado bien, porque por ejemplo juego al golf de forma muy esporádica. La vela es otra de mis pasiones, porque te encuentras solo ante la diversidad de los elementos y ese reto es muy bonito. Y eso que al principio me mareaba enseguida. Todavía me tomo una pastilla antes de una travesía a Ibiza.

En su blog he leído que no estaba muy de acuerdo con aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Lo bueno siempre está por venir. El pasado hay que asumirlo, con errores y sombras, pero cuando he tenido un fallo enseguida lo he olvidado y a seguir. Y aunque uno sea octogenario, tiene futuro. Admiro por ejemplo a Vargas Llosa. Yo no pienso en los años que tengo, porque son suficientemente respetables para asustar, y además quiero vivir de cara a lo que venga. Estuve hace poco navegando en el Cabo de Hornos, quizás aquello fue algo arriesgado, y volando en un helicóptero por las Montañas Rocosas. Lo importante es hacer y dejar hacer, no perjudicar a nadie y comprender a los demás.

Seguimos. Fernando Mulas no se detiene. Habla de sus nietos, cinco entre cuatro y ocho años. «Juego mucho con ellos, me encanta». Está acostumbrado a relacionarse con niños, ha visto a cientos, quizá miles, en su carrera profesional y sabe cómo tratarlos. «Me provocan mucha ternura». De ellos valora «la espontaneidad, la limpieza, no hay doblez en sus palabras, y menos en aquellos que tienen discapacidades». Por eso a estas alturas es capaz de ver más allá y detecta los buenos sentimientos en los rasgos de las personas. Pero, sobre todo, la autenticidad.