Las Provincias

«Nuestra familias no hicieron dinero con una cultura del despilfarro»

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Los gestos de complicidad se suceden durante la entrevista realizada en las instalaciones de Porcelanosa. / TXEMA RODRÍGUEZ

  • El firme interés de María José Soriano y Silvestre Segarra por mantener los pies en el suelo se respira en su hogar

No hay nadie en Porcelanosa que no recuerde a José Soriano paseando en bicicleta por la fábrica cuando ya había sobrepasado con creces la edad de la jubilación que nunca le llegó. Todos conocen las anécdotas que definían a este empresario de profundas convicciones religiosas, trabajador inasequible al desaliento, «un hombre único» ubicado en las Antípodas del glamour que derrocha Isabel Preysler cuando las cámaras la enfocan como imagen de la firma. Pepe Soriano murió de forma trágica hace 16 años en un accidente de tráfico pero queda mucho de su espíritu en su hija mayor, María José, quien desde que acabó su licenciatura de Derecho se vinculó a la empresa de la misma forma que lo había hecho en una infancia protagonizada por los azulejos. Junto a su marido, Silvestre Segarra, vicepresidente ejecutivo de la firma y a su vez heredero de una de las familias empresariales más importantes de Castellón, lleva una vida sorprendentemente sencilla, pese a que su nombre haya aparecido entre las grandes fortunas de la Comunitat Valenciana. La conversación comienza recordando un acontecimiento, la celebración de sus bodas de plata. «Fueron nuestros hijos quienes nos organizaron una cena en casa, y bueno, las mujeres somos así, acabé llorando como una magdalena», cuenta María José.

-¿Después de 25 años es fácil trabajar juntos, compartir el mismo proyecto de vida?

Silvestre: -Supongo que hay cosas mucho más difíciles en esta vida, aunque a veces te lleves el trabajo a casa, te acuestes y no dejes de hablar de ello. Sin embargo, es la situación que nos ha tocado vivir. A nosotros nos ha ido muy bien, la prueba son todos estos años juntos. Y uno de nuestros hijos, que ha cumplido ahora los 25, se ha venido a trabajar con nosotros, así que no lo habrá visto tan mal en casa.

-¿Es una alegría que vuestro hijo quiera incorporarse a la empresa?

S: -Desde luego. A lo mejor es el único que viene, no lo sabemos, pero ellos pueden hacer lo que quieran. Silvestre, que es abogado y graduado en ADE, estaba en un despacho de abogados de Madrid, donde le ofrecieron quedarse, incluso con un plan de carrera que le hubiera permitido llegar a socio.

María José: -Ellos lo han vivido de pequeños porque las empresas familiares forman parte de la cotidianeidad, y los cuatro participan de nuestras preocupaciones, nos preguntan cosas, discuten y nos argumentan. Luego las decisiones dependen de la vocación que tenga cada uno, porque ante todo queremos su felicidad. El objetivo es que se conviertan en gente formada para que se valgan por sí mismos y que cada cual en lo suyo pueda ser, ojalá, lo mejor posible. Si es aquí deberán comportarse como personas ejemplares, profesionales, comprensivas y empáticas, más que cualquiera. De hecho, Silvestre, el mayor, confiamos en que ayude mucho a su padre, que está tres cuartas partes del año de viaje, ¿eh, papi?

Parece María José Soriano una persona tímida, reservada. Durante la entrevista buscará continuamente la complicidad de su marido, mientras la mano descansa en su pierna en un gesto cariñoso que acompaña con palmaditas en el hombro.

-¿Cómo lleva lo de estar siempre viajando?

S: -No he hecho otra cosa en esta vida desde que tenía 23 años, aunque no es lo mismo cuando eres joven que pasados los 50. Tampoco es que te flaqueen las fuerzas, afortunadamente hoy en día llegamos en muy buenas condiciones de salud a esta edad. Se lleva bien, lo que pasa es que es positivo que tanto nuestro hijo como todo el equipo que hemos formado durante estos años vayan ganando terreno.

-¿Es de los que en verano dicen: «Por favor, que yo quiero descansar, dejadme de viajes»?

S: -Por supuesto. Salvo cuando los niños eran pequeños, que sí hicimos algunos viajes fuera para que conocieran un poquito de mundo.

M. J.: -Silvestre siempre lo ha dicho. Hay que ayudarles a quitarse la boina. Ellos han llegado a participar en reuniones. Recuerdo que se quedaban calladitos escuchando.

