Amando Ortells, modista: «He ganado mucho dinero y conforme ha llegado lo he gastado, sin compasión»

El modista Amado Ortells posa en su estudio./Damián Torres
El modista Amado Ortells posa en su estudio. / Damián Torres

Siente que viaja en una montaña rusa y no le faltan argumentos para ello. De la opulencia en Miami al contacto con las grandes divas del siglo XX, nada ha sido discreto en la vida del histórico peletero

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Tiene una memoria excelente Amado Ortells cuando echa la vista atrás, tantos recuerdos y anécdotas que está escribiendo un libro para contarlo, pero ningunas ganas de revelar sin embargo la edad que, implacables, le muestran el carné de identidad y el paso del tiempo. Quizás por ello, por esa voluntad de seguir, porque su trabajo representa también su vida, es de los pocos modistos que han podido cumplir cincuenta años de profesión, una trayectoria donde ha habido de todo, desde momentos dulces, con premios internacionales y un prestigio entre las divas de la copla española, hasta otros más amargos en los que llegó a perderlo todo. De nada se arrepiente, sin embargo, el peletero en mayúsculas de Valencia, quien lamenta no obstante estar viviendo el peor momento para la moda, recogido ahora en un piso que tiene mucho de esa casa de señoras donde las mujeres tomaban un café mientras se probaban ropa y, al mismo tiempo, hacían de su modisto de cabecera un confidente.

-Son muchos años.

-Influye quizás que no tengo obligaciones familiares, ni esposa, ni hijos, que hacen que una persona se diversifique. Y si te gusta lo que haces, te vuelcas, porque para mí venir aquí no es un trabajo, al margen de que no sabría qué hacer si me marchara. Pero es que, además, yo empecé cuando ni siquiera había cumplido veinte años. No tengo añoranza ni nostalgia, pero es bueno recordar cómo empezaste.

«En mis viajes al extranjero siempre añoré el mar y a mi Virgen de los Desamparados»

-¿Y cómo fue en su caso? ¿Le costó?

-Al principio resultó un poco difícil porque era el único hijo varón, mis padres tenían unas industrias muy importantes en Onda y esperaban que yo siguiese. Querían lo mejor para mí y eso en aquella época suponía una educación interna, así que a los nueve años me trajeron a los Salesianos de la calle Sagunto, donde estuve seis, hasta que terminé el Bachiller.

-Un internado. Para muchos son recuerdos nefastos.

-Es cierto que gran cantidad de amigos salieron de allí medio rebotados. Sin embargo, en mi caso supuso una buena experiencia, aunque recuerdo que me costó muchísimo adaptarme porque en casa de mis padres hacía todo lo que quería y en el colegio estaba la misa de mañana, los horarios… Pero luego entré en el coro de la iglesia, el dibujo se me daba bien y no tuve ningún rechazo a la religión, sin apasionarme tampoco. Absorbí todo el bagaje cultural que me ofrecieron y sigo siendo creyente, no tanto practicante. Ahora, eso sí, siempre suspendí las matemáticas, la física y la química, que me quedaban para septiembre.

Amado Ortells recibe a Revista de Valencia en su estudio, rodeado por as fotografías de uno de sus desfiles.
Amado Ortells recibe a Revista de Valencia en su estudio, rodeado por as fotografías de uno de sus desfiles. / Damián Torres

-¿Y luego?

-Lo que me costó fue decir en mi familia que quería ser algo que ellos ni entendían ni sabían; que opinaban que era cosa de mujeres, no de hombres. Pero yo ya lo tenía claro, acompañaba a mi madre y a mis hermanas a las modistas y quedaba maravillado con aquellas telas, aquellas sedas... A los 17 años les anuncié que me marchaba y no lo entendieron. Suerte que mi madre me apoyó, y como la fortuna familiar era de ella resultó más fácil. Así que me marché a Barcelona, que a principios de los años sesenta era lo máximo.

