Belén Roig, una voz entre dos continentes

Belén Roig sonríe en un momento dulce de su carrera artística./
Belén Roig sonríe en un momento dulce de su carrera artística.

Con un padre profesor de viola y un hermano violinista, la genética decidió por ella. Pero en su caso a la destreza instrumental se sumaban unas condiciones innatas para ser soprano

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMARValencia

Existe una sensación que las personas más o menos corrientes jamás descubriremos: pisar un escenario para deleitar a los espectadores con nuestra música y observar cómo vibran con nuestro arte. «¿Tú sabes lo que es tener enfrente a 70.000 fervorosas almas y comprobar que saltan al ritmo que les marcas? Es una sensación única, difícil de explicar». Esto me lo comentó en cierta ocasión el famoso batería de una estrella de rock. Y no, claro que no lo sé. Y con Belén Roig, la joven valenciana soprano que despunta con fuerza en los circuitos del ramo, constato que todavía existe otra sensación quizá todavía mejor o incluso más profunda. Por supuesto, tampoco la conoceremos los que formamos parte del público. «Cantar respaldada por la orquesta de Venezuela es algo apabullante. Tú estás ahí, y justo detrás tienes a esa masa orquestal, a esos excelentes músicos tan apasionados y formidables. Es algo increíble». Recuerdo al lector que esos músicos, la mayoría, han trabajado y afinado su temple con el maestro Dudamel, uno de los actuales genios de la batuta.

Belén Roig, con sólo 26 años, ya sabe lo que supone actuar junto a tan reputados profesionales. Cuarenta días estuvo en Venezuela. Por desgracia, frente a esa calidad musical tan impresionante se topó con la cruda realidad. O con lo que pudo ver de ella. La sobreprotegían. Del hotel al escenario y viceversa. Nada pudo vislumbrar de Caracas. Le apenó la atmósfera de carestía flotando sobre las cabezas, esas advertencias acerca de lo duro de la rutina diaria. A veces no había agua para beber y entonces se echaba mano de los refrescos, en fin...

Pero vayamos al principio. La valenciana Belén Roig consiguió la carrera de violín en el Conservatorio Superior de Música de Valencia, así como el título Superior Interpretativo de Canto Lírico (es premio extraordinario fin de carrera, nada menos). No olvida a su profesora Ana Luisa Chova y le gusta homenajearla porque «no hay nadie con tanta vocación como ella». El ambiente familiar favoreció las aptitudes de Belén: su padre fue profesor de viola en el conservatorio de Carcaixent y músico en las orquestas de La Coruña y Valencia. Su hermano también es violinista, profesor especializado en el método Suzuki. Sí, el destino encauzaba sus apetitos, sus inquietudes, pero nadie regala nada. Se lo curró. Recuerda agradecida los primeros talleres organizados por el Conservatorio, pues ahí comienza a forjarse el artista y sin ese paso previo no se llega a ninguna parte.

Frente a las carreras de velocidad espídica, efímeras en demasiadas ocasiones, vindica el granito a granito. Así ha prosperado ella. Debutó, digamos en serio, hace nueve años durante la quincena musical de San Sebastián. Escalón tras escalón ha evolucionado hasta marchar hacia Latinoamérica, no sólo a Venezuela, sino también a Guatemala, donde amén de desarrollar una fértil actividad ha encontrado al que será su futuro esposo. Le encanta este país, por la vegetación frondosa y por el cariño de la gente. «Allí son más cariñosos que aquí y les encanta expresarlo...», afirma.

Pero entre esos viajes de ida y vuelta surgió el trallazo, el relámpago, ese salto necesario que refuerza cualquier carrera, en este caso gracias a Albert Boadella. En efecto, el irónico catalán de Tabarnia llamó a Belén para su montaje operístico sobre Picasso bajo el paraguas del Teatro Real de Madrid. El primer papel protagonista de Belén Roig interpretando al acaso primer y verdadero amor del pintor. Estableció fuerte conexión con Boadella casi a simple vista. Sintonizaron. Se entendieron. Belén nos confirma que Albert Boadella no sólo es un tipo divertido, sino culto y muy inteligente. Le ha encantado toparse con él en su camino porque ha aprendido una barbaridad. Y llegó la noche del estreno. ¿Presión? La justa, la inevitable. Los críticos, el tembleque propio de la primera representación, las mariposas revoloteando allá en el estómago... Lejos de amilanarse, Belén mostró una seguridad aplastante y todo se desarrolló a pedir de boca.

Belén Roig ya juega en la Liga de Campeones y desde luego ustedes seguirán escuchando el nombre de esta soprano. Aunque para cumplir sus sueños la disciplina la rodea. Cuida su alimentación, no fuma, no bebe alcohol, procura dormir las horas reglamentarias (no siempre lo consigue), no ve tanto a la familia y a las amistades como desearía y renuncia a las noches de fiesta que suelen pespuntear las existencias de la gente de su misma edad. No se habla demasiado acerca de estos sacrificios y Belén te los narra sin rastro de malicia porque su elección compensa sobradamente los rigores de la profesión. Le encanta acudir al teatro y al cine aunque el escaso tiempo libre del que dispone le impide disfrutar de esos placeres en mayor medida. Tampoco esto le pesa. Su dedicación la absorbe y percibe que lo suyo es una carrera de fondo, ese «granito a granito» como ella misma explica. Belén Roig. Valenciana de 26 años. Ya trabaja en montajes operísticos dirigidos por Albert Boadella y la adoran en Venezuela y Guatemala. No hace falta ser un lince para apostar por su futuro.

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