La casa de Javier Rubio

La casa de Javier Rubio
Damián Torres

El arquitecto vive en un inmueble de siete por siete metros que conjuga la sencilllez y su vocación por la geometría. «Tiene todo lo que debe tener una casa pero en un espacio reducido», subraya

ELENA MELÉNDEZ

La historia de este inmueble bautizado como ‘casa cubo’ se inicia hace casi veinte años. En origen la parcela albergaba una casa familiar propiedad de los padres de Javier Rubio, arquitecto y artífice de este refugio estival de diseño cuadrado. «Llegó un momento en que el chalé paterno se quedó pequeño para toda la familia. Decidimos hacer la ampliación con nuestra casa y una zona para aparcar los coches. Compartimos piscina y parcela», explica. Se trata de uno de los primeros trabajos que proyectó Javier. Querían algo sencillo y funcional que no les diera muchísimo trabajo. El resultado es un espacio optimizado al máximo con tres habitaciones y un cuarto de baño en la planta superior. El área principal acoge cocina, sala de estar y un pequeño aseo. El exterior está revestido al completo por ladrillo cara vista. «Tiene todo lo que debe tener una casa pero en un espacio reducido. Es un cubo de siete por siete. Por lo tanto, hay 49 metros cuadrados por planta», resume. Aunque los interiores son sencillos, la vivienda posee detalles que la diferencian de la arquitectura convencional, como por ejemplo las amplias ventanas que se integran dentro de los tabiques.

A nivel constructivo el gran reto, que Javier califica de «experimento», fue la decisión de no instalar ningún pilar creando una superficie entera con un hueco central de dos metros y un forjado reticular totalmente exento, «lo que lo convierte en un atrevimiento estructural», confiesa. La casa tiene una habitación orientada al este. Por lo tanto, la corriente de aire siempre es constante y, por mucho calor que haga fuera, cuando cierran las ventanas consiguen mantener una agradable temperatura. El nombre de ‘casa cubo’ es una clara alusión a sus formas y un alegato a la tendencia presente en la mayoría de trabajos de Javier. «Creo que la arquitectura está yendo hacia formas geométricas bastante puras. Se trata de un estilo que impresiona a la mayoría de público, más que las formas onduladas. La sencillez hace que todo sea más rotundo». Las dos plantas están comunicadas por una escalera de caracol central de acero galvanizado pintado que, pese a su sencillez, toma el protagonismo del espacio. En la parte superior una claraboya aporta luz a toda la vivienda consiguiendo que, prácticamente durante todo el día, no haya que encender las luces. Además, también realiza funciones de ventilación otorgándole las características de una vivienda bioclimática y consiguiendo que el calor escape por arriba.

La escalera de caracol de acero galvanizado una las dos plantas

En la parte superior el espacio está muy limitado. Una gran curva articula toda la superficie dividiéndola entre los tres dormitorios y el baño. «El reto fue aprovechar al máximo el espacio para que cumpliera su cometido. Dar con la forma me costó muchísimo, las cristaleras sólo están en el centro y todas las habitaciones tenían que ventilar. Hubo que aprovechar todas las esquinas de la curva», detalla.

A la hora de plantear el jardín era prioritario ganar espacio para poder aparcar un número mayor de coches, así que se decidió urbanizar media parcela destinada a parking y paellero y en la otra media se mantuvo el jardín que ya estaba antes de la reforma. Un caminito de baldosas de hormigón recorre el exterior marcando las rutas que te conducen a los distintos puntos de la parcela. «Como dicen mis hijas y mi mujer, en la parte de atrás tenemos ‘la isla de Ágatha’. La llamaron así por las palmeras y la forma de margarita que tiene». En opinión de Javier, el diseño ha perdurado muy bien en el tiempo cumpliendo con las expectativas que buscaban. «Hemos aprovechado al máximo la orientación. Se está muy a gusto, nos instalamos aquí en junio y no nos marchamos hasta octubre».

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