-Qué cambio tan radical, del internado, de Castellón, a Barcelona. Pero usted volvió enseguida.

-Para mí aquello fue maravilloso, aunque es verdad que Barcelona era muy envolvente y debías mesurarte, ya que había de todo. Aprendí con los mejores y volví porque sabía que Castellón poseía potencial, una provincia muy rica por la cerámica. Empecé a hacer desfiles, tenía una peletería a un nivel que sorprendía, venían personalidades como Marisa Abad, Mónica Randall, Paco Valladares, Sara Montiel, Tessa de Baviera... Comencé a hacer viajes que nadie se permitía, los mejores hoteles… Mirado ahora quizás viví demasiado rápido. O quizás es lo que había visto, porque a los veinte años mi padre me regaló mi primer Porsche.

-Qué increíble.

-No es que quiera pedir disculpas de nada. Fue la familia que me tocó.

Esteban está presente durante toda la entrevista, de pie, siempre en un discreto segundo plano, y apunta algún detalle, como quien no quiere molestar pero al mismo tiempo se sabe fundamental.

-Pero además ha ganado mucho dinero a lo largo de su trayectoria profesional.

-Sí, y conforme ha llegado lo he gastado. Sin compasión. El tiempo que pasé en Miami gané muchísimo. Vendía infinidad de abrigos a mujeres que venían de Argentina, de Venezuela... Vivía cerca de la casa de Madonna y Silvester Stallone e hice buena amistad con Camilo Sesto. Ahí conocí a Esteban, que tenía una galería de arte y pintaba. No digo que fuera una época desenfrenada pero sí lo disfrutamos intensamente. Después me propusieron diseñar la ropa blanca, tipo ibicenco, para hoteles del Caribe y volví a ganar mucho. Pero a Esteban aquella vida indolente del Caribe, donde había poco orden, le pasó factura. Su organismo se descompensó y los médicos nos dijeron que era mejor marcharnos. Así que decidimos volver a Valencia. Fui consciente de que aquello se acababa, de que venía a una ciudad bien distinta de la que yo había dejado décadas atrás. Pero él me ayudó muchísimo.

-Habla mucho de él. ¿Qué ha supuesto Esteban en su vida?

-Esteban ha sido un guía en todos los sentidos, porque soy un poco manirroto y caprichoso. Se ha convertido en un compañero de viaje y a la vez mi freno. Eso sí, algunas veces he hecho caso y otras no. También he estado a punto de casarme en varias ocasiones, porque mi vida ha sido un tobogán en muchos sentidos, pero asumo cómo soy, enamoradizo también, y si a alguien hice daño fue de forma inconsciente. Hay poca gente que tenga esa sensibilidad para adaptarse a todo, y si se va de más a menos es difícil, has de tener mucha fe.

El modista asegura que el factor suerte ha estado de su lado.
El modista asegura que el factor suerte ha estado de su lado. / Damián Torres.

-¿En uno mismo o en un ser superior?

-En las dos cosas, por un lado en mí mismo, pero es cierto que no puedo desligarlo de la fe en lo que creo. A veces pido: «No me lleves a sitios muy difíciles porque puedo flaquear». Y tengo que decir que el factor suerte ha caído de mi lado.

-¿Por qué lo cree?

-No he concedido mucha importancia a las cosas materiales, le doy más a las personas. En América habré cambiado como siete u ocho veces de casa y desde que vine hace doce años me he mudado tres. No me asustan los cambios. Ni quedarme sin nada, como cuando nos metimos en la compra de un hotel en República Dominicana, donde invertimos todo, y en diez minutos un huracán lo derribó. Casi un millón de dólares. Eso significaba que Amado debía volver a empezar. Lo único a lo que le he tenido miedo es la salud. Ahora sí que noto que mi mente va más rápido que mi edad, que me ha puesto en mi lugar y ya no están las mismas fuerzas.

«Soy manirroto y caprichoso. Esteban es un compañero de viaje y a la vez mi freno»

-¿Nota que su cuerpo no lo acompaña?

