Las Provincias

El buscador de olas

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/ DAMIÁN TORRES

  • Acompañar a su padre en los viajes de trabajo hizo que Hugo Sánchez descubriera el surf, una pasión que terminaría guiándole por el mundo, de California a Hawai o Bali, siempre en busca de mares encrespados. Hoy la desarrolla en la Patacona

El amor por el surf le llegó de niño. Acompañaba a su padre en viajes de trabajo hasta ciudades «con olas» y allí empezó a practicar. Era un adolescente cuando le regalaron la primera tabla y desde ese momento sus amistades, aficiones, la vida personal y más tarde la profesional han girado en torno al deporte que le fascina. Me cito con Hugo Sánchez en su escuela de la Patacona, el lugar que casi se ha convertido en su casa. «Esta playa es mi segundo hogar. Aquí paso muchísimo tiempo, es mi centro de entusiasmo y de creación», confiesa mientras termina de colocar unas tablas. ¿Los del Mediterráneo no estáis vistos como surferos de segunda fila?, le lanzo para empezar. «Es cierto que ese tema cuando eres más joven da un poco de rabia, pero luego te percatas de que las personas que provienen de sitios que no tienen olas son frecuentemente casi más surfistas en cuanto a motivación que los que tienen olas cada día en su playa», responde. Y me cuenta para ilustrarlo que, durante las presentaciones de ‘Las olas contadas’, el libro sobre surf del que es coautor, la acogida en Madrid fue espectacular y pudo percibir lo surfista que era de corazón aquella gente que no tiene ni siquiera costa. «Aquí no disponemos de olas siempre, pero cuando las hay las disfrutamos al máximo. Muy poco a poco estamos consiguiendo desarrollar todo un universo de surf con escuelas, tiendas de material, festivales de cine…», añade.

Hugo nació y creció en Valencia, pero su amor por el surf le ha llevado a vivir en Canarias o en Portugal y a visitar varias islas de Indonesia, Hawai, California, Bali, Marruecos o Francia. Lo que para él era una afición se convirtió en 2011 en su medio de vida con la creación de la escuela Mediterranean Surf School. «La decisión de montarla requirió dejarlo todo y dedicarme a tiempo completo a esto. Desde el principio lo viví con mucha ilusión, aunque lo que tenía que ver con la faceta empresarial me resultó más complicado, pues a ese nivel no tenía ninguna experiencia y debí que empezar de cero», confiesa. Habla con ilusión de la playa de la Patacona, donde hace años impartió su primera clase de surf; un lugar que ha visto crecer y desarrollarse. «Faltaban proyectos que pusieran energía en la zona. En la actualidad hay muchas iniciativas a nivel deportivo y hostelero. Se ha relanzado esta parte de playa».

Desde el principio su idea fue acercar al barrio algunos deportes acuáticos que en el pasado parecían elitistas por una cuestión de presupuesto. «Se han roto esas barreras y el surf ya se ve como un deporte más que puede practicar casi cualquier persona y en Valencia. Se ha normalizado. Tenemos un programa de clases de surf todo el año en el que cada fin de semana participan más de cien personas».Dicen que quien prueba el surf se engancha. Le pregunto qué tiene este deporte que a tantos fascina. Él asegura que aporta amor hacia el mar y el medio natural, que fomenta las relaciones sociales y mejora la forma física. «Se trabaja sobre todo la resistencia, el equilibrio y la flexibilidad. La ilusión de que llegue algo que pertenece a la naturaleza, como son las olas, y que tú estés ahí para cogerlas, y que además eso no suceda siempre que quieras, genera un plus de enganche», afirma. Se trata además de una disciplina muy recomendable para los adolescentes, ya que rompe el orden de prioridades del fin de semana y les inculca paciencia, constancia y rutinas de trabajo. «En cuanto a un chaval le pica el bicho del surf lo va a poner delante de todo, y poner un deporte por delante de casi todo es algo bueno, en especial a esas edades. También tiene un marcado carácter social; los surfers hacen piña», asegura. Para Hugo, ha cambiado la relación de los ciudadanos con su litoral. «Hay mucha gente para la que ha sido determinante el hecho de dejar la ciudad, coger la mochila y venir a practicar algún deporte de agua. Muchos disfrutan toda la jornada en la playa. Cada vez menos personas viven de espaldas al mar».