Las Provincias

«Mi mujer es el altar mayor, pero al mismo tiempo he vivido siempre con otras»

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El artista limpia, manguera en mano, uno de los cuadros a la conclusión de la entrevista eralizada en Mas de Flors. / TXEMA RODRÍGUEZ

  • Entre lonchas de jamón, el atípico artista Juan Ripollés deja su personalidad al desnudo, como le gusta pintar salvo que alguna mirada ajena le obligue a usar «un tanguita»

  • El pacto de amor libre alcanzado con su esposa es sólo una de las confesiones de quien admite ser para muchos «un tío chalado»

Si en el paisaje no se siluetearan unas naves industriales, Mas de Flors podría haber salido inmutable de alguna época pasada. Seguro que otro forastero paseaba hace siglos por esta aldea castellonense con la misma sensación de que, a pesar de lo vacío de sus calles, mil ojos observan. Seguro que tras aquella ventana otra mujer, con cara de cansancio y un sempiterno delantal, también lavaba platos. Allí todos saben de todos y, cómo no, de Ripo, el pintor, el artista, ese que está un poco loco, que pinta desnudo en un estudio al aire libre junto a sus cabras y burros y una horda de gallinas. «Esa casa grande a la derecha», dice la mujer tras la ventana. El portalón se abre y el visitante se topa, colgando del techo de vigas, con decenas de melones, tomates y guindillas, que comparten un espacio abigarrado con la famosa colección de orinales. Ya dentro, después de haber atisbado su otra colección de gorras militares, junto a una cocina que vivió tiempos mejores, está el artista con su pañuelo a la cabeza, su ropa heterodoxa, menudo, delgado, desprendiendo una energía que no debe de tener mucha gente a la edad de 85 años, acompañado de un amigo, charlando. Se están despidiendo, porque en dos días Juan Ripollés se va dos meses a China y Taiwan. «Un mes en cada sitio para que no se enfaden», bromea. Nos ofrece comer algo, y vamos charlando mientras corta jamón. Al fondo tres o cuatro más, buenos, de los de Joselito, esperan su turno.

-A su edad muchas personas se dedican a pasear y poco más.

-La gente, de vivir, pierde las ilusiones y los proyectos, se cansa, y ya lo que quiere es tranquilidad, va eliminando movimiento, tiene dificultades con el estómago, sus órganos se deterioran… A mí la vida todavía no me ha quitado nada, conservo la misma capacidad de sorpresa de los niños, que me entusiasman por eso mismo y por su limpieza, porque no saben mentir.

-¿Y por qué cree que es?

-Yo creo que lo que tengo es una gran inconsciencia. Me he quedado ‘retrasadito’, no he terminado de ser adulto, y ese retraso hace que me mantenga más niño. En todos los sentidos. Recuerdo que un día estaba en Bilbao con Canito (el fotógrafo). Él tenía 101 años, yo entonces todavía era muy joven, creo que unos 81, un crío a su lado, claro. Pasaban unas mujeres, me da con el codo, allí en la plaza de toros, y me dice: «Míralas, cómo están…» Esa ilusión la mantengo intacta.

-¿En todos los sentidos?

-Esto va a parecer machista, pero me da igual. Yo necesito a la mujer espectacular, esa que se contempla sólo por la estética. La veo y digo: «Qué hermosura». Pero después observo a la otra, el ama de casa, y también me parece una preciosidad, aunque sea una estampa totalmente diferente. Esta es la mujer buena.

-¿Ha tenido de las dos?

-Yo sí. A mi lado está la mujer de siempre, la madre de mis hijos, y para mí es el altar mayor, pero al mismo tiempo he vivido siempre con más mujeres. Mi esposa me lo da todo menos el contacto físico porque yo no soy un gran trabajador de obligaciones. Así que yo se lo planteé: «Mira, me pasa esto, tú eres la esencia, pero a mí me gustan otras».

-¿Y ella lo entiende?