-Desgraciadamente, creí que eso no podía llegar nunca pero hay que reconocer que sí. La prueba la tienes en que he cumplido cincuenta años de profesión y todos me preguntaban que cómo era posible. Pues quizás por lo que hablábamos antes, porque el trabajo me da vida, y porque soy una persona sana y me cuido. Así y todo, no asumo bien la edad («Es como Peter Pan, a nadie se la dice», bromea Esteban).

-¿Aún siente la curiosidad por hacer cosas nuevas, seguir adelante?

-Muchísima. Es cierto que a veces me viene la añoranza de tiempos pasados, aunque muchas señoras me han demostrado una fidelidad increíble. Todavía las conservo después de los años que he estado fuera. Son tanto de Valencia como de otras provincias, por ejemplo de Madrid. De hecho en una época me tentaron para instalarme en la capital, donde tenía hasta el local, en Claudio Coello.

-¿Y por qué no se fue?

-A lo largo de todos mis viajes al extranjero siempre he añorado el Mediterráneo, el mar. Lo extraño de una forma increíble. Y a mi Virgen de los Desamparados. Necesito saber que está cerca. De hecho, en eso soy como las folclóricas: adonde iba me la llevaba. Y ha recorrido medio mundo. Porque yo por la noche soy siempre de darle las gracias y pedir.

-Hablando de artistas, usted tuvo una amistad muy grande con Sara Montiel.

-He sido muy mitómano, me ha gustado la música, pero sobre todo siempre he amado el cine, aquel Hollywood maravilloso de Ava Gardner, de Joan Crawford... Además, yo quería saber quién vestía a aquellas grandes divas. De Sara Montiel me impactó su belleza, nunca había visto algo igual, y a través del periodista Miguel Ángel Pastor la conocí en el hotel Reina Victoria. La recuerdo en aquella suite, mirándose al espejo, peinándose un pelo cobrizo, con una especie de batín transparente en color lila. Nunca se levantó. Y de ahí surgió la amistad. Estuve en su casa de Madrid, en Palma de Mallorca, ella con sus hijos en Castellón. Tuvimos una amistad muy especial.

Ortells reconoce que es un amante del cine hollywoodiense.
Ortells reconoce que es un amante del cine hollywoodiense. / Damián Torres.

-Pero Sara era muy diva.

-Recuerdo que una vez Pepe Tous me pidió que la recogiera en el aeropuerto de Valencia, ya que actuaba aquí, y me encargó: «Cobra tú antes de que actúe, que a ella se le va a olvidar». Me dieron el dinero, me lo guardé y ni ella ni yo nos acordamos hasta después de irse.

-Imagino que debió de sentir mucho su muerte.

-No me querían dar la noticia. Me supo fatal. De todas formas era una mujer muy guapa pero no tenía la chispa de Marujita Díaz, por ejemplo; le faltaba ese puntito de humor. Luego conocí a Rocío Jurado y a muchas otras, la mayoría en casa de Mayrén Beneyto, que daba unas fiestas increíbles, ya que además le encantaba mezclar en ellas a gente muy dispar.

-¿Qué dijo su padre al comprobar después el éxito profesional que usted tuvo?

-(Se queda pensativo) Supongo que se alegró, pero lo daba por hecho.

-Qué exigencia, ¿no?

-Así es. Tuve un padre que puso un listón muy alto en lo que hacía porque él todo lo convertía en dinero, y entiendo que era algo que exigía también a los demás.

-¿Le preocupa en el día de mañana?

-No lo he pensado. No quiero pensarlo. Mientras tenga salud, es que no me veo capaz de hacer otra cosa. Solo sé hacer pieles, vender pieles. Porque aunque tuviera todo el dinero del mundo, ¿a qué me dedico? Algo tendría que hacer. Así que yo ahora me acuerdo mucho de lo que me decía Sara Montiel: «Amado, mi futuro es el presente, el día a día, no hay más allá».

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