Las Provincias

En familia con José Vicente y José María Ricart

  • Sólo podían ser médicos. El abuelo interpretaba las emociones del paciente a través de las manos, al padre le bastó la cuneta de una carretera para impartir magisterio y el hijo, un adicto a la vida, sabe leer en la piel

Cuando José María Ricart describe los valores personales y profesionales de José Vicente, su padre, las palabras sólo sirven para confirmar lo que los ojos del veterano médico anestesista transmiten: proximidad, calidez y empatía. «El otro día una paciente me dijo: ‘Lo mejor del lifting fue su padre’. La realidad es que hace las cosas muy agradables a las personas, sabe acompañarlas y que se sientan apoyadas durante todo el proceso. Su carácter además permite que sea muy fácil trabajar a su lado», afirma.

La admiración mutua que se profieren padre e hijo queda patente desde el principio de la entrevista, una suerte de veneración que ambos extienden hasta la figura de Amparó Vayá, esposa de José Vicente y madre de José María, mujer avanzada a su época que desarrolló durante más de cuatro décadas una trayectoria fructífera en el sector de la medicina hemostática. «Es la persona que tiene el mayor número de publicaciones de investigación realizadas por cualquier profesional en Valencia», afirma el orgulloso marido, a lo que el hijo añade: «A mi madre le debo el premio extraordinario de la tesis doctoral. Escogí con ella las líneas de investigación del proyecto».

José María Ricart sintió la vocación por la medicina de bien pequeño y a raíz de un ejemplo de praxis paterna. «De niño hay cosas que marcan tu vida para siempre. Recuerdo una vez que nos encontramos con un accidente en la carretera y mi padre paró para ayudar. Yo lo observé fascinado, vi que esa sensación me hacía sentir bien y me dije: ‘Yo de mayor también quiero ayudar a la gente’». La decisión de especializarse en Dermatología tuvo que ver con la memoria visual del doctor, una facultad innata que le permite ‘leer’ en la piel de sus pacientes. «La piel habla, hay marcadores que te ayudan a diagnosticar de forma precoz, que es lo que permite salvar a un paciente de un cáncer. Seguimos en la Edad de Piedra si pensamos que hay que acudir al médico cuando veamos algo anómalo», afirma poniendo el énfasis en la importancia de realizarse chequeos regulares de distintas especialidades a partir de los 35 años.

Recuerda su padre que José María fue un niño travieso y movido al que llegaron a clasificar como hiperactivo. Pero hablando con una de sus profesoras, de amplia experiencia, ésta le comunicó que lo que de verdad le ocurría a su hijo era que tenía una necesidad imperiosa de vivir, como si el tiempo se le escapara de las manos. José María asiente ante las palabras de su padre y confiesa que ese rasgo de su carácter permanece intacto: «Nada me parece suficiente, por lo que en el trabajo soy muy exigente. No me puedo quedar acomodado, necesito un aliciente todos los días. Para mí no existen ni sábados ni domingos ni fiestas. No paro», asegura.

Los años de infancia de sus hijos José Vicente los recuerda muy bonitos. Cuenta que tuvieron la suerte de que en la familia de su mujer son ocho hermanos y, aunque de distinta madre, el padre supo mantener muy bien la unión de los hijos para crear un ambiente familiar cercano. «Eran un montón de primos que vivían en el mismo edificio y se criaron juntos. Nos reuníamos casi todos los fines de semanas. Además, el abuelo materno tenía una finca de naranjos por Sagunto y allí pasamos también muy buenos momentos».

La entrevista la realizamos en las nuevas instalaciones que acaban de inaugurar y que amplían su consulta de la clínica Quirón. «Lidero un equipo de profesionales con los que abarco campos como la dermatología, la cirugía estética, la parte capilar o el diagnóstico precoz en oncología. Creo firmemente en la súper especialización», explica José María Ricart. Antes de concluir, José Vicente tiene un recuerdo especial para su padre, médico de cabecera y la primera generación de una saga que ya va por la tercera: «Él se sentaba junto al paciente, era muy humano, sabía coger la mano e interpretar las emociones del de enfrente. Creo que esa faceta humana mi hijo la ha heredado entera».

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