Alejandro Resta: «Cuando veo dónde estoy me acuerdo de quienes me hacían bullying en el colegio»

Irene Marsilla

Identifica su adolescencia con una pesadilla. Ser niño y dibujar figurines le convirtió en «oveja negra». Pero aquellas heridas cicatrizaron. Hoy Alejandro Resta es un cotizado diseñador que asegura no sentir rencor si mira al pasado

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Hemos retrasado la entrevista unos días porque a Alejandro Resta le ha salido un herpes zoster. «Soy contagioso, no te conviene acercarte a mí», dice por teléfono, con una sorprendente naturalidad que escasea en el mundo de la moda. Pero es que este diseñador criado en el Ensanche es tal como se muestra; no hay dobleces en sus palabras y habla con mucha verdad, la misma que muestra en unos diseños que traspasan fronteras y están conquistando el mundo. Mientras, en España, Mónica Naranjo, Chenoa, Edurne o Ana Obregón han confiado en sus espectaculares vestidos, todos salidos de ese atelier donde trabaja apoyado por su familia y su pareja, siempre cerca para que el artista que lleva dentro tenga una toma de tierra.

-Fue su cumpleaños la semana pasada, felicidades.

-Muchas gracias.

-Nació en el 85, es usted joven, pero ya lleva muchos años de profesión.

-Tengo mucho mundo porque siempre he sabido lo que quería. Yo estaba en los Dominicos, luego en Jesús María, y tenía los pupitres llenos de bocetos. En los libros pintaba figurines y con diez años mi madre pensó: «Ya que dibuja tanto, lo llevo a Barreira a que haga un curso de arte». ¿Y qué pasó? Pues que el profesor le dijo a ella: «Yo le estoy pidiendo que dibuje un bodegón y él le añade un figurín. Es mejor que lo pasemos a diseño, que esté con los mayores». Yo era el niño de Barreira. Siempre me ha apasionado la moda.

-¿Nunca contempló seguir otro camino?

-Bueno, yo en realidad iba para cirujano. Verá que todo tenía que ver con las agujas. Sentía curiosidad por el cuerpo humano e incluso hacía experimentos que no se pueden ni contar. Pero descubrí que me daba mucho miedo la sangre y tuve que quitármelo de la cabeza. Así que entendí que lo mío era la moda, y simplemente estaba esperando la oportunidad.

-Sus padres lo vieron también, por lo que explica.

-Es que si un profesor le dice a tus padres que te ponen a dibujar una Venus y tú vas y la vistes... Ellos me han apoyado desde el primer momento, nunca me han puesto ninguna traba, al contrario, todo han sido facilidades.

-¿Jamás se ha sentido oveja negra?

-En el colegio sí me he sentido oveja negra, he sufrido bullying. Lo típico: «Dibujas figurines y eres maricón». Cuatro idiotas me hicieron la vida imposible, pero ahora me encuentro con ellos y me da igual. Sufrí mucho. Además, estaba metido en una organización donde todo esto no se veía bien.

-¿Se los encuentra?

-Sí, claro. Valencia es un pañuelo lleno de mocos.

-¿Cuando se dio cuenta de que debía superar esa situación?

-Era buen estudiante pero la gente me hacía ver que dedicarme a la moda era ser maricón. Yo lo ocultaba, hasta que pensé: «¿Por qué narices tengo que ocultar yo todo esto? Si es lo que quiero».

-Es muy valiente al hacer pública una situación que puede ser traumática en la mayoría de los casos.

-Sí. No tengo ningún problema en denunciarlo. Alejandro Resta ha sufrido bullying. Pero es que tenía el apoyo tan fuerte de mis padres... Porque ellos me insistían: «Lo que te digan, que te entre por un oído y te salga por el otro». Me pidieron que acabara la selectividad y que luego hiciera lo que quisiera. Aguanté y lo hice. Es la peor edad, de adolescente. Pero mira dónde estoy ahora, que tampoco es tanto, pero he conseguido todo esto. No les guardo ningún rencor, lo que pasa es que por su culpa llegué a cuestionarme mi sueño. Muchas veces.

-En su caso tener una familia que apoye fue determinante. No lograron hacerle cambiar de opinión finalmente.

