Las Provincias

Santiago Posteguillo: «Siempre he vivido en un vagón; conocí a mi mujer en el cercanías»

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El escritor, en el teatro romano de Sagunto, junto al castillo que ha inspirado parte de su novela histórica. / JESÚS SIGNES

  • El escritor Santiago Posteguillo desvela su mundo interior

Quedamos en Sagunto, enclave de algunos pasajes de las novelas ambientadas en la antigua Roma que le han aupado al olimpo de una fama compartida con unos pocos escritores elegidos. Paseando por el teatro romano con su mochila cargada a cuestas sí parece ese estudioso universitario que se ha pateado todos aquellos paisajes por los que siente pasión, y que pisaron hace dos mil años los personajes de unos libros que tanto le ha costado publicar. Ahora disfruta de esa popularidad que le permite dedicar la mitad de su tiempo a dar conferencias, promocionar libros y escribir, mientras recibe cartas de admiradores que le agradecen sus historias.

-¿Le ha pasado muchas veces que alguien le diga que es fan suyo? ¿Le sorprende?

-Ahora sí me llegan esas reacciones. Me tocan emocionalmente las historias de gente que ha sufrido enfermedades muy graves, con tratamientos duros como la quimioterapia, y me han escrito para contarme que las sesiones se les empezaron a hacer cortas gracias a mis libros. Eso es muy bonito. O el mensaje de un chaval de quince años que me dijo que odiaba leer y desde que conoció mis libros se ha aficionado. Son mis dos casos extremos. Me motiva cuando estoy atascado. Pienso: «Hay personas a las que les puedo hacer la vida más agradable, así que tengo que seguir y terminar la novela».

-Cuando alguien como usted se mete tanto en una época histórica, ¿ha pensado alguna vez en que le gustaría haberla vivido?

-Aquella fue una época difícil, aunque es cierto que no era lo mismo ser esclavo que senador, que quizás hubiera sido interesante. Aunque puestos a elegir me hubiera gustado estar presente en el año 33 en Palestina, para que nadie me contara qué es lo que ocurrió en realidad y las cosas que dijo Jesucristo. Yo creo, sin embargo, que se vive mejor hoy en día en países como el nuestro.

-¿Pensó alguna vez en dedicarse solamente a escribir?

-Nunca he querido dejar las clases, aunque debo admitir que el acomodo es cada vez más difícil. Tengo la docencia concentrada entre lunes y miércoles y de jueves a sábado doy conferencias en distintos puntos de España. Por ejemplo, este otoño me voy de promoción una semana a México. Pero es que a mí dar clase me gusta mucho. Lo más importante que se puede enseñar es el sentido crítico, el no aceptar el statu quo. Que de la universidad salga gente que exija a quienes le gobiernan. Yo tengo esta paranoia de que durante el proceso educativo se hace lo posible para que no sea así.

-¿Desde cuándo le viene a usted ese espíritu crítico? Supongo que ha sido buen estudiante.

-Yo creo que el elemento clave para desarrollar un sentido crítico es leer mucho. Siempre he sido buen estudiante, me iba muy bien, sobre todo las asignaturas de letras, y recuerdo como uno de los mejores momentos cuando llegaban los nuevos libros en septiembre; esa sensación de abrirlos por primera vez.

-¿Tenían en su familia ese interés porque recibiera una buena educación?

-Somos cuatro hermanos y mi padre decía que no nos iba a poder dejar mucho dinero pero sí una buena educación, así que todos tenemos una titulación universitaria. Hay un abogado, un economista, uno de historia y yo, que estoy en filología. De mis padres aprecio el hecho de que no me presionaran para que estudiara una cosa u otra, pero en cambio quisieron llevarnos a un colegio que pensaban que podía dar una buena educación: el Pilar.

-¿Marca ser pilarista?

