La casa de Álvaro Zarzuela y Esther Martín

Damián Torres

La compra de esta vivienda en Ruzafa y el nacimiento de su hijo llegaron de forma simultánea. Por eso en la decoración tuvieron mucho que ver las necesidades del pequeño de la casa, así como el gusto familiar por los detalles

ELENA MELÉNDEZ

La búsqueda de casa por Ruzafa se prolongó durante meses. Visitaron numerosas viviendas, aunque siempre se encontraban con el largo pasillo típico de los edificios del Ensanche. Un día vieron el anuncio de una más, pero Esther ya estaba cansada. «Venga, la última», le animó Álvaro. Y llegó la sorpresa. «Es de esas veces en que parece que la casa te habla. Además fue mutuo; Álvaro y yo nos miramos y supimos que era ésta», recuerda Esther. Corría el año 2013 y la familia acababa de crecer, ya que su hijo Aníbal apenas tenía cinco meses. La distribución es la original. El salón se dividía en dos y lo primero que hicieron fue tirar sendos tabiques para hacer una zona diáfana a la que ganaron los metros del recibidor. Actualizaron la instalación eléctrica y cambiaron el suelo, porque era negro con algo de relieve y les apetecía una madera cálida. ¿El objetivo? Que Aníbal, quien en ese momento empezaba a gatear, tuviera toda la superficie de la casa para explorar. Además, el color oscuro se comía mucha luz. «Cada año vamos haciendo una pequeña mejora. La siguiente será el cuarto de baño y las puertas. Son preciosas, pero están hechas polvo y ya no encajan en los marcos».

Para ambos lo mejor de la casa es la iluminación natural que baña cada metro cuadrado, pues al no tener pasillo todas las habitaciones hacen esquina y disponen de ventana. Los techos son los originales. Les costó encontrar a alguien que tirara el tabique sin estropear la moldura. «Era importante. Nos parece un detalle muy atractivo. Todo lo que hemos podido lo mantenemos», precisa Álvaro.

Los pequeños detalles y las piezas singulares están presentes a lo largo de toda la vivienda. Su día a día al frente de la tienda de regalos que regentan en Ruzafa hace que a los dos la decoración les salga de dentro, sin pensar. El protagonismo del salón lo toma la enorme estantería formada por módulos de plástico traída de Israel y que han ido ampliando. Las macetas son piezas tradicionales realizadas en barro de manera artesanal. «El abuelo de Álvaro tenía una tienda de cerámica. Escogerlas fue una vuelta al origen de toda la saga de tenderos de la que él viene», explica Esther.

La abundancia de ventanas es garantía de luz natural

La mesa es una recién llegada. Siempre habían querido una redonda con la pata al centro y por fin la consiguieron. Las sillas son una réplica de la Phantom. La bancada con la zona de ordenadores la hicieron de obra porque buscaban un espacio de trabajo integrado en el salón. «No tenemos tele pero hace poco nos hicimos con un proyector con el que vemos las películas en la pared. Aníbal está encantado», reconoce Esther. En un estante reposa el teléfono antiguo del que ella se enamoró en Londres. «Me tiré todo el año viéndolo en Portobello y preguntando su precio a ver si bajaba. El último día antes de volver lo compré con el dinero que me había quedado».

El recorrido sigue con distintos objetos del Doctor Who, una marioneta de su amigo ilustrador Martín López, unas lámparas suecas de papel en distintos tamaños y colores y un poto, una kentia o una oreja de burro, plantas que les gustan y refrescan el ambiente. Álvaro adora rodearse de cosas que le ayuden a dar forma a su propio estilo de vida y Esther aboga por objetos que realmente necesiten: «Comprar menos y mejor. Si me hace falta una aceitera invierto quizá un poco más pero prefiero que sea la que quiero».

Fotos

Vídeos