Carmen Alcayde: «Me preocupa pasar de los cincuenta y pico y dejar de ser una chica mona»

Carmen Alcayde: «Me preocupa pasar de los cincuenta y pico y dejar de ser una chica mona»
Damián Torres

La familia es el eje de un discurso que alterna positividad, agradecimiento y nostalgia

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Se atropella al hablar, de tantas cosas que tiene por explicar, acostumbrada a las tertulias de ‘Gran Hermano’ o a las charlas con sus amigas del instituto. «Todas tan locas como yo», puntualiza. A Carmen Alcayde le brillan esos grandes ojos negros que transmiten tanto o más que sus palabras, sentadas como estamos a mediodía en una de las cafeterías de moda de la Alameda, cubriéndonos a duras penas del sol que en Valencia todavía molesta entrado ya el otoño. Ha elegido este lugar, junto al gran ficus, para la sesión de fotos porque para ella significa infancia, familia, amigos, aire libre, buen tiempo. En una palabra, Valencia. «Estoy de acuerdo con todo lo bueno que se diga de la ciudad». Porque esta mujer de 44 años que triunfó con ‘Aquí hay tomate’, fija en los programas de debate sobre ‘Gran Hermano’ o ‘Supervivientes’, decidió volver a su tierra natal pese a seguir trabajando en Madrid para estar cerca de los suyos y que sus tres hijos se sintieran, como ella, valencianos.

-¿Cómo vive con la inestabilidad que da el trabajo en televisión?

-Yo la he buscado. Antes de irme a Madrid trabajaba en Canal 9 como reportera y cuando ya había aprobado la primera parte de la oposición y sólo me quedaba el práctico lo dejé todo y me largué. Ahí pensé: «La plaza, para el que la quiera». Era la única manera de sentirme viva e incluso ahora que tengo tres hijos ardo en deseos de empezar cada día porque el miedo te paraliza, hace que no brilles, que no saques todo lo que llevas dentro. El que no arriesga no gana y a mí me gusta arriesgar cada día.

-Pero hay momentos en los que incluso ha llegado a desaparecer de la pantalla.

-Las puedes pasar canutas unos meses, otros no. Es cierto que tienes que ahorrar para cuando no te salgan las cosas, y al final parece que todo se reduce al dinero, está claro. Yo no dejo de ser una persona normal, que vengo de una familia de trabajadores, que me lo he currado desde abajo y no tengo nada que me respalde. Pero para mí esa frase tan dicha de «nunca dejo de aprender» va ligada a la inestabilidad, porque cuando tienes que hacer algo nuevo, otro programa, tienes que reciclarte, no oxidarte. Eso te permite empezar de nuevo.

-Sus comienzos están en la calle, de reportera, como la mayoría de periodistas.

-Pasé por Valencia Teve, por la televisión de Gandia, luego llegué a los informativos de Canal 9… Pero no hacía lo que me gustaba, porque lo que siempre he querido es hacer reír y entretener. Y eso que nunca me pusieron a cubrir sucesos o política.

D. Torres

-¿Ha sido payasita de pequeña?

-He sido una payasita desde que tenía tres años. Y le he dicho a mi madre: «Mamá, quiero ser artista». Mi obsesión siempre fue llegar a la mayoría de gente posible. Si hubiera tenido un inglés perfecto me hubiera largado a Nueva York; como no era el caso, mi objetivo fue Madrid. Y estoy allí feliz, pasándolo bien, porque no creo que en esta profesión haya que pelear o luchar, sino divertirse. Tanto de reportera de ‘Cazamariposas’, donde recordé mi época con veinte años en Canal 9, como al estar de presentadora en Argentina, o de colaboradora, he disfrutado a tope. Es mi gran pasión, porque para mí ir a trabajar es como para un niño entrar en un parque de bolas.

-Muchos de esos compañeros que salen con usted en los programas de entretenimiento confiesan que les desestabiliza ese tipo de vida.

-Igual me debería desestabilizar pero no es mi caso porque estoy muy loca. Soy una eterna Peter Pan, siempre me creo que todo va a salir fenomenal. Si mi marido, que es el realista, quien tiene los pies en el suelo, me habla de facturas, yo le contesto: «No me hables de esas cosas porque yo soy una artista». Para mí es todo color de rosa. No me refiero a problemas graves, eso es otro tema. Pero los del día a día, el dinero, si hace sol o frío, yo siempre le digo: «No me cuentes nada porque yo he de estar feliz». Él se desespera, pero gracias a eso le enseño lo que es la fantasía, que creo que no hay que perderla. Llevo una niña dentro que no se me va.