-Era un colegio donde se promovía la cultura y daba un buen nivel. Mi hija no ha ido a ese centro porque en mi caso he priorizado otro elemento, que es el conocimiento del inglés. Lo tengo tan claro que nos fuimos a vivir a Puzol. La niña tenía seis meses y ya nos presentamos en el Caxton College para hablar con la directora. Mi mujer tiene la doble nacionalidad americana y española y yo soy titulado en Filología Inglesa, así que imagínese. Ahora es un gran regocijo irnos de viaje a Turquía y que se compre un libro en inglés en el aeropuerto de Estambul para leer durante el trayecto. Lo que sí es cierto es que cuando acabé en El Pilar pensaron en el centro que yo debía hacer algo de provecho, como Derecho, pero veía los libros que estudiaba mi hermano y nunca me pareció demasiado motivador aprenderme de memoria el Código Civil.

-Tenía claro lo que quería.

-Lo que yo quería era dedicarme a escribir, y sólo había ese tipo de formación en Estados Unidos. Mi padre me dijo: «Yo no te puedo dar tanto». Valía cuatro veces más, así que conseguí una beca que cubría el resto. Me marché un año y me fue muy bien, tanto que estuve a punto de quedarme allí. Me acuerdo de que mi compañero de habitación pensaba que siempre estaba con los libros porque me iba mal con el idioma y necesitaba dedicarle más tiempo. Yo sacaba la máxima puntuación, un cuatro, y me dijo: «Afloja un poco y pásatelo bien». Bajé a 3,96 y fui a más fiestas. Aquello era tremendo. Todas las cosas que salen en las películas americanas de las universidades son ciertas. Tenía de compañeros a varios miembros de una hermandad tan animal que la habían disuelto. Es verdad que a veces perdían un poco el norte, pero era gente maja.

-¿Fue donde conoció a su mujer?

-No, qué va, la conocí en el tren de cercanías de Castellón a Valencia, porque yo siempre he vivido en un vagón, desde que trabajo en la Jaume I. Un día se sentó a mi lado, nos pusimos a hablar y ya ve, casados y con una hija.

-Su mujer no tiene su misma profesión. ¿Alguna vez le ha dicho: «Por favor, no me hables más de Escipión o de Trajano»?

-Ella es intérprete jurado, y sí, me lo ha dicho. Isabel Allende contaba que ella encendía una vela y escribía mientras estuviera encendida. A mí me parecía una auténtica tontería hasta que me puse a escribir y me di cuenta de que no lo era. Podría estar todo el día encerrado en el despacho. Es de locos. Hay vida más allá de eso. Así que intento desconectar. Por ejemplo, este verano hicimos el Camino de Santiago portugués los tres juntos y lo hemos pasado realmente bien.

-¿Se considera una persona muy familiar?

-Nos gusta hacer cosas juntos. Como viajo mucho, hay que buscar esos momentos en familia, y por ejemplo este otoño me acompañarán una semana a Cambridge, donde me han invitado a dar unas clases sobre literatura histórica. La niña, con diez años, ha estado en Italia, Alemania, Irlanda, Portugal, Turquía...

-¿Le gustaría que fuera escritora?

-Entre las distintas cosas que comenta, una es esa. Pero a veces pienso que es muy jovencita y puede tomarse como normal lo que pasa a mi alrededor, escribir un libro y que te vaya muy bien. Porque ella llegó no con un pan bajo el brazo, sino con una publicación, ya que nació en enero de 2006 y a las pocas semanas recibí la llamada de la editorial.

-¿Se considera buen padre?

-Intento serlo, pero tengo cargo de conciencia de que con esto de las novelas no paso tanto tiempo con ella como me gustaría. Este verano pedía que nos bañáramos juntos en la piscina y el despacho me tiraba demasiado. Recuerdo que cuando le dieron el Goya honorífico a Antonio Banderas lamentó en su discurso no haber podido estar con su hija todo el tiempo que hubiera querido y le pidió disculpas. Creo que en el futuro, si algún día me dan un premio de ese tipo, ésta debería ser una de las cosas que diría. Tengo sentimiento de culpa.

