Las Provincias

Cine y azafrán para dar sabor a la vida

    os de mi generación somos los últimos mohicanos del sector gastronómico por la saludable alimentación que hemos recibido de nuestras madres. Cocina verdadera fundamentada con excelente materia prima. Hemos gozado de arroces superiores y meriendas celestiales porque los precongelados, las pizzas a domicilio, la bollería y resto de nutrición artificial, rápida, industrial, postiza, perezosa y casquivana, nunca irrumpieron en esos nuestros hogares dominados por la sabia férula materna. Miro a los hijos de mis amigas y no puedo evitar sentir cierta pena. Comen fatal, las criaturas. Les enchufan alimentos plastificados porque ya nadie se toma molestias culinarias en estos tiempos de urgencias. Menos mal que las abuelas, o sea de nuevo nuestras madres, les preparan jugosos cocidos y sabrosos guisopos. Y hay que ver a esos mocosos cómo disfrutan con semejantes manjares... Claro que, conforme esas abuelas desaparecen, se evapora también un modo de vida que colmó nuestros paladares. Por eso nuestra generación es tan afortunada.

    Allá por la zona de Novelda, hace unos noventa años un visionario demarró un comercio basado en el azafrán manchego que más tarde se ramificó hacia diversos sectores de los condimentos. Pero condimentos fetén, genuinos; condimentos que son las castañuelas que alegran el plato principal porque representan el toque mágico, la alquimia que nos tonifica y el alma que nos hidrata. El nombre de esos productos ustedes lo conocen porque nos resulta tan familiar como entrañable: 'Carmencita'. Cojunudo. El idioma inglés, esa apisonadora, todavía no tiranizaba el planeta hasta convertirse en la lengua que esclaviza la galaxia empresarial, con sus managers, sus seniors, su branding y su madre que lo parió. 'Carmencita' rezuma sencillez y orgullo. Además, el rostro de una niña, presuntamente el alter ego de Carmencita, tocada con sombrero cordobés, caracolillo moreno capilar sobre la frente y mantón de Manila, vindicaba españolidad justo cuando España era una suerte de páramo a lo Mad Max.

    La marca Carmencita abrió mercado con ese azafrán que es puro oro en los países árabes y aquella industria familiar, pequeña, donde se planchaban a mano las carteritas que contenían las hebras de azafrán, conquistó paciente otros mercados en Latinoamérica y Estados Unidos. Con ese mismo cariño pero con un plus de diseño y mundología dirigen hoy el cotarro de los condimentos Jesús Navarro Alberola, nieto del fundador, y dos primos suyos. Ya sabemos que pesa una maldición sobre los miembros de la tercera generación. Se supone, según la leyenda, que son los encargados de dilapidar los beneficios a base de caprichos. Desde luego no es éste el caso y baste apuntar que generan empleo para unas 200 familias y facturan unos 60 millones de euros al año.

    Además, a Jesús Navarro bien le podemos considerar un ejemplo de empresario atípico pues mantiene inquietudes en otros campos que también proyectan cierto romanticismo, como por ejemplo el cine. En efecto, Jesús ha ejercido de productor y consiguió el Goya al mejor documental gracias a 'Sueños de sal'. En estos momentos Jesús Navarro ya es miembro de la Academia del Cine Español con todas las de la ley y ojalá persista en ese campo, pues la industria audiovisual es de un raquítico que asusta. Nuestra clase empresarial suele despertar mi admiración porque, siendo en general autodidactas, a través del olfato y las iluminaciones levantaron industrias y derribaron muros. Sin embargo no siempre mostraron querencia hacia terrenos digamos más artísticos y, en ocasiones, también les sobró ese toque de nuevo rico que les trasladaba al terruño del paleto; paleto riquísimo, pero paleto al fin y al cabo. Cuando el bolsillo no sirve para nutrir la mente y ampliar horizontes, mal vamos. No ha sido el caso de Jesús Navarro. Empresario de éxito y cinéfilo de pro, ha sido capaz de invertir pasta en el celuloide que perfuma nuestros sentimientos. Celebremos, pues, el maridaje entre la gran pantalla y los condimentos especiados. La vida, sin cine ni azafrán, es más sosa.