Blanca Pons-Sorolla: «Cuando me muera podré preguntarle todo lo que me queda por saber»

José Ramón Ladra

En la casa madrileña del pintor valenciano más universal encuentra su bisnieta la paz. Hoy alberga un museo lleno de historia, y es ahí donde Blanca Pons-Sorolla abre su corazón mientras pasea por esos jardines que diseño el propio artista

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Dicen que Madrid es una ciudad dura para vivir. Y en efecto hay signos, apenas al llegar, de que no debe de resultar fácil: el paso acelerado de la gente, el clima extremo, los atascos. Es Madrid, sin embargo, una ciudad de contrastes, y junto a un tráfico infernal en pleno centro, tras unas rejas de hierro, el tiempo parece detenerse; sólo se escucha el ruido del agua de un pequeño estanque y aquí y allá aparecen visitantes que habitan, rodeados de vegetación, como queriendo retroceder un siglo para imaginar a Joaquín Sorolla, nuestro valenciano más universal, paseando por este jardín que rodeaba su casa, convertida ahora en museo, y que él mismo diseñó para poder retratarlo después. A Blanca Pons-Sorolla, su bisnieta, eso de retrotraerse al pasado le ocurre cada día. Y no hay momento en que no se vuelva a emocionar. Miembro del patronato de la fundación que lleva el nombre de su bisabuelo, parece incluso, por su aspecto etéreo, elegante y dulce al mismo tiempo, que hemos viajado en el tiempo y que realmente estamos a principios del siglo XX, y que es una de las hijas de Sorolla, o incluso su mujer Clotilde, quien nos está hablando de aquel pintor que retrató como nadie las playas y la luz de Valencia.

-Este lugar es maravilloso y el tiempo parece no discurrir. Sólo por eso debe de estar orgullosa de apellidarse Sorolla.

-El orgullo es tener una familia tan generosa que ha hecho una donación como ésta, donde hay más de mil trescientos cuadros y cinco mil dibujos, además de los muebles o las cartas. Y mi dicha es que la voluntad de mis bisabuelos sigue viva, porque esto se ha convertido en un templo de conocimiento de la obra de Sorolla, justo en la casa que él construyó y donde vivió. Aquí es mucho más fácil entender al artista. Personalmente, creo que sigo teniendo el deber y la obligación de que esto continúe así.

-¿En qué momento decide usted implicarse?

-Mi padre, Francisco Pons Sorolla, arquitecto, fue director del Museo Sorolla, que entonces era una fundación benéfico-docente de carácter particular, y aunque viajó por toda España reconstruyendo monumentos, algunos en Valencia, como San Juan del Hospital, por ejemplo, en sus tiempos libres, los fines de semana, las tardes que podía, venía al museo para sacar adelante todo esto. A finales de los setenta lo que era una fundación se convirtió por decreto, de la noche a la mañana, en un museo estatal. Pero había que conseguir revitalizar la fundación y a partir del año 92, cuando mi padre comenzó con los síntomas del Alzheimer, yo me impliqué en esto. Junto a mi tío Víctor Lorente Sorolla y mi prima Beatriz Lorente Boyer, trabajamos con el Ministerio hasta crear los nuevos estatutos de la Fundación Museo Sorolla. Desde entonces me dedico a Sorolla aún con más ahínco, porque ha sido mi pasión, es mi pasión y será mi pasión.

-¿En qué momento una es consciente del legado que lleva y se propone hacer lo posible para perpetuarlo?

-Nosotros nacimos en la casa de mis abuelos, de mi abuela María, porque mi padre era hijo único, y aunque ella murió cuando yo tenía siete años, para mí era mi ángel; estaba continuamente con nosotros, nos contaba historias de su padre y yo digo que mi interés por él nació ahí. Mi padre siguió ejerciendo esa labor educadora en las comidas familiares, siempre de un modo liviano para no cargar. De hecho, yo empecé en algo muy distinto como es la arquitectura de interiores. Trabajé con arquitectos como Javier Feduchi o Rafael Moneo. Me casé y tuve a mis hijos muy joven. Mi segunda hija, que tiene ahora 42 años, es sorda de nacimiento y por ella abandoné mi profesión. Estudié logoterapia para dedicarme a atenderla y fui primera promoción en la facultad de Medicina de Madrid. Pero siempre en paralelo con Sorolla, con mi padre, leyendo, estando muy pendiente de todo. Cuando mi hija tenía unos siete u ocho años y ya estaba encauzada, la dedicación al bisabuelo fue plena.

-¿Hasta qué punto?

-El enamoramiento absoluto vino en esos últimos años de lucidez de mi padre, cuando leí las cartas que se habían escrito Sorolla y mi bisabuela Clotilde. Me enamoró perdidamente y decidí dedicarle a él el resto de mis días. Y en ello sigo.

