Las Provincias

El pastor que supo salirse del rebaño

El pastor que supo salirse del rebaño
/ DAMIÁN TORRES
  • Quería crecer, sentirse necesario. Cambió las cabras por las mulas, luego se hizo mecánico tornero y el estudio fue convirtiéndole en ingeniero, profesor, catedrático rector y hasta conseller

Añoro a tipos como Justo Nieto en nuestra actual pomada algo huérfana de cráneos privilegiados, dialogantes, agudos. Estuvo de rector del Poli 19 años y durante aquel periodo la universidad formó parte del entorno porque Justo encauzó lo que se cocía en aquellas aulas hacia la sociedad y, sobre todo, hacia la galaxia empresarial. La universidad de hoy huele a casta endogámica que enchufa a los amigos bajo el formato de ‘profesor asociado’ o reparte becas que son bicocas como la famosa de Errejón o la de su amigo Espinar, otro que levantaba 400 pavetes al mes no sabemos bien en virtud de qué concepto; por esa época el podemita además especulaba en plan lobo de Wall Street con un piso de protección oficial. Pero bueno, esa es otra historia.

A Justo Nieto se le veía en exposiciones, saraos, fiestas, estrenos peliculeros, restaurantes, teatros y otros lugares que rezumasen cultura o lirili cercano. Lejos de encapsularse en el ambiente universitario, sospecho que multiplicó su presencia para vindicar la conexión entre la sociedad y la urbe, de los profesores y los alumnos con los ciudadanos. Su mano nativa de Cartagena fertilizó el Poli. Baste citar un dato: cuando Justo Nieto accede al rectorado, la universidad contaba con seis mil alumnos; cuando se marchó eran cuarenta mil y los edificios conformaban una ciudad de reconocido prestigio y probada reputación. Otro ejemplo: al finalizar su aventura el Poli tenía convenios con tres mil empresas y existía un trasvase fructífero entre los dos mundos, el teórico y el práctico. A Justo Nieto, en fin, se le recuerda por todo esto y porque su nombre quedó asociado a la universidad. Nombrabas a Justo Nieto y pensabas automáticamente en la universidad. Como Kempes y el Valencia CF, vaya. Y después de él, después de su personal impronta, esto no se ha reproducido.

Pero atención a su biografía porque les puede sorprender. Nació en el seno de una familia humilde y su niñez transcurrió entre cabras, pues ejerció de pastor desde los seis hasta los doce años. España en aquel tiempo segregaba tufo africano y a nadie le extrañaba ver a un mocosuelo pastorear su rebaño en vez de acudir a la escuela. Luego trabajó de labrador con mulas. Seguía, pues, inmerso en el universo agropecuario. Con las mulas estuvo hasta los dieciséis años. Continuó escalando puestos y esta vez encaminó sus energías hacia los terrenos de la mecánica, especializándose como mecánico tornero. Pero la naturaleza dotó a este hombre con una inteligencia profunda y decidió aprovechar el tiempo estudiando un peritaje por la noche. Luego obtuvo una ingeniería, luego fue profesor, ascendió a catedrático y, por fin, a rector. Impresionante. Necesitamos gente de talento como Justo Nieto y nos sobran personas adictas al quejido, al lamento, a lo de arrojar las culpas al otro. Los que lloriquean y claman contra el injusto mundo que les corta los ímpetus deberían de aprender de biografías como la de Justo Nieto. Lo tuvo todo en contra y triunfó. ¿Cómo? Pues trabajando duro, con mucho esfuerzo, aprovechando el tiempo. Y, pese a su humilde procedencia, jamás le escuchamos un reproche, un jirón de resentimiento, unas hebras de rencor o un poso de venganza. Al contrario, sus palabras cargadas de sabiduría siempre destilaron tolerancia y comprensión. Comentaba anécdotas de viajes, libros filosóficos o apuntes históricos de insuperable minucia sin apabullar al interlocutor y sin recurrir a pedanterías.

Justo Nieto es un cocinillas importante y un amante del cante minero, entre otras pasiones. Al ser de carácter inquieto, también probó suerte en la política y fichó de conseller de algo, no sé de qué, pero ignoro si finalizó aquella opción política con satisfacción personal. Desde luego, nunca criticó a nadie y abandonó la poltrona con elegancia y discreción. Imagino que aquel trance le permitió chequear las cloacas del poder desde cerca y los roedores habituales se encargaron de zancadillearle, supongo, pues a los independientes se les suele apartar con mayor o menor disimulo, ya que evidencian las carencias de algunos profesionales enganchados a la mamandurria. En cualquier caso, la Universidad Politécnica brilló bajo su batuta. Por eso no le olvidamos. Por eso nos gustaría que ese nivel regresase a nuestras vidas. Sí, necesitamos a gente como Justo Nieto. Ya lo creo.