Elena Denia, un paseo entre la playa y las estrellas

Elena Denia recorre los jardines de Monforte./Irene Marsilla
Elena Denia recorre los jardines de Monforte. / Irene Marsilla

Astrofísica y divulgadora científica, el cielo la conquistó durante sus muchas visitas al planetario de El Grao de Castellón cuando apenas tenía cinco años

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMARValencia

Si tienes la suerte de tumbarte en el trance de una veraniega noche sobre la arena de la playa para contemplar la bóveda celestial, resulta imposible no experimentar ciertas evocaciones cargadas de una mística así un poco de pacotilla. Los amantes del cine, al menos, cuando nos sentimos sobrecogidos ante el centelleo de esa inmensidad, para no quedar demasiado catetos preguntándonos lo habitual, acudimos al monólogo final de esa obra maestra titulada ‘El increíble hombre menguante’. El protagonista, tras vencer a la pérfida tarántula en memorable lid, se funde contra el cosmos. Lo más pequeño se asimila al infinito. Se habla mucho, y con merecimiento, del monólogo final de Roy Batty, el replicante Nexus 6 de ‘Blade Runner’. Pero ruego a los lectores que recuperen las últimas frases de ‘El increíble hombre menguante’. Claro que tras ese verbo se agazapaba Richard Matheson, un escritorazo demasiado olvidado hoy.

Irene Masilla

Elena Denia, valenciana, astrofísica, divulgadora científica, acudía a la playa de la mano de su padre, concretamente al planetario de Castellón en el Grao, y cuando se tumbaba con la nariz apuntando al cielo zumbaban en su sesera todas las preguntas trascendentes, pero también las prácticas que nacen del pinchazo de la curiosidad. ¿Dónde acaba el cosmos? ¿De dónde viene? ¿Qué hay ahí? Y taladraba a su paciente padre a preguntas. Este no siempre conocía las respuestas, pero sí acertó a la hora de espolear a su hija Elena para que siguiese preguntando, estudiando, observando. Ah, bueno, perdón, se me olvida un detallito: Elena Denia quedó fascinada con estas fruslerías cósmicas cuando contaba...¡cinco años! A esa edad el toque galáctico la sedujo y ahí sigue, enganchada a los misterios del universo y las teorías de Sheldon Cooper sobre asuntos de física cuántica. A los cinco años, cuando otros balbucean, Elena sufrió una epifanía y ya tuvo claro el camino a escoger, que no era sino el del polvo de las estrellas. Su educación primaria cuajó en un colegio diferente: no examinaban, no obligaban, encauzaban a los alumnos hacia la reflexión y estos podían escoger las materias a estudiar. Conste que uno, de normal, en historias académicas huye de estos experimentos, pero tras comprobar el currículum de Elena Denia me huele que, en efecto, con ella acertaron.

En Nueva York conoció a sus ídolos, pero también disfrutó del jazz

Antes de acudir a la universidad dos fustazos fertilizaron su elección. La serie de documentales del recordado Carl Sagan y leer el libro de Brian Greene ‘El universo elegante’, una joya del género, determinaron que se matriculase en Físicas. El último curso lo terminó en el prestigioso instituto Miels Bohr, allá en Dinamarca, y después, conseguidos los laureles, marchó a Madrid para iniciar un máster sobre la comunicación en la ciencia. Para redondear esta formación también visitó Barcelona para elaborar un trabajo en otro máster sobre comunicación que respondía al nombre de ‘La divulgación de la ciencia a través de la narrativa de ficción’. Y es que Elena no es un roedor de laboratorio obsesionado con ecuaciones y tal y tal. Le encanta no sólo el aspecto científico, sino la divulgación y por supuesto la ciencia ficción tanto en el soporte cinematográfico (la peli ‘Contact’ también la marcó) como en el literario, y entre sus escritores favoritos destacan Juan Miguel Aguilera, el venerable Enguídanos y su número uno particular, Dan Simmons. Por supuesto, esta pasión la ha arrastrado a cruzar la línea y, además de consumir, optó por la creación y ganó el concurso literario del ramo Pascual Enguídanos, mostrando una Valencia postapocalíptica gracias a una narración bautizada como ‘La celda de los maestros’. Y si quieren ustedes otro máster también lo tiene, pero en astrofísica y me callo que soy de letras puras.

Irene Marsilla

Rompió fronteras mientras preparaba su doctorado en el Instituto Ingenio (CESIC-UPV) y marchó cuatro meses a Nueva York para zambullirse en las aulas de la famosa Columbia. Frente al mito que asegura la hostilidad y la rudeza de Nueva York cuando aterrizas, esa ciudad que es una verdadera jungla del asfalto, ella, al cabo de dos días, estaba perfectamente integrada y califica la urbe que nunca duerme como «maravillosa». Amante del jazz (Billie Holiday, Stan Getz, Charlie Mingus), recorrió buena parte de los engolfados clubes nocturnos de jazz, además de visitar durante el día la biblioteca pública para luego almorzar -que no todo va a ser nutrir el espíritu, pues el alma precisa de confort alimenticio- en el Bryants Park. Pero no olvidará Nueva York, porque allí conoció a dos señores que admira muchísimo; me refiero a Neil Degrasse Tysson, astrofísico y sucesor de Carl Sagan, y al mismísimo Brian Greene. Así pues, máxima emoción y entrevista que les realizó para su gran proyecto, ni más ni menos que el canal de YouTube de divulgación científica que acaba de montar y que se llama ‘Early Universe’. No se lo pierdan. ¿Me dejo algo respecto a esta astrofísica valenciana? Sí, muchas cosas, como por ejemplo que recibió el premio Prisma a la divulgación por un programa de radio titulado ‘Café cuántico’, pero en fin, ya no nos queda espacio. Elena Denia ignoro si alcanzará las estrellas, pero que pisará la estratosfera lo tengo clarísimo. Y escucha a Charlie Mingus...

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