-Han tenido cuatro hijos. ¿Hasta qué punto es importante la familia?

M. J.: -Las familias grandes son un buen entrenamiento para la convivencia. Han aprendido a quererse y respetarse. En casa, por ejemplo, hemos luchado siempre por tener una sola televisión, y hemos discutido lo que no está escrito: hoy no te toca a ti, en el descanso cambiamos… En nuestra casa siempre ha habido mucha convivencia.

S.: -De hecho todavía tenemos un solo televisor a pesar de que ya superan los 20 años. Bueno, hay otro que usan para jugar a la ‘play’, pero incluso está en la misma estancia.

-¿Se habla con libertad de cualquier tema: religión, política...?

S.: -Sí, y básicamente todos opinamos igual aunque cada uno tira por un lado. Coincidimos en los valores principales. Por ejemplo, a José María, que es periodista, le gusta mucho la actualidad, estar informado, argumentar.

M. J.: -A veces tenemos que frenarlo, y le decimos: «Eh, que eso ya es demagogia» (ríen). La pequeña, Lourdes, es muy graciosa, porque a veces interrumpe: «No entiendo de qué estáis hablando pero necesito contaros lo que me ha pasado hoy». La familia se completa además con mi madre, que desde que se quedó viuda vive con nosotros.

-¿Cómo ha sido esa convivencia entre tres generaciones? ¿Qué ha aportado a sus hijos?

S.: -A todos nos ha aportado muchas cosas. En un momento en que los niños eran pequeños y empezamos a coger responsabilidades en la empresa el apoyo de su madre, con cuatro críos entre siete y dos años, fue fundamental. Saber que bajaban del autobús y estaba la abuela esperándolos era una tranquilidad. Entonces tenía 60 años, era muy joven.

A Silvestre le encanta remontarse a su infancia, los recuerdos de su propia familia. «Han cambiado mucho las cosas, mi abuela siempre vestida de negro, rodeados de medicinas… Ahora es totalmente distinto, con 78 años mi suegra aún se está renovando el carné de conducir».

M. J.: -Les acompañaba al fútbol, a las extraescolares, y Silvestre la respeta mucho. «Lo que la yaya diga», decía, para que ella tuviese su autoridad. Mi padre siempre repetía que en las casas donde no hay un abuelo deberían comprarlo.

S.: -Y ahora ya empezamos a quedarnos los tres solos.

M. J.: -Por ejemplo, anoche pensaba: «Ya empieza a apetecer no hacer cena, un trocito de queso, de jamón y un vasito de leche».

-Sus hijos han vivido desde pequeños la empresa. En su caso, María José, también fue así.

M. J.: -No recuerdo otra cosa que a mi padre llegando por las noches con piezas de cerámica nuevas y preguntando qué nos parecían. Yo entonces podía tener siete años. Esa imagen era muy cotidiana, o venirme a la fábrica con él en época de huelgas. Le gustaba que le acompañara para que conociera también las facetas más amargas de ser empresario. Había incluso insultos. Es que vivir una empresa familiar es muy especial.

-Pero, además, su padre era muy especial a su vez, una persona totalmente entregada al trabajo.

M. J.: -Aquellas personas que comienzan un proyecto han de tener un impulso muy grande porque es su idea. En el caso de mi padre se unía un carácter muy humano, optimista. Era feliz, abierto y campechano. Esa energía suya resultaba única. De vez en cuando sale una persona como éstas, porque además era muy líder y transmitía mucho.

Al morir José Soriano, Porcelanosa decidió publicar un libro que relata su vida y muestra algunos detalles que definían su personalidad. Cuenta, por ejemplo, que en el viaje de novios la pareja subió al coche, un Renault Douphine, para ir a Roma a visitar a un sacerdote familia de Asunción, la recién estrenada esposa. Con el mapa en la mano, ella indicaba el camino a seguir, pero Pepe no le hizo mucho caso. Llegaron a Rimini. En el maletero llevaba él todo tipo de material porque lo que quería era aprovechar el viaje para que le enseñaran en las fábricas azulejeras italianas a cocer la cerámica. «Y volvemos a Vila-real». Todavía consiguió su mujer llegar a Roma, que aquel incansable emprendedor quería ver desde el coche. Estaba ansioso por regresar y ponerse a trabajar.

-¿Es difícil ser sucesor de una persona con ese carisma?