-Quizás por ello ha tenido tres hijos…

-Sí, sí, los tuve para que la niña que hay en mí pudiera tener gente como yo en casa. El terror que queda es que cuando crezcan seré la más inmadura de todos, y entonces habrá un referéndum y me dirán: «Mamá, es el momento de madurar». De hecho, mi hija de siete años a veces me dice en el supermercado: «No cojas tanto chocolate, o no hagas eso, o lo otro». Esta mañana un sobrino mío no quería subir al autobús del colegio y yo le decía: «Va, que me voy con vosotros». Y ellos se avergüenzan de mí. Me gusta mucho jugar con ellos, me tiro al suelo, les cuento cuentos en los que me meto en el papel como si fuera un teatro… y flipan conmigo. Hay un vídeo por las redes en la que una madre entra en una máquina para transformarla como quiere el niño. Y el otro día mi hijo, que tiene unas salidas brutales y que se ve que quedó traumatizado después de verlo, me preguntó: «¿Quedan todavía máquinas de esas para cambiar madres? Es que tú eres la mejor madre del mundo, no quiero que te cambien». Eso te da la vida.

«¿Cirugía? Sólo estoy operada de nariz. Eso sí, dos veces. La primera me dejaron la punta rara»

-¿Lleva bien el paso del tiempo? Hay momentos en que las mujeres caen en la tentación de la cirugía estética...

-Sólo estoy operada de nariz, eso sí, dos veces, y por una cuestión de televisión, porque era muy grande y sabía que en los castings iba a encajar mejor si era más pequeña. La primera vez me dejaron la punta rara, la que tenía cuando presentaba ‘Aquí hay tomate’, y volví a entrar en quirófano. Por cierto, dicen que me operó el mismo que a la Reina Letizia. Al final con ella he compartido también las clases de máster y el ginecólogo. Recuerdo que en medio de la cesárea notaba sus manos y me hice un monólogo con el doctor Ricasens diciéndole que parecía un becario, que me dolía. Allí todos se reían.

-Ni en esa situación pierde el humor.

-Creo que es la mejor manera de superar las cosas. He tenido momentos complicados que no hace falta contar y en los que he desarrollado mucho humor negro.

D. Torres

-Perdió a su padre muy joven.

-Yo tenía sólo un año cuando falleció, así que de niña le afectaba más a la gente cuando lo decía que a mí misma. No lo conocí y no tengo recuerdos propios. Es verdad que al crecer lo echas mucho de menos y te preguntas cómo sería.

-Y su madre quedó sola con tres hijos.

-Fue una luchadora. Salió adelante con nosotros tres por las mañanas de funcionaria en el Ayuntamiento y por las tardes en la zapatería que montó.

-Ni su familia, y después tampoco su marido, tienen que ver con el mundo de la televisión.

-Es cierto. Mi marido es el anclaje a tierra, cero fama. Le gusta lo que hago, vemos programas juntos y es muy crítico conmigo. Revisa mis libros y me puede tachar páginas enteras, aunque en las redes sociales me ha dado ya por imposible.

-Volvamos a la imagen. Le preguntaba si lleva bien el paso del tiempo.

-Me importa envejecer bien, me cuido bastante porque tengo ya 44 años y en ese sentido admiro mucho a Mercedes Milá, una mujer a la que se la suda todo. O a Tania Llasera, que engordó y no le ha importado, al contrario. Yo no soy tan guay. Este verano me puse encima tres kilos y hasta que no me los quité no he parado. Corro por el río, hago pádel, voy al centro de estética y me pongo vitaminas... Tampoco me quiero obsesionar pero pasar la barrera de los cincuenta y pico y ya no ser una chica mona, por mucho que nos neguemos, sí me preocupa. Porque tampoco quiero convertirme en una cara petrificada y que digan: «Mira, pobrecita, a lo que ha llegado».

-¿Siente que las mujeres estamos en ese sentido esclavizadas?

-Yo no diría que es cuestión de machismo. Las mujeres somos más coquetas desde pequeñas, nos gustar estar monas. Mis hijas me piden que les ponga colorete, y entre nosotras siempre digo que la mayor rival de una mujer es otra mujer. Yo aspiro a ser así, como Mercedes Milá, pero no he llegado a ese punto.