-He tenido la gran suerte de que yo se lo debo todo a la mujer, en el sentido total, porque sois vosotras las que me dais las ilusiones, el estímulo, la provocación y la ilusión. Esa que sigo teniendo. Yo no miento ni engaño. Hace unos días me llevé una gran decepción. Recuerdo a una mujer, hermosísima... Era holandesa y vivimos una pasión de diez o doce años. Para mí era una provocación continua y estábamos muy enamorados. Abandonó todo, hasta a su marido, para venirse conmigo. Ahora él y yo somos muy amigos. Su hija me mandó una foto y ella, que era fuerte, que me sacaba dos palmos, está viejecita, físicamente no la reconocí. Me destrozó. Y en ese momento pensé: «Es lo que a mí me toca». Pero por ahora tengo la suerte de haberme escapado, porque no me duele nada. Yo creo que me mantengo diferente por mi actitud ante la vida.

-No me diga que en ningún momento ha perdido ni una pizca de ilusión.

-Esa capacidad para ilusionarte en la vida es lo que te hace levantarte y ver todos los días hermosos, da igual que llueva, que haga frío o calor. No entiendo a esa gente que dice que el sol le cansa. Yo trabajo en pelotas, o con un tanguita si hay alguien. Además sin miedo, porque el miedo profesional no lo he tenido nunca. Si fuera torero tampoco lo tendría.

-¿Ni siquiera a morir?

-Otra vez vuelvo al niño, que nace sin miedo. Los adultos le decimos: «Cuidado, que te vas a caer». Llevamos todo el tiempo enseñando a conocer el miedo. Para la vida no sé si es bueno o no, pero para la creación es malísimo. El conocimiento es un asesino de la creatividad. Tienes que olvidar el pasado, la memoria; hay que estar en blanco. El riesgo es no sentir el vértigo del miedo.

-¿Se lo intentó enseñar así a sus hijos?

-He tenido mucha suerte con la familia, porque no soy una persona que sepa enseñar. Se creen que yo sé mucho, pero es un error porque no sé nada. Yo hago las cosas por necesidad y las hago como puedo, ni siquiera como quiero.

Nos hemos sentado en una terracita con vistas junto a la cocina. En bancales hay una huerta, un lugar para reunirse con amigos con horno moruno y barbacoa, la pequeña granja de animales y su lugar de trabajo. Mientras, comemos jamón. Idílico. Detenemos la entrevista. Se acerca una mujer de las que trabajan en la casa para decirle que han llegado de la asociación de sordomudos, que vienen para recoger un grabado. Quieren hacerse una foto con él. Con la ilustración conseguirán recaudar dinero para sus fines.

-¿Viene mucha gente pidiendo su colaboración?

-Mucha. Se ve que se ha corrido la voz de que el Ripo ayuda. Es una necesidad, la de colaborar, porque si no la persona tiende a encerrarse y poner las manos delante para que no la empujen, y yo creo que no es bueno. Por eso me gusta que la gente participe en la sociedad. Piense que yo nací necesitando colaboración porque no era hijo de quien me ayudó, al ser adoptado (su madre murió en el parto).

-¿Eso marca?

-No creo en esas cosas porque los complejos tampoco existen, te los creas tú mismo. Eres el creador de tu vida, nadie más, ni ninguna causa es más responsable que tú. Escucho a la gente que se escuda en que su madre le pegaba y le creó un trauma. Cuando yo era pequeño el maltrato infantil no existía: nos pegaban palizas porque nuestros padres tenían derecho a hacerlo. Entonces había que luchar por la existencia diaria desde que se era niño.

-¿Ha tenido que luchar mucho?

-Y sigo haciéndolo, teniendo en cuenta que mi generación es la generación castigada. A mis padres la vida les castigó de adultos, a nosotros de recién nacidos porque yo tenía cuatro años cuando comenzó la guerra.

-¿Se acuerda?

-Mucho. Era pequeño pero me acuerdo sin rencor. No se lo guardo a nada ni a nadie, aunque fue muy duro. Pasamos la guerra civil, después la mundial, la posguerra… Pero somos también la generación creadora del semáforo, por ejemplo, la que lo ha inventado casi todo, la que ha puesto más hombro que ninguna otra. Antes un hombre como yo si no podía levantar un peso enorme no valía para nada.

Entra un amigo, Javier, con una bolsa de supermercado. Empieza a trastear en la cocina, parece conocer dónde está cada ingrediente. Se pone a guisar. Y desde la ventana dice, en un momento de ausencia de Ripollés, que el ‘maestro’ es una persona «generosa, también buena, más que ninguna otra que haya conocido». Se lo comento. ¿Se siente así?