-Qué bonito, un enamoramiento.

-Completamente. Es una de las cosas que nos ocurren a gran parte de quienes trabajamos en este mundo. Hay que decir que Sorolla enamora. Su obra es positiva, luminosa, pero también él era una persona maravillosa; un artista que contó con la suerte de tener fama en vida, que además no se lo creyó en absoluto, no fue engreído, todo lo contrario, siguió trabajando y lo que deseaba era continuar aprendiendo, pues consideraba que la vida era demasiado corta para perder el tiempo en otras cosas. Creo que todo eso engancha. Fue además un gran patriota, estaba enamorado de España, de su tierra, y su afán era también presentar fuera ese país que él tanto adoraba. Mi bisabuelo sabía que estaban ocurriendo situaciones complicadas y terribles en algunos casos, pero como él decía, a pesar de todo su playa de Valencia seguía hermosa y rezumaba vida.

-¿Qué cosas sorprenden más de Sorolla?

-Yo creo que lo primero es la imagen de un Sorolla íntegro. En un momento como éste en el que las vanguardias están de moda y parece que lo demás se borra, creo que lo primero que tiene que hacer uno es aprender a ver lo que el artista se propone. Y lo que se puede observar en Sorolla es su disfrute mientras pintaba su hermosa playa de Valencia, con una emoción que le hacía derramar lágrimas, algo que además sabemos porque se lo cuenta a su mujer en las cartas. Cuando miramos una de esas playas tendríamos que ponernos en la situación en que él se encontraba: sintiendo la brisa del mar en su piel, oyendo a los niños cómo juegan…, porque así lo traslada a la tela. Y en eso Sorolla es mago. Yo llevo muchos años dedicada a esto y a veces aparto mi lado más sentimental y veo objetivamente las cosas, y puedo distinguir incluso cuando mi bisabuelo no ha sabido poner todo el alma en lo que estaba haciendo por lo que sea, porque le preocupaba que a su niña Elena la había dejado el novio o que María estaba enfermita.

José Ramón Ladra

-Los valencianos consideramos a Sorolla como nuestro pintor.

-Es que a él le entusiasma el Mediterráneo, esa luz que tiene metida hasta los huesos. Es lo que más conoce.

-¿Cree que también tenía un carácter más mediterráneo?

-No hay la menor duda. Cuando empecé a leer el epistolario entre Sorolla, sus hijos y su mujer, me llamaba la atención la confianza con la que hablaban de un montón de cosas que incluso a mí me hubiera costado comentar con mi padre a pesar de que somos varias generaciones posteriores. Entendí que eso es Valencia, el Mediterráneo, ese mundo abierto. Castilla es diferente. Mi familia, por la tuberculosis de mi abuela, nunca veraneaba en Valencia, sólo fuimos en una ocasión a Dénia cuando yo era una niña, dos años antes de morir ella. Entonces los veranos los pasábamos en la sierra, porque era el lugar ideal para unos niños que vivían en un ambiente con una abuela tuberculosa. Pero a pesar de que fue una sola vez, recuerdo perfectamente aquellas puestas de sol.

-¿Ha vuelto mucho por Valencia de mayor?

-Desde que mis hijos son pequeños veraneamos en Xàbia, aunque como mi madre era de San Sebastián, las playas que empecé a visitar de pequeña eran las del norte. Sin embargo, tengo que decir que cuando voy en coche y llego a los cerretes de Buñol, un lugar que quizás no tiene nada especialmente bonito, mi corazón me salta. Y he llegado a la conclusión de que no puede ser otra cosa más que la luz, que la llevo metida muy adentro.

-Bueno, Xàbia es un enclave muy especial, además.

-Sí, donde Sorolla pintó muchísimo. A mí me da vida, de entrada. Esa sensación de libertad, de disfrute del mar, de mirar el verde de los pinos y de los naranjos al mismo tiempo. Me parece un lugar maravilloso.

-Se siente madrileña.

-Sería muy difícil que yo abandonara Madrid, donde he vivido siempre, entre otras cosas por este museo, en el que no voy a dejar de venir a no ser que enferme o me vaya al otro mundo.

-¿Qué experimenta aquí?

-En el museo siempre me encuentro bien, incluso cuando estoy enferma. Si he amanecido algo fastidiada, o incluso griposa, durante todo el tiempo que permanezco aquí es como si me curara de repente. Eso sí, salgo a la calle, me monto en el coche y vuelvo a estar igual. Yo le digo muchas veces a Sorolla: «No seas tan egoísta, cuídame también fuera».

-¿Le habla?