-La verdad es que se mantiene bien.

-Pero no soy Sara Carbonero, o Lara Álvarez, que son guapísimas con la cara lavada. Me considero más como la gente normal, que te arreglas y te sacas partido. Siempre me lo han dicho los maquilladores de la tele: «Contigo da gusto porque te transformamos». Como un cisne.

«Me encantaría que mis niños tuvieran una vocación. Yo la he tenido. Eso te motiva»

-Trabaja en Madrid pero un día decide volver a Valencia. ¿Por qué?

-Gracias al AVE. Lo inauguraba Camps y yo ya iba en el vagón de al lado. Llevo casi ocho años aquí y estoy feliz porque Madrid está a hora y media. Si voy al programa de Ana Rosa Quintana me levanto a las siete de la mañana y vuelvo cuando acabo. Es verdad que cuando estaba en Valencia quería volar, pero hoy me doy cuenta de que para mí lo pequeño era Madrid. Sí, he ido a muchas exposiciones, museos y fiestas pero al final necesitaba a mi entorno. Aunque tengas amigos allí la gente vive donde puede e intentas quedar y es difícil. Y yo soy muy amiguera.

-Y no se arrepiente de la decisión.

-Es que estoy enamoradísima de Valencia, ‘la millor terreta del món’. Todo lo que se diga bueno de ella lo corroboro. Me apetece mucho trabajar aquí, a largo plazo. He cumplido mi sueño y me encantaría seguir haciendo cosas en Madrid pero después volver a casa y acabar aquí. Radio, tele, prensa… Lo que sea.

-Vivió con ‘Aquí hay tomate’ el punto álgido de su carrera profesional, que sin embargo no ha ido a la par posteriormente con la de su compañero Jorge Javier Vázquez. ¿Ha sentido en algún momento que fracasaba?

-He querido ser feliz. Si me hubieran ofrecido programas, por supuesto que habría dicho que sí. Y seguiría trabajando como lo ha hecho él. Pero a posteriori, viendo cómo me ha ido, doy gracias cada día. No estar en el top me ha permitido tener tres hijos y disfrutar de ellos, he podido viajar… Esta semana Bertín Osborne entrevistaba a Paz Padilla y por una parte admiras su espectacular casa y por otro lado ves que casi se pone a llorar diciendo que echa de menos Cádiz. Yo es que soy una persona muy positiva. Siempre veo el lado bueno de las cosas, pocas veces miro atrás y además me considero cero envidiosa.

-¿Qué dicen sus hijos de su popularidad?

-Se parten por el hecho de que siempre me estén pidiendo fotos. Me dicen: «Mira, tus fans». Alguna vez me han llegado a perseguir por la calle y quizás cuando ya puede ser más pesado es a partir de las dos o las tres de la madrugada, porque la gente bebe y está más desinhibida. Es verdad que ya no salgo tan tarde, y si lo hago quedamos en alguna casa o algún sitio más tranquilo. ¿Pero sabe lo guay que es? Al final a mí me encanta gustar a la gente.

«No estar en el top me ha permitido tener tres hijos y disfrutar de ellos»

-¿Anhela el día en que uno de sus niños le diga: «Mamá, quiero ser artista»?

-Me encantaría, pero sobre todo me gustaría que tuvieran una vocación. Yo la he tenido. Desde que tengo uso de razón me hacía programas de radio, escribía cosas que leía a mi familia, hacía programas de televisión como si hubiera invitados. Y eso motiva, perseguir ese sueño. Y saber verlo desde pequeño. La educación tiene que estar enfocada a encontrar esa vocación en cada niño. El otro día mi hija me dijo que se quería apuntar a teatro. Le contesté: «Me has tocado la fibra». Porque les había dicho que sólo una extraescolar cada uno.

-Es bonito saber lo que uno quiere en la vida.

-Es un error pensar que si quieres ser músico vas a morir de hambre. Seguro que te va mejor que si eres un abogado cutre. En lo que sea tienes que ser el mejor y si es tu vocación no es un trabajo. Para mí lo pesado es planchar la ropa, fregar los platos, pero estar en la televisión supone mi máxima ilusión. El verano pasado lo pasé en Madrid trabajando y venía los fines de semana. Este verano todo lo contrario. He estado con los niños y ha sido mucho más agotador. He acabado de los nervios. Porque yo estaría todo el día jugando pero hay que hacer deberes, cenar, ducharse…

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