Las Provincias

En familia con Begoña y Quique Buqué

  • La vida de Enrique Buqué, jugador del Valencia en los cincuenta, llevó a su familia a constantes cambios de domicilio. «Las personas que viajamos desde pequeñas somos de una pasta especial», subrayan sus descendientes

Cuando eran niños iban con sus dos hermanas a recoger a su madre en Buqué, una tienda de moda muy conocida en la época y ubicada en el Parterre. Fuera, sentado en un banco y charlando con los ‘hippies’ de los puestos, esperaba su padre, apoyado en la valla donde hoy nos damos cita. La complicidad entre Begoña y Quique Buqué es evidente. Los dos hermanos, además de buena planta y sonrisa generosa, comparten un sentido del humor que queda patente desde el primer momento. «Cuando Begoña empezó a salir por la noche yo iba para controlar, era una época en la que había que tener cuidado. Si se le acercaba un chico yo le hacía marcaje y sobre las dos le decía que se fuera a casa... y yo me iba con ella», relata. Ella suelta una carcajada. «Eso no te lo crees ni tú, me mandabas a casa y te quedabas», protesta ella.

Su padre fue Enrique Buqué, jugador del Valencia CF, entrenador y más tarde secretario técnico en diferentes equipos. De él aprendieron un consejo que ha guiado sus vidas: «Siempre nos decía: ‘Lo que hagáis en esta vida, que os guste; y si puede ser, que sea vuestro hobby’. Yo le decía: ‘Papá, eso es muy difícil». Pero lo conseguí. Mi mundo y mi pasión son la moda y en ella he trabajado siempre. Es con lo que he dado de comer a mis hijos», revela Begoña.

Quique, de espíritu inquieto, se formó como protésico, trabajó en una empresa de productos dentales, luego hizo carreteras, participó en la construcción del circuito de Cheste, fue fichado por Ferrari y terminó en la radio, donde en la actualidad hace entrevistas personales a gente conocida. «Lo mío son las personas. Soy muy social. Me puedes dejar donde quieras, que me sé buscar la vida. Mis amigos me pusieron de apodo Quique ‘Buquetti’ porque decían que era como un hombre del cinquecento, capaz de abordar diversas disciplinas».

Cuentan que cuando tienen algún problema, del tipo que sea, se llaman el uno al otro para ejercer de confidentes. «Una vez que habíamos cortado ambos con nuestras respectivas parejas salimos de tristones y volvimos los dos ligados. Nos íbamos animando y al final nos vinimos demasiado arriba».

Su infancia la definen como maravillosa y a la vez particular, con un padre que trabajaba todos los fines de semana, pero que entre semana llegaba a casa a la hora de comer. Sus cambios de equipo les llevaron a vivir en Sevilla, Barcelona o Salamanca. «Nos mudamos de casa con frecuencia y nos teníamos que hacer a un nuevo cole, a nuevos amigos... Eso nos abrió muchísimo la manera de ver las cosas. Creo que las personas que viajamos desde pequeñas somos de una pasta especial».

Se consideran muy clan y siguen una máxima de su padre: ‘La familia como una piña y cada uno por su lado’. Quique habla de sus otras hermanas. «La cuarta, Paloma, es como yo pero en chica, mi doble, la más cerebral de todos. Luego está Reyes, que trabajó muchos años en el tanatorio y tiene un sentido del humor espectacular». Begoña toma la palabra para hablar de su madre. «Ocupa un lugar preferente. Es increíble. A ella le hubiera encantado que le hicieras la entrevista», confiesa. Quique cuenta cómo, con 82 años, le llama algunos domingos para pedirle que le lleve a tomar un gintonic. Entonces él la recoge en la moto y se van al mercado de Colón. «Es una fiel seguidora del grupo ‘Copa Ilustrada’, donde Javi Botella actúa de solista. Los Botella y los Buqué hemos crecido juntos, convivimos muchos años en el Club Náutico, íbamos al mismo colegio y residíamos en la misma calle», detalla Quique. Antes de despedirnos me muestran una foto de sus padres en los años de juventud. Deslumbrantes, recuerdan a una pareja de la época dorada del cine de los cincuenta y sesenta. «Había personas que salían a la calle sólo para verlos pasar», añade Begoña orgullosa.

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