La casa de Carlos Tíscar y María Antonia Giménez

La casa de Carlos Tíscar y María Antonia Giménez
Damián Torres

Quitaron tabiques, redefinieron espacios, elevaron techos y hasta diseñaron sus propios muebles. Todo para colmar el deseo de armonizar sencillez y tradición sin salir del barrio del Carmen

ELENA MELÉNDEZValencia

Que estuviera en el barrio del Carmen y rezumara ambiente familiar y proximidad era la premisa que llevó a Carlos Tíscar y María Antonia Giménez a escoger la vivienda que hoy es su hogar. Hace diez años decidieron dejar el piso antiguo en el que vivían para hacerse con una propiedad por la zona. «Primero queríamos un piso de origen y reformarlo, pero nos dimos cuenta de que no era tan sencillo encontrar algo así y además los que vimos tenían muy poca luz», explica María Antonia. Pero la solución estaba muy cerca de ellos. Justo al lado de su residencia de entonces había un solar con una nave que almacenaba señales de autopista. Se enteraron de que iban a construir una finca y, pese a tratarse de un proyecto familiar, los propietarios accedieron a venderles un piso.

Acostumbrados a los techos altos y el suelo de baldosas de la casa anterior no sabían qué hacer en este piso de nueva construcción, donde además debían cumplir unos requisitos técnicos que les limitaban. «Nos dejaron hacer la planta a nuestra medida, quitamos los tabiques, dimos la galería a la cocina, reubicamos algunos huecos para tener más luz natural y eliminamos el pasillo», detalla Carlos.

En los planos iniciales figuraba una ventana de guillotina que comunicaba la cocina con el salón, pero finalmente no se iba a instalar. Ellos ya se habían hecho a la idea, así que la encargaron a un fabricante de ventanas pese a que ya no las realizaba. La cocina la compraron por módulos y colocaron cada elemento, incluida la campana. El techo les parecía bajo y llegaron hasta el forjado para tener la máxima distancia. «Básicamente todo el mobiliario lo elegimos nuevo, no nos servía nada de lo anterior, sólo una pequeña mesa de cristal. Creo que no se puede trasladar las piezas de un sitio a otro, salvo las especiales que te gusten mucho», afirma Carlos. Fue él mismo quien diseñó todos los muebles de la casa a excepción del sofá. Cuando llegaron en cajas a María Antonia le parecieron demasiado oscuros y no le gustaron, pero poco a poco se enamoró de ellos y de un hogar que perdura en el tiempo. «Desde que vivimos aquí no hemos tenido que cambiar nada. Está todo muy unificado y pensado, no hay ni una sola cosa escogida al azar», asegura.

La homogeneidad se afianza en los suelos, colores y lámparas, iguales para toda la casa

Hacemos un recorrido por un espacio donde la huella de Carlos, diseñador industrial especializado en mobiliario, queda patente dando lugar a la mesa y sillas de salón, un prototipo que no se llegó a fabricar, o al cabezal de la cama, que incluye una base para almacenar cosas solventando así la falta de espacio que les impidió colocar dos mesillas de noche. Además hay una hamaca firmada por él, armarios y mesas varias.

A la hora de decidir las características de la iluminación artificial, Carlos rechazó ubicar un tipo de lámpara en cada sitio. «Prefiero un sistema único. Yo no soy interiorista, por ello soluciono todo con la máxima simplicidad. Un mismo suelo menos en la cocina, mismos tonos, mismas lámparas... Huyo de la tendencia para que perdure en el tiempo».

La idea clave era tratar de recrear las sensaciones que produce entrar en una casa tradicional valenciana, con un espacio único sin pasillos y puertas con cristales que dan al patio interior trasero. «Estos módulos acristalados son el homenaje a esas puertas vidriera. Antonia se crio en una casa de pueblo en la Ribera Alta. Era difícil que este piso se la recordara pero con ciertos elementos escogidos lo logramos», concluye Carlos.

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