José Cosme: «Nunca había vivido el amor, ni sabía que existía. Lo que tengo ahora es maravilloso»

José Cosme, artista y catedrático./Irene Marsilla
José Cosme, artista y catedrático. / Irene Marsilla

Artista, teólogo, catedrático, hijo de una diseñadora como Presen Rodríguez...José Cosme llegó a pensar que no le faltaba nada hasta que una mujer venezolana ha llenado el único vacío de su vida.

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Un portero con librea pregunta, en el hall del Casino de Agricultura. «José Cosme», respondo. Entre maderas nobles y ese aire decimonónico que no ha abandonado esta institución aparece el artista, el teólogo, el catedrático. Vestido como si efectivamente hubiéramos retrocedido en el tiempo, con sus mocasines -eso sí, a la última moda- y su americana con pañuelo, sus casi dos metros de altura imponen, como debían de hacerlo los propietarios agrícolas que se reunían en las salas del Casino a mediados del siglo XIX. «Me confunden con un galerista», reconoce, pero no está dispuesto a convertirse en objeto de marketing. «Espero que vaya quedando un trabajo serio, con lo que me está costando…»

-Empecemos por su madre, Presen Rodríguez. Una persona muy conocida en el mundo de la moda por la que sé que usted siente una admiración muy especial.

-Para mí es un referente que ha sacrificado mucho por su profesión, por quedarse en Valencia y también por ser madre. Cuando empezó ni siquiera estaba bien visto que la mujer trabajara, y a ella le ofrecieron irse a vivir a Suiza. Y dijo que no porque sabía que renunciaba a una familia, porque para ella el rol de su vida ha sido que el éxito profesional fuera acompañado del que consiguiera a nivel humano.

«Estuve a punto de ordenarme sacerdote pero no tenía suficiente vocación»

-En ese sentido es muy complicado, incluso ahora, tener éxito en los dos mundos sin descuidarlos.

-Es cierto. Yo tengo dos hermanas y les ha ocurrido. La pequeña, Presen, es arquitecto y tiene cuatro hijos; la mayor, Isabel, tres. Son mujeres profesionalmente muy exitosas pero con unas responsabilidades familiares que no han querido dejar de lado y de alguna forma las ha limitado. Es que para nosotros siempre ha sido muy importante esa faceta, somos una familia piña, donde nos vemos sobrinos, cuñados, tíos, todos, cada día. Mi madre nos agrupa en una especie de clan donde ella es como la ‘mamma’ italiana, y nos convoca a comer. Y aunque cada uno lleva su vida, si podemos acudimos. Creo que eso es algo único, algo que me ha permitido acumular muchos recuerdos vividos con ella, con quien he estado además varios años en el mundo de la moda.

-Y si me la tiene que definir...

-Es una andaluza muy simpática, abierta y sociable, pero nada lo hace por alardear. Nunca ha sido una persona pretenciosa por formar parte del mundo de la moda, y eso que ella tiene un currículo impresionante, ya que por ejemplo fue la primera que trajo a España las telas de Valentino, a pesar de estar en Valencia y no en Madrid.

-¿Le ha quedado mucho en herencia?

-Aunque mi padre era un empresario con sensibilidad para el arte, mi madre nos ha puesto encima de la mesa, desde que nacimos, los muestrarios de tejidos, los botones, los bordados… Nos ha creado mucha sensibilidad en ese sentido, y es imposible no continuar por ese camino después de haberlo vivido. Además, yo era un niño asmático que no podía jugar a fútbol pero que con trece años estaba exponiendo. La pintura y el dibujo me calmaban.

«Mi madre nos agrupa en una especie de clan donde ella es la 'mamma'»

-Artista conceptual, teólogo, catedrático, empresario. ¿Cómo se considera a sí mismo?

-No me gustan para nada los clichés, rechazo que me encasillen. ¿Por qué si eres artista no puedes investigar y dirigir una cátedra? Sé que dependiendo del lugar donde esté me tienen etiquetado: «Mira éste, cincuentón pijo». Puede ser así, pero es que en Miami soy un artista latino, y en la universidad el doctor Cosme. Me ponen esos clichés, pero yo sé que no tengo que limitarme a uno de ellos.

-¿No le ha importado lo que dijeran de usted en ese sentido?

-A veces sí que te afecta porque llegas a sentir que estás degradando una faceta por otra, porque me pueden calificar como frívolo por mi parte más social, pero es que a mí me interesa mucho también estar en consonancia con unos principios y valores.

-¿Cree que le han valorado más fuera que en su propia tierra?

-En Valencia el arte se ha enfangado con el tema político y hay como pandas, a ver de quién es quién. Así que todos mis proyectos están fuera. Ahora trabajo en una exposición en Santo Domingo y quiero empezar con Brasil. Y fue en Puerto Rico y Miami donde empecé a tener más reconocimiento. Pero, además, yo entiendo el arte como una forma de disfrute que requiere del espectador calma y sensibilidad, que abra la mente a nuevas lecturas. Sé que quien compra obra mía es porque tiene una visión diferente del arte. Me siento muy libre y lo que no quiero es tener que aplaudir la gestión cultural del nuevo de turno, me niego totalmente. Los artistas no deberían dejarse utilizar para guerrillas.

José Cosme.
José Cosme. / Irene Marsilla

-Pero es que usted no puede considerarse un artista al uso. No sólo por las críticas, sino porque, por ejemplo, es teólogo y no debe de ser muy común conjugar los dos mundos.

-Después de estar muchos años trabajando en el mundo de la moda con mi madre, donde ejercía además labores empresariales, por inquietudes personales comencé a estudiar teología. Y ahí sí que no pude compaginarlo porque había una parte vocacional donde debía discernir si quería ordenarme sacerdote. Estuve a punto pero no tenía suficiente vocación.