S: -No has de planteártelo, la vida tiene esa ley de sucesión y tú debes seguir. La responsabilidad te hace avanzar, porque cuatro mil familias dependen de la empresa. Las personas somos todas distintas y ahora llevamos 16 años en que la firma ha continuado creciendo, la sociedad inicial con las demás familias fundadoras no se ha roto, así que algo habremos aportado.

-En vuestro caso, además, fue de una forma muy traumática. Una muerte repentina es todavía más dolorosa si cabe.

S.: -Fue muy dolorosa la muerte de Pepe, pero tuvimos muy buena acogida por parte de los socios y también del personal, y con el tiempo fuimos tomando cada vez más responsabilidades. Nos dejó una sensación de vacío, y cuando más vas entrando en la empresa sientes el vértigo, asusta que una decisión tuya pueda causar efectos en el futuro de tanta gente… Aunque hemos crecido mucho, en lo que podemos mantenemos ese contacto personal que tanto caracterizó el trabajo de Pepe.

M. J.: -Hay momentos en que pienso qué haría mi padre. Lo conservas como un referente, pero en este caso Silvestre también tiene una personalidad muy fuerte, con un liderazgo claro que además en ningún caso querría parecerse a nadie. Nosotros damos gracias a Dios varias veces cada día por tener la suerte de haber nacido donde hemos nacido, de tener la oportunidad que hemos tenido. Por eso nuestra obligación es intentar hacerlo bien, no podemos jugar a ser caprichosos ni niños de papá. Cuando eres un empresario responsable eso pasa a última fila.

-A su alrededor han visto caer a gigantes de la cerámica, pero ustedes se han mantenido e incluso, con las cifras en la mano, han crecido.

S.: -Nosotros hemos salido fortalecidos de la crisis, pero recuerdo con especial angustia el año 2009. Entonces no nos reíamos, aquí no sonaba el teléfono, y si no hubiera sido por la expansión en el exterior… El mercado español dejó de existir, pero es que había una borrachera.

M. J.: -Recuerdo que mis hijos decían que amigos suyos se iban a Milán a comprarse ropa. Nosotros no podíamos creerlo. Corría el dinero tan fácil. Claro, aquello acabó.

-A pesar de que quizás podrían haberlo hecho.

S.: -Ni la familia de María José ni la mía hizo patrimonio o dinero con una cultura del despilfarro, como en estos últimos años, sino con esfuerzo, trabajo y responsabilidad, y ellos eso lo han visto. Han vivido muy bien, no hay que negarlo, pero han visto que yo he tenido que estar tres semanas al mes fuera de casa, y que su madre debía venir todos los días a trabajar. Es que la vida te regala muy pocas cosas.

M. J.: -Son personas generosas, sensibles, solidarias… No lo hemos forzado, sino que lo hemos hecho con naturalidad. Reconocen el valor del dinero y el esfuerzo que supone conseguirlo. Y sus amigos están en el pueblo. No son gente sofisticada con amigos en Nueva York.

S.: -Yo siempre digo que no hay que pensar en el mundo que dejamos a nuestros hijos, sino en los hijos que nosotros dejamos al mundo. Hemos intentado transmitirles que antes que brillantes tienen que ser buenas personas, y creo que lo hemos conseguido. Bueno, siempre hay quien tiene el genio más corto (ríen).

-Han elegido Vila-real para vivir, donde está la fábrica. ¿Hasta qué punto llega el compromiso con su tierra?

M. J.: -El que viene de más lejos es Silvestre, que es de la Vall d’Uixó (vuelven a reír, les separan apenas unos kilómetros).

-Aquí uno se casa con la empresa, con Vila-real…

S.: -No, no, yo me casé con mi mujer y se lo digo todos los días. Pero aquí tenemos nuestro trabajo, nuestros hijos han echado raíces y siempre me he sentido muy bien. Sin embargo, todavía conservo la casa de mis padres en la Vall, que está vacía. En cuanto a la empresa, eres más sensible a esa responsabilidad social porque nunca nos la hemos llevado a China.

M. J.: -Ese amor a tu tierra y tu gente te hace actuar de forma más responsable. Nuestro padre, nuestros socios, fueron agricultores, con lo que ello supone, pero además mantener los puestos de trabajo para nosotros fue siempre esencial en la época de crisis para que no hubiera más paralización en la comarca y la provincia.

No tenía visos de jubilarse su padre con 69 años, cuando murió. Interrumpe Silvestre: «Y mire nuestros socios, Héctor y Manolo Colonques, que acaban de cumplir 74 años y para llegar antes que ellos tienes que adelantarte. Manolo incluso llega a las seis de la mañana. Están con la misma entrega».