-Me lo digo por dentro. Creo que aquí me siento especialmente bien, se me pasan las penas, no tengo un mal recuerdo, es un mundo muy positivo, el mismo que invade a cualquier persona que visita este museo. En estos pasados años de crisis tengo que decir que yo he observado muchas veces en la puerta cómo venía la gente cabizbaja y abría los ojos al entrar en el jardín, saliendo con una sonrisa en la cara. Es cierto que en El Prado me pasa exactamente igual, que cuando quiero evadirme del mundo ya sé que mi lugar es un museo. Digo siempre que no hay cosa más barata, que puedes estar en él un montón de horas y que además te va a reportar siempre consecuencias positivas.

-¿Cuántas veces viene?

-Vengo continuamente. Trabajo desde mi casa, para mí no hay horas, si estoy metida en un proyecto me pueden dar las dos o las tres de la mañana, pero yo no lo siento como un trabajo, sino como un disfrute, como algo que tengo obligación de dar a conocer.

-¿Ha conseguido transmitir a sus hijos el amor por Sorolla?

-Mi hijo mayor es abogado y necesita vivir, sacar adelante a su familia. Sin embargo, a él le encanta su tatarabuelo, que le cuente historias de Sorolla. Además, tengo tres nietos a los que vamos imbuyendo en este mundo. Mi hija vive en San Diego, donde se fue después de estudiar en una universidad de Washington para sordos, y consiguió lo que quería a base de muchos años de esfuerzo, que es ser profesora de niños pequeños sordos. Está casada pero no han podido tener hijos. Su vida es otra, aunque también le gusta Sorolla. Luego hay algo a tener en cuenta, y es el tema económico; yo no vivo de esto y si lo hiciera estaría haciendo muy mal las cosas. No se puede mezclar la investigación con la parte mercantil.

José Ramón Ladra

-¿Duele tener a su hija tan lejos?

-La veo todos los días a través de internet. Son nueve horas de diferencia pero a partir de las seis o las siete de la tarde ya me está preguntando si estoy en casa para hablar. Ella me puede llamar por Facetime, me lee los labios y me habla con mímica. Este verano nos iremos mi marido y yo una vez más a San Diego para pasar una temporada larga con ella. Que, por cierto, viene también mucho a España. A su marido y a ella les encanta y están deseando que mi yerno se jubile para marcharse a vivir a Xàbia.

-¿Su marido sabía que se casaba con alguien tan comprometido con Sorolla?

-Me separé hace muchísimo y dos años después conocí a la persona con quien comparto la vida. Creo que mi marido lo ha entendido de entrada y sabe perfectamente que yo nunca voy a decantarme por él en contra de Sorolla. Y cuando alguien le pregunta quiénes son los amores de su mujer, él contesta siempre: «Sorolla, Sorolla, Sorolla, sus hijos y luego yo». No lo niega. Es maravilloso poder tener cerca a una persona que entiende que una gran parte de tu vida está aquí, y lleva bien que no le haga ni caso muchas veces. Pero es cierto que mi marido tiene también su vida, nos hemos conocido de adultos con vidas encajadas y creo que en ese sentido ha sido mucho más fácil.

-¿Qué le dice la gente que visita el museo cuando se entera de que usted es la bisnieta del pintor?

-Me saludan, se acercan, quieren una foto, una firma. Mucha gente sólo me mira, y es que si miran por internet es muy fácil identificarme por las imágenes que hay mías, con el pelo blanco, con el que llevo cinco años.

-Hay que tener personalidad para llevarlo.

-Estoy encantada porque, a pesar de que yo he sido muy morena y durante mucho tiempo me teñí, no era mi color y no me veía bien. Y así me encontré a gusto desde el principio.

-¿Le hace llorar Sorolla?

-Muchísimo, me emociono al leer sus cartas, en las que transmite sus deseos de vivir, las cosas que no pudo llegar a disfrutar. Y a veces se me saltan las lágrimas de alegría, de felicidad, al ver sus cuadros. A todos los que trabajamos con Sorolla y nos implicamos nos pasa lo mismo, esa emoción nos puede.

-¿Le hubiera gustado preguntar más cosas a su abuela, a su padre?

-Sí. No tanto con mi abuela, porque yo era una niña cuando murió, y evidentemente si tengo unos recuerdos tan claros es por mi padre, a quien me han quedado tantas cosas por preguntarle… A él también le pasó con su madre, porque en su caso, aunque sí conoció a sus abuelos, cuando Sorolla sufrió el derrame cerebral que lo mantuvo enfermo en una silla de ruedas mi padre sólo tenía tres años. Pero es verdad que siempre nos quedan cincuenta mil preguntas por hacer. Una vez la directora de este museo me comentaba que Julián Marías, su suegro, decía que ansiaba subir al cielo porque tenía muchas cosas que preguntar a los grandes pensadores. A mí me pasa un poco lo mismo; aquí me va a ser imposible pero cuando me muera y me vaya al otro mundo, a lo mejor tengo la ocasión de preguntarle todo lo que me ha quedado por saber.

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