«Me encanta vivir en el presente disfrutando de cosas del pasado»

-¿Y cómo se dio cuenta de ello?

-Hice toda la formación pero no lo veía claro, y mi trabajo a nivel teológico era más desde el aspecto conceptual que desde lo pastoral. No me veía en una vida de sacerdote, aunque sí me lo planteé. De hecho llegué a tener una dirección espiritual con el que fuera arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco. Lo que sí me ha permitido es disponer de una plataforma académica que me da una estabilidad, me permite investigar, desarrollar proyectos y a la vez tener tiempo para mi faceta artística.

-¿Le gusta la docencia?

-Me gusta la parte de teología, la de transmitir la doctrina social de la Iglesia. Me importa cuestionar los principios y los valores de los profesionales que van a salir de la universidad, para que además de ser buenos médicos, o abogados, sean a la vez buenas personas. De eso se trata y eso me llena muchísimo. En la parte artística no tanto, porque parece que los jóvenes de ahora tienen menos pasión por el arte.

-¿Usted la tenía?

-Por supuesto. Aunque no fue fácil al principio, porque salía de Dominicos, imagínese, más clásico imposible, un colegio privado y únicamente masculino, y aparecí el primer día en Artes y Oficios, donde el profesor llevaba una falda de Francis Montesinos y cada alumno procedía de una tribu. Yo era el raro, el único que iba con mocasines. Y debían de preguntarse: «¿Qué hace éste aquí?»

-¿No dudó de su vocación en aquel momento?

-El primer día. Como le contaba, cuando Pepe Romero nos dijo que era el tutor con su pelo largo, mechas de colores y una falda me asusté y pensé que no iba a encajar, pero no porque no tenga pasión por el tema artístico, sino porque jugaban con una libertad estética a la que no estaba acostumbrado. Yo, que había permanecido desde los tres años en Dominicos. Ahí fui yo quien se preguntó: «¿Qué hago aquí?» A partir del segundo día fue maravilloso, me sentí superlibre, éramos un grupo que trabajaba, que estudiaba, que salía de fiesta, desde la mañana a la noche. Viví de pleno los ochenta. Y ese año fui el delegado.

-Es que los ochenta fueron como muy brutales en ese sentido.

-Imagínese que allí estaba yo, con mi aspecto clásico, formalito, con Francis Montesinos, Pepe Romero, Evaristo Navarro... El arte, la marcha, las fiestas, Calcatta… Todo era muy loco.

José Cosme posa sonriente en la entrada al Casino de Agricultura. Con sus mocasines, por supuesto.
José Cosme posa sonriente en la entrada al Casino de Agricultura. Con sus mocasines, por supuesto. / Irene Marsilla

-¿Le gusta recordar el pasado?

-Me encanta vivir en el presente disfrutando de cosas del pasado porque ese aire retro, melancólico, me fascina. Tengo entre pasión y obsesión con las películas de los años treinta y cuarenta y en verano convoco a gente para disfrutar de una película en la terraza. Además, siempre me ha interesado la parte estética, lo bonito que tiene crear un ambiente, que es como hacer instalaciones, en tu día a día. E invito a la familia a mi casa y monto mesas inspiradas en la India, o en París, y mi madre a veces me dice: «Esto es un espectáculo pero, ¿qué vamos a cenar?».

-Ahora, a la madurez, ha encontrado además una estabilidad sentimental.

-Mi prometida vive en Miami, así que yo me muevo entre las dos ciudades. Ella también se dedica al arte, en su caso es gestora cultural y tiene que moverse mucho, por lo que no paramos de viajar. Los dos estamos continuamente por el mundo, una oportunidad que me permite la universidad.

Estamos en la terraza del Casino de Agricultura, lugar que tiene unas vistas increíbles de las cúpulas de los edificios de principios del siglo XX que salpican la calle de la Paz. Una perspectiva diferente de la ciudad que José Cosme disfruta tomándose un gin-tonic, con unas chuches de por medio, detalle del bar. «Aquí podéis estar porque el señor Cosme es socio», puntualiza el camarero. Se siente cómodo hablando de su trayectoria, recordando viejos tiempos, en un impasse en su ajetreada vida. Acaba de llegar de Roma, una de sus ciudades favoritas, donde ha expuesto y donde llegó a ser invitado por el Papa junto a artistas como Plácido Domingo o Santiago Calatrava.

-‘Prometida’ es una palabra como muy clásica.

-Es que yo lo soy, aunque ella sea muy moderna porque hace ‘performance’. De momento estamos esperando su nulidad matrimonial y como todavía no nos hemos casado, la denomino así. Los dos somos cincuentones que ya hemos vivido mucho, tenemos una relación formal y seria donde nuestro proyecto es claramente vivir juntos.

-¿Cómo se conocieron?

-Nos conocimos hace muchos años en Puerto Rico, donde exponíamos los dos, pero además ella es galerista, empresaria, ha trabajado de bróker en Nueva York... Hemos sido amigos y es ahora cuando nos hemos planteado que los dos nos complementamos y estamos felices juntos. Es venezolana afincada en Miami y está además muy implicada por todo lo que afecta a la libertad en su país.

-¿Cómo es encontrar el amor a la madurez?

-Yo es que nunca lo había vivido. Le diré más, ni sabía que existía. Como mi experiencia es tan poca, lo único que le puedo decir es que lo que tengo ahora es maravilloso. Está basado en la complicidad, con mucho respeto a la libertad de cada uno, cada cual con sus responsabilidades, porque además ella tiene dos hijas. Y yo mi familia, que para mí es muy importante, y ejerzo mucho de tío. Nos respetamos enormemente y es una relación de paz, de afinidad, de ilusión, cada uno con su historia detrás.

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