-¿Debo entender que ustedes tampoco se plantean jubilarse a los 65 años?

S.: -(Contesta rápidamente) ¡María José no, pero yo sí! Quisiera hacer algunas cosas más antes de morir.

M. J.: -A Silvestre le encanta la historia, lee mucho, tiene más inquietudes intelectuales que yo y a veces dice: «Cuando me jubile acabaré de leer esto, arreglaré aquello».

S.: -Me gustaría escribir un libro, o una novela. Supongo que sería costumbrista, de esta zona que es mi tierra, quizá sobre lo que sufrieron nuestros padres en la Guerra Civil.

M. J.: -Es que es un experto en el siglo XIX y en el XX.

S.: -Hace poco fui mantenedor de las fiestas de la Vall d’Uixó y representó para mí toda una experiencia. Me emocioné mucho porque volví a recordar mis orígenes. Me sentí muy a gusto entre la gente de mi pueblo, sobre todo cuando llevas 30 o 35 años sin verlos aunque estemos al lado. Parecía que no hubiera pasado el tiempo. Mi madre hace diez años que falleció y, aunque tengo dos hermanos allí, casi que vienen más ellos.

-¿Anhela que llegue ese momento de cambiar de vida?

S.: -Bueno, en realidad tampoco sé con certeza si me jubilaré Si lo hiciera, quizá sería por dejar paso. Aunque aquí nunca me he sentido coartado, los comienzos fueron muy difíciles porque tuve que ser yo el que me marchara y tomara la responsabilidad de viajar.

M. J.: -Siempre repite: «No sabéis lo duro que es estar a todas horas a cara de cuchillo».

-¿Qué se echa de menos fuera?

S.: -Sobre todo a tu mujer, tus hijos, tu familia…

M. J.: -Tu baño… Sin serlo te acabas haciendo escrupuloso de tanto viajar. Piensas que quién habrá dormido en esa cama. A veces me llama desde la otra parte del mundo y me pregunta: «¿A que no sabes qué estoy comiendo? Unas lentejas».

S.: -Es que soy una persona que por mi carácter habría salido poco del pueblo. No le encuentro gusto a la cocina oriental ni a la africana. Al revés. Y nunca en la vida pensé que tendría que tratar con tantísima gente… Luego me he dado cuenta de que es mi verdadero oficio y mi verdadera vocación, porque tanto María José como yo somos licenciados en Derecho.

M. J.: -Cuando vienen clientes quieres que les guste el mar, Benicàssim, la paella… Yo hago el esfuerzo también cuando estamos fuera, porque sé que la gente se esfuerza porque estés a gusto. Silvestre siempre me dice: «Qué coraje tienes, decir que esto está bueno». ¡Aunque sea sopa de tortuga! (ríen).

-Con la edad parece que uno va valorando otras cosas.

M. J.: -Te pegas a la tierra. Silvestre tiene muchas cosas antiguas de su casa, de la fábrica de Segarra, ha recuperado algunas que se habían perdido y todo ello le ha servido para comprender más a su padre y sus padecimientos. Cuando empieza a hablar con nostalgia le digo: «Cariño, yo cada vez estoy más joven» (ríen). A la vez es el más tecnológico, el que compra online.

S.: -Por comodidad y por confiado. A mí nunca me han estafado. Camisas, zapatos, calcetines… Hace ya siete u ocho años que no entro a una librería. Ahora estamos con un proyecto de compra por internet que pondremos en marcha en Inglaterra. No podemos quedarnos atrás.

-¿Se ven otros 25 años juntos?

S.: -Por supuesto. Con todas las cosas que nos podrían haber pasado, hemos llegado a los 25 años con visos de seguir otros 25. Ella seguro que estará, yo a lo mejor ya no, que en mi familia los hombres se mueren jóvenes...

Acabada la entrevista empieza la sesión de fotos. María José confiesa su nerviosismo. No está comoda delante de una cámara y se le nota. Se da cuenta de que lleva unos zapatos de cuña que la hacen parecer más alta que su marido y decide quitárselos. «Antes éramos iguales, ahora soy un centímetro más bajo, se ve que va con la edad», bromea Silvestre. Apenas una decena de fotos después María José se acerca al fotógrafo, le da un beso y con mucha amabilidad le pregunta: «¿Ya tienes bastante?». Prefiere esta mujer trabajar en la sombra. Los flashes los deja para Isabel Preysler.