-Somos una familia muy grande, como italianos, muy unidos, y todos me han apoyado muchísimo. Con 18 años me largué a estudiar e hice lo que hemos hecho todos a esa edad: vivir. Y ahí descubrí el mundo, tan alejado de lo que había vivido en el colegio. No estudiaba pero aprobaba porque amaba lo que hacía. Aprendí a coser, a hacer patronaje... Pero es cierto que cuando acabé dije: «Ahora qué». Me lo veía todo muy difícil.

-La teoría es a veces demasiado bonita.

-Me presenté a concursos y, mientras, me ganaba la vida como dependiente. Alfredo Esteve me enseñó a atender a los clientes y me convertí en el número uno de ventas en Roberto Verino. Pero cuando se me dio la oportunidad de participar en la Valencia Fashion Week lo dejé todo, sabiendo que me iba con una mano delante y otra detrás. He sufrido mucho, pero me lo he pasado teta porque he experimentado, he hecho lo que he querido. Y me siento el hombre más afortunado del mundo. A pesar de todo.

-¿Se levanta por las mañanas pensando que tiene suerte?

-Bueno, algunos días sí y otros lo quiero dejar todo. Soy puro Géminis, me sale la parte bipolar. Es duro estar presente, existe mucha competencia en la moda, hay meses en que me va mejor, otros peor... Pero estoy. Empecé en mi casa, hacía vestidos a mis amigas y así pagaba las facturas. Un día decidí abrir esto gracias a que mi entorno, mi familia, mis amigos, mi pareja, siempre han creído en mí. Y eso es muy guay, porque te permite seguir a pesar de que a veces no llegues a final de mes.

-Pero empezó a irle muy bien.

-Siempre digo que el mundo empezó a interesarse por mí. Comencé con una clientela fija en Valencia y después me llegaron pedidos de Qatar, Bahrein, México, Estados Unidos… Me hacen gracia los comentarios de mis modistas: «Eres un tirado para adelante». Es que yo lo digo: «Soy Alejandro Resta, tengo 32 años y quiero seguir mi sueño». Que no acaba en Valencia, sino en el mundo. Y si me sale mal, que nadie diga que no lo he intentado. Es una pelea constante y hay que luchar por mantenerse. Parte de mi éxito es sacarme las castañas del fuego. Ahora, me considero un diseñador por suerte.

-Pero la suerte tiene que ir acompañada de esfuerzo...

-Muchas veces les digo a mi pareja y a mis padres: «Hoy me he levantado con una capa y una espada y voy a luchar contra esto y esto». Los problemas se pueden solucionar madurándolos, sin coger rabietas, dejándolos respirar. Lo he aprendido porque me he llevado muchas hostias en mi vida.

-¿Ha tenido que pedir dinero para poder seguir?

-Claro. Y aunque ahora esté en un momento dulce, sé lo que me ha costado llegar. Sin ni siquiera saber inglés me planté en Qatar, donde me sentía como Paco Martínez Soria llegando a Madrid con su maletita. Ahora tengo una clientela en aquel país. Y eso que hice todo lo que no hay que hacer allí, incluso intentar saludar con besos a las mujeres. Se apartaban y se reían. Les preparé un café americano con hielo y la decena de personas que se lo tomaron estuvieron dos días en el baño. No sabía que no toman nada frío. Saludaba a los que llevaban las maletas y me decían que no debía hacerlo… Yo es que estaba tan feliz. Flipé, adoraban mi trabajo, me pagaban todo. Aquellos días a mis amigos les enviaba vídeos de «un valencià en Qatar» (ríe). Lo pasé muy bien.

-La homosexualidad no está bien vista en esos países. ¿Se sintió usted discriminado allí en este sentido?

-Sobre todo en Arabia Saudí hay que mantener las formas. Debíamos tener dos camas separadas, así que antes de que llegaran a limpiar deshacíamos la que no habíamos usado, pero muchos de esos países se han tenido que abrir al mundo y, aunque no puedas exhibirlo, miran para otro lado. Es como la España de hace cincuenta años, supongo. Yo creo que hay un nuevo Islam.

-Habla del momento dulce en que ahora está. ¿Qué ha de sacrificar para cumplir ese sueño?

-Este agosto me quedo en Valencia porque me vienen dos familias dubaitíes a pasar las vacaciones aquí para hacerles los vestidos de novia. Y tres de Kuwait. Sacrificas, pero luego te salen los inversores y el dinero es lo que necesita cualquier artista. Y en diciembre me iré a las Maldivas para dar a todos la envidia que sentiré yo este verano con las fotos de Instagram (ríe).

-Me han enseñado un vestido que le hizo para una boda a una mujer con curvas y estaba realmente espectacular.

-Me fijo en qué quieren las mujeres. Las observo, dejo que hablen, y las conozco. No importa la talla, eso es secundario. Yo he experimentado mucho con mi madre, la pobre, que está orgullosa de su hijo desde que comencé a diseñar vestidos. Es encantadora, guapísima, y sé que si se puede quitar algo de ella para que a mí me vaya bien lo hará. He de estar feliz porque soy muy afortunado. Lo digo muchas veces, es cierto, pero lo siento así. Incluso desde que Josep Lozano me dio la oportunidad de meterme en el mundo de la moda, los amigos…

-¿Y por qué toda esa parte más social, altruista?

-Yo pienso que me han ayudado mucho, y qué mejor que devolverlo. Creo que tengo algo guardado, quizás también por lo que he sufrido en la adolescencia. Y me encanta ayudar.

-¿Qué es lo más bonito que le han dicho?

-«Sigue así». O mejor, prefiero que no me digan nada. Que continúen viniendo. Porque soy muy vergonzoso. Cuando me llevas a algún sarao me muto, me convierto en una seta. Solamente me transformo en el alma de la fiesta con mi círculo. Soy muy divertido y guasón, pero únicamente con mis amigos.

-Hay mucha pose en este mundo.

-Y empiezo a coger fobia a las fiestas. Disfruto comiendo unos boquerones con papas y aceitunas, tomando una cerveza en la playa o en el mercado del Cabanyal. Soy feliz así. Mis amigos flipan, porque les cuento que he hablado con Ana Obregón o que me voy al Líbano. Me dicen: «Vomita todo lo que quieras, y luego hablamos de la vida cotidiana». Y son esas las conversaciones con las que yo disfruto. A lo largo del día ves a tanta gente que además te cuenta sus historias que al final acabas siendo psicólogo. Así que lo que te apetece es desconectar, porque si tu vida profesional se mezcla con la personal la has liado. Y mi pareja trabaja conmigo.

-¿Es difícil?

-Durante muchos años he pensado que era más complicado de lo que realmente ha sido. No digo que no lo sea, pero los dos luchamos por un objetivo común desde ámbitos diferentes. Carlos es un profesional de muchos años del marketing y la comunicación y el problema en realidad es que yo tengo que delegar en él. Y eso es horrible, porque no sé delegar. Nada.

-¿Lo reconoce?

-Claro. Es algo que me pasa con las modistas, que estoy encima de ellas y me dicen: «Déjanos, que sabemos lo que tenemos que hacer». Este año, que he viajado mucho, he tenido que delegar; ahora sí, he destrozado la tarifa internacional.

-¿Qué le da Carlos, su pareja?

-Es un lanzado de la vida. Nunca me ha puesto ningún problema. Y cuando yo no quería irme a los países árabes, me decía: «Vete, no tienes nada que perder». Una persona que te apoya, que está a tu lado siempre… Es como mi familia, que sé que pase lo que pase va a estar ahí. Y ese viaje me ha reportado tantas cosas positivas… Fue como dejar lo malo, corté con muchísima gente que no me aportaba nada. Además, mi pareja decidió dejar un buen trabajo para venirse conmigo. La locura de él, una persona que ha viajado muchísimo, que domina siete idiomas, que ha trabajado en medio mundo, me ha dado alas. Es muy guay eso. Porque ahora surge la oportunidad de ir al Líbano durante diez años y me dice: «Adelante». Me gusta ese planteamiento de no tener miedo a nada. Me ha aportado además orden en mi vida. Porque es muy difícil ser pareja de diseñador, lo reconozco.

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