La casa de Alfredo Esteve

La casa de Alfredo Esteve.
La casa de Alfredo Esteve. / Damián Torres

La huella de los frecuentes viajes a Milán convive con el amor hacia la ropa vanguardista o la pasión por la historia. Son tres de los pilares de la filosofía de este experto en moda y todos ellos se reflejan en su casa de Meliana

ELENA MELÉNDEZ

Los tatarabuelos de Alfredo Esteve vivieron en Meliana, al igual que los abuelos, los padres y él mismo junto a sus hermanas en la casa que hoy acoge su hogar. Hace ahora doce años que acometió una reforma para actualizar la construcción centenaria y conservó el trabajado suelo habitual en las casas de la zona. «Es el típico de mosaico Noia, la fábrica está aquí en Meliana. La quise restaurar con materiales nobles manteniendo las vigas y todo aquello que yo consideraba que formaba parte de su identidad y a la vez darle el toque actual», afirma.

La zona de entrada y el salón conservan la distribución original y ofrecen una bella perspectiva en línea recta hasta el patio arbolado. Junto a la entrada, escoltada por cortinas de corte teatral, se encuentran los dos sofás tapizados en terciopelo dorado que ya anticipan el estilo que impera en el resto de la vivienda. «En toda la casa hay mucha inspiración italiana, la pintura de la pared, las columnas antiguas o la elección de los colores. Me gusta mezclar piezas antiguas como ese sagrario adquirido en un convento con cosas actuales como la lámpara de Phillipe Starck». Sus colores son beige, blanco y ocre, y se decanta por tejidos naturales como el lino o el otomán, pues para Alfredo la casa debe ser agradable, sinónimo de relajación, combinar piezas y texturas pero manteniendo una armonía.

La huella de Italia le viene de los frecuentes viajes a Milán que realiza para elegir las colecciones. «Todos los años viajo unas veinte veces allí y me instalo en un hotel pequeñito detrás de la Scala de Milán que es como mi segunda casa». En la parte antigua de la vivienda, por la que antes entraban las caballerizas, Alfredo ha instalado un garaje que da paso a la terraza, un bonito vergel que el experto en moda masculina ha convertido en su pequeño rincón cuando busca tranquilidad e inspiración. Para escoger el suelo de esta zona exterior se inspiró en un convento. Me cuenta que lo hicieron a mano, piedra a piedra, y lo combinó con baldosa cerámica. Allí tiene ficus benjamina, kentias, olivos, briantus, esterlicias, cuyas flores blancas le conquistan, y dos cipreses. «Es mi árbol favorito. Aquí se relaciona con el cementerio, en cambio en la Toscana lo usan para cortar los vientos. Me relaja regar y cuidar las plantas».

Las puertas de la casa son las originales que quiso mantener. El espejo de la entrada es antiguo, al igual que la cómoda o las dos columnas que se erigen en el acceso a la zona de salón. Las paredes de toda la casa están decoradas con obras firmadas por distintos amigos y clientes, reputados artistas, los cuales prefiere no nombrar. «No me gustaría dejarme a ninguno», afirma con delicadeza. Hace una excepción ante una pintura de Enrique Senís, un retrato que hizo de su hermana Roseta el año en que se convirtió en Regina del Jocs Florals. «Fue la primera Regina síndrome de down en 131 años. Lo vivimos con mucha emoción y el pueblo entero se volcó con nosotros. Los tres hermanos somos una piña pero el motor de todo es Roseta, nuestra gasolina. Con ella disfrutamos mucho», confiesa.

En Alfredo se combinan el amor por la moda y las prendas vanguardistas con la pasión por la historia, por las cosas con sabor que le digan algo. Un amor por el detalle que, en su opinión, tiene mucho que ver con su profesión y que extiende hasta su afición por las plantas o la buena mesa. «Me gusta el riesgo de las cosas sensibles, el probar cosas nuevas, explorar los sentidos. Yo nunca escojo para mí, pienso siempre en qué le va a gustar al otro, incluso en casa soy el último en arreglarme».

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