-Después de tanto tiempo intentando ser escritor, ¿por qué no tiró la toalla?

-Desde la adolescencia hasta los veintipocos años escribí relatos, algunas novelas, pero extraje la conclusión de que tenía que centrarme en llegar a fin de mes. Mi romanticismo no incluía aquello de «yo por mi arte vivo bajo un puente». Sin embargo, cuando conseguí mi plaza de titular, sin dejar de esforzarme en las clases, pensé que podía aflojar en investigación y lo intenté por segunda vez, ya desde una cierta paz económica. Pero es verdad que cuando te insisten tantas veces en que no, piensas: «Igual es que no lo hago bien». Tengo guardadas todas las cartas de las editoriales que se negaban a publicarme. Aunque mi intuición me decía que no estaba tan mal.

-Supongo que sus padres han visto que aquella inversión que hicieron en su día valió la pena.

-Mi madre viene de la generación en la que sólo había un canal y el parte, el telediario de La 1, es donde salen las noticias importantes. Así que cuando Ana Blanco conectó con Lorenzo Milá en Roma y dijo que estaba con Santiago Posteguillo, que había sacado su nueva novela, mi madre pensó: «Ahora ya me creo que este chico ha llegado a algo».

-¿Cómo está viviendo ese éxito? ¿Tiene dudas sobre su futuro?

-Ahora vivo los momentos dulces de ser escritor. Por ejemplo, me han invitado a la gala de los premios Planeta y mi mujer me acompañará. Ya que se ha tragado a Escipión y a Trajano, que pueda disfrutar también. Y sobre el futuro, creo que lo tengo bastante encarrilado. En 2017 quiero que salga el libro de relatos, en el 18 una nueva novela, probablemente en 2020 otra y en el 22, 24 y 26, una trilogía.

-¡Qué anticipación! ¿Se considera una persona planificada? ¿Es parte de su secreto?

-Sí. El director comercial de Planeta siempre dice que yo debería dar un taller sobre optimización del tiempo, pero soy desordenado en el tema de los papeles. En casa mi mujer me tiene acotado, pero en el despacho de la universidad es tremendo, acumulo cosas de una forma. Los estudiantes cuando llegan flipan.

-Con esa organización debe de ser de los que duermen poco.

-Soy dormilón, si puedo dormir nueve horas mejor. Además, mi mente funciona más rápido. Siempre uso como excusa una cita de Unamuno. Él decía: «Es verdad, duermo más que la media, pero también es verdad que cuando estoy despierto estoy más despierto que la media». A mí me cunde el día.

-¿Está satisfecho al mirar hacia atrás?

-Creo que al final sí. La única acusación que se me puede hacer es que soy un autor de 'bestseller', pero es una crítica muy endeble. Lo que sí me provoca vértigo es el miedo a defraudar, y me pregunto: «¿Y si en la siguiente novela no estoy a la altura?»

-¿Qué se ha dejado por el camino?

-La vista. Con un ojo sólo veo un 60 por ciento y por el otro, un 80. Voy bastante limitado por la vida en ese aspecto. Es lo que tiene ser escritor, aunque supongo que de serie ya no iba muy bien, porque siempre he llevado gafas. Me da miedo perder vista, y me empieza a costar leer la letra muy pequeña, así que me he comprado una especie de lupa como la que usaba Hitler para leer los mapas. Hasta en el whatsapp me puse letra gorda.

-¿Y complejos? ¿Ha tenido?

-Quizás por bajito, porque mido 1,68. Jugaba a baloncesto en el equipo del colegio. Era el base, evidentemente, pero me fui dando cuenta de que no me ponían, y empecé a pensar: «Igual me tengo que dedicar a otra cosa». Todos mis compañeros crecían y yo no. De esa época me quedó la afición al deporte en sí y haber podido vivir toda aquella gloriosa del baloncesto español.