Àngels Gregori, poeta: «El mejor consejo de mi madre es que no me ha dado ninguno»

Àngels Gregori posa en el campus de tarongers./Manuel Molines
Àngels Gregori posa en el campus de tarongers. / Manuel Molines

Encuentra en la nostalgia inspiración y a través de sus ojos la vida es verso. Ve poesía en un trayecto de tren. O en las calles, sobre todo las de su amado Manhattan, el lugar donde se perdería a gusto. Y subraya el valor de viajar como terapia, ya que «donde todo es extraño sale lo mejor y lo peor de las personas»

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Quedamos en la cafetería de la Facultad de Magisterio, donde lleva unos años enseñando literatura a quienes se convertirán en futuros maestros. Saluda aquí y allá, parece tener una buena relación con los alumnos. Simpática, sencilla, transparente, ni siquiera habla de los premios que le han permitido hacerse un nombre gracias a sus poemas, y huye de una escritura que le podría permitir ganarse la vida. «Así me siento más libre», dice, tapadas las dos con una gruesa chaqueta al aire libre frente a cafés en vasos de plástico que vuelan con el viento.

-¿Podría definirse como poeta?

-Sí, aunque no me dedique profesionalmente porque eso supondría vivir de ello. Lo que he hecho es intentar hacer de mi vocación mi motivo de vida. Y dar clases en la universidad y ser gestora cultural me permite no alejarme de la escritura.

-¿Hace falta más poesía en nuestra vida?

-En un entorno cada vez más prosaico como el que vivimos la poesía no es tener talento o saber escribir bien, sino una forma de mirar. Si observas el mundo de ese modo connotativo puedes llegar a vivir poéticamente incluso en las cosas más cotidianas, como tomar un café en una cafetería. Creo que necesitamos la poesía como un campo de reacción, un instrumento para remover conciencias.

-¿Piensa que al final se trata de tener una sensibilidad especial con cualquier arte?

-Al final todo está interrelacionado. Y a mí me llena mucho desde la música clásica hasta Leiva, por ejemplo.

Àngels se reconoce poeta, aunque no se dedica profesionalmente a ello.
Àngels se reconoce poeta, aunque no se dedica profesionalmente a ello. / Manuel Molines

-¿Que es Oliva para usted?

-Es la base. Si tengo que elegir un pueblo, es Oliva, una ciudad, Barcelona, y un barrio, Manhattan. Son mis tres núcleos de vida. Este año ya he ido tres veces a Nueva York porque me encanta viajar y porque creo que es la ciudad que conozco que más libre te hace sentir. En Oliva es todo lo contrario. Y ese contraste me gusta mucho. En Barcelona estudié Literatura Comparada y el trayecto del Euromed forma parte de mi vida. El tren para mí es un lugar muy poético, aunque me he de tragar los problemas que ha habido en los últimos años.

-Me sorprende lo de Manhattan.

-En mi tesis doctoral hablaba de la legibilidad de las ciudades, porque las calles de Valencia o París, por ejemplo, hablan, hay una semántica. En Manhattan no, son números. Es un lugar para escribirlo, como paseante, como turista, como habitante. Para mí supone poder perderme, y saberlo hacer.

-¿Lo hace sola?

-A veces voy con mi madre. Y a veces sola. Porque cuando realmente conoces a una persona es cuando viajas con ella. Salir de tu territorio, fuera de tu zona de confort, e ir a un lugar donde todo es extraño, ahí es donde sale lo mejor y lo peor de las personas. Aunque el viaje sea a Murcia.

-Habla de salir de la zona de confort. El otro día la filósofa Adela Cortina hablaba de que la felicidad tiene que ver con la justicia, no con la comodidad.

-En esta sociedad creo que es muy injusto, conforme están las cosas, decir que uno es feliz. Tengo suerte en muchas cosas, pero creo que sería poco coherente con lo que sucede a nuestro alrededor. A Carmen Alborch le dieron una medalla en la Universitat y dijo que la mejor forma de felicidad es la resistencia. Porque además ningún poema habla de ello. Cuando estás mal y tienes un conflicto sí hay materia de creación.

Una espina clavada

Tener un restaurante

Àngels admite que una de sus ilusiones en la vida hubiera sido regentar un restaurante. Para ella, Ricard Camarena, Carme Ruscalleda, Enric Parellada y Ferran Adrià se acercan a la poesía. «Vuelven al origen, a la esencia de las cosas a través de los sentidos. Emocionan y revolucionan por medio de los productos, de los sabores, de las texturas. Piensan como si fueran grandes poetas».

-¿A usted le pasa?

-Sí. Si yo estoy bien no escribo, por ejemplo en un viaje o en una cena con amigas. No soy tan masoquista como para cambiarlo por estar sola delante de un ordenador tecleando. Como decía Becquer, no escribo cuando estoy emocionada, sino cuando recuerdo la emoción. No en el momento de la fiesta, sino cuando se convierte en nostalgia.

-¿Qué le da la docencia?

-Si hace cinco años me hubieran dicho que estaría aquí en la universidad no me lo hubiera creído. En realidad engancha y cada vez me gusta más. Sin embargo, soy muy crítica con la universidad porque tengo claro que hay mucha gente que realmente vale y no entra en el sistema educativo académico. Porque, además, pensar que los alumnos no te enseñan es de una mediocridad tremenda.

-Su madre es profesora, ¿le da consejos?

-El mejor consejo que me ha dado es no darme ninguno. En todo momento ha respetado que no quisiera dar clases en un instituto porque para mí hubiera sido un trauma, y me ha dicho que hiciera lo que quisiera, siempre con coherencia.

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