-También me cabreo, ¿eh? Nunca por mí, siempre por el bien de la gente, porque yo me aguanto la sed, pero no entiendo que no den de beber al otro. Aunque yo creo que hay muy poquitas personas malas. La envidia, la codicia, los celos… no son maldad, y todos sentimos satisfacción cuando hacemos actos bondadosos hacia otros.

-¿Todavía le quedan muchas cosas por hacer?

-¡Es que yo aún no he empezado! Comienzo todos los días, y tienes que ser tú quien cree tu libertad. La vida es como la cocina, hay quien tiene gracia y con los mismos ingredientes puede salir bien o mal. Tenemos una ‘colla’ de amiguetes que nos reunimos una vez a la semana para comer. Es lo único que hago como distracción aparte del trabajo. Bueno, pues depende de quién cocine se come mejor o peor, y eso con los mismos ingredientes.

-Comer, reunirse con amigos… ¿Le gustan las cosas que le dan placer?

-En el comer y en el beber he sido siempre muy austero, me gusta la comida pobre, la sencilla, como un arroz con acelgas o un jamón de Jabugo. ¿Qué hay más sencillo que eso? O el arroz blanco con un chorrito de aceite de oliva. Me das una cebolla, una cabeza de ajos o una guindilla y no necesito más. Soy un gran comedor de picante.

-¿Le gusta cocinar?

-No cocino, porque yo transformo. Un día que venían los amigos se me olvidó el pollo en la barbacoa y sentí un olor a quemado… Claro, estaba negro. Lo primero que pensé es que la lejía se come las manchas, pero si lo hago los mato a todos. Entonces empecé a quitarle carne, todo lo ennegrecido, y aquello seguía sabiendo a quemado. Le metí coñac, orujo, después manzanas, ciruelas, y al final quedaba un regusto a humo. Y yo pensé, ahora viene el final del arte, y es prepararles psicológicamente. En España no hay afición al ahumado como en el centro de Europa y les dije: «Soy como los coches, tengo el motor europeo y el chasis español, llevo la cultura del ahumado». Todo mentira, claro.

Tras la ventana de la cocina se escucha: «Maestro, anirà a l’infern». Ripollés contesta: «¿Acabé con éxito o no?». Unas risas. «Se podía comer, pero es que esto está lleno de pelotas, maestro». El artista concluye: «No me dejan cocinar».

-¿Y la ropa? Habrá quien diga que quiere llamar la atención.

-Con la ropa vuelvo a ser niño. Regáleme la que quiera y cogeré las tijeras para transformarla en algo mío. Esas chaquetas de colorines me las da mi cuñado, que es soltero y presumido, y lo primero que hago es modificarlas, llenarlas de pegotes. A veces me lo cose alguna chica, pero otras lo hago yo, porque lo dejan perfecto y lo tengo que deshacer. Mi imagen confunde. Ven a un tío chalado que, como dice, quiere llamar la atención. Pero no es mi propósito. Cuando era pequeño me decían mariquita porque me disfrazaba, me ponía un lacito en la cabeza. En casa no pasaba nada pero, claro, en la calle si no me acordaba de que lo llevaba puesto…

-¿Le han dolido las críticas? Usted ha sido un artista que ha levantado pasiones, en todos los sentidos.

-Jamás, yo felicito al que me critica. No me interesan las alabanzas. Si yo fuera un ser que busca la fama, el prestigio o el dinero podría sentirme maltratado. Soy una persona muy querida popularmente y muy discutida profesionalmente, cosa de la que me felicito.

-¿Y cuando le vinculan a los políticos del PP?

-Nunca he ganado un euro con las obras públicas, siempre he tenido que poner de mi bolsillo. Las únicas que podrían quejarse son mis hijas, que en estos años se habrían comprado con ese dinero más de un apartamento en la playa…

Habla de Carlos Fabra, a quien considera su amigo. La perorata se alarga hablando de sus esculturas, de las que adornan rotondas. De la cocina llega un olorcito que alimenta. Se va acercando la hora de comer. Nos invita Ripollés pero no podemos quedarnos. Las últimas fotos son ultimando una de sus obras, manguera en mano. Nadie discute a este artista que tiene su propio estilo y la capacidad de trabajo que da dormir una media de cuatro horas. «A veces duermo cuatro y media», bromea. De sinfonía, los cacareos de las gallinas y el rebuzno de un animal que está a punto de parir. Naturaleza y